En este artículo se establece una relación entre el teatro griego antiguo y el moderno teatro francés. A partir del reconocimiento del mérito de los trágicos antiguos y del origen común en el principio de la imitación, se diferencian en función de las épocas históricas. El autor reivindica por igual ambas tradiciones, pero defiende el teatro moderno francés por cuanto apela y representa las pasiones y, a través de ellas, lo que en propiedad interesa al hombre, sea lector o espectador.
Ofrece asimismo una idea de la tragedia y comenta sus relaciones con el poema épico. Diferencia entre los asuntos de la tragedia antigua y de la moderna, exigiendo que el poeta no invente los hechos narrados porque la misma Historia podrá desmentirle. Defiende, en consecuencia, ambas tradiciones dramáticas, pero contextualizadas de forma conveniente.
Descripción bibliográfica
«Literatura. París. Discurso sobre las composiciones dramáticas, y sobre el teatro de los griegos», Espíritu de los mejores diarios que se publican en Europa, 1789,núm.171(9 de marzo),pp. 981-985.
24 pp., 8º: Sign. BNE U/11325.
Roig, Carmen, «Imágenes de la Ilustración francesa en el Espíritu de los mejores diarios», Estudios de Historia Social, 52-53 (1990), pp. 445-455.
Roig, Carmen, «El debate teatral europeo en el Espíritu de los mejores diarios», La traducción en España (1750-1830). Lengua, literatura y cultura, ed. Francisco Lafarga, Lleida: Universitat de Lleida, 1999, pp. 195-207.
DISCURSO SOBRE LAS COMPOSICIONES DRAMÁTICAS Y SOBRE EL TEATRO DE LOS GRIEGOS
Es a la verdad muy sensible que la escena antigua se haya conocido tan poco en el bello siglo de la escena francesa. ¿Cuáles son las causas de este olvido o de esta indiferencia? La autoridad y la preocupación. Cada uno defiende su sentir con las mismas armas, esto es, con el gusto y la razón. ¡Pues qué! ¿no varían la razón y el gusto según los lugares, los tiempos y las personas? No. La verdad y la belleza hacen en todas partes y en todos los siglos las mismas impresiones. Por verdad y belleza en lo que mira a las producciones de ingenio como las tragedias, entiendo una imitación de la naturaleza que se apodera del alma y que hace exclame según las ideas recibidas en una nación culta: «esto es verdadero», «esto es bello». Porque mientras es uniforme la naturaleza en lo que pertenece a los hombres en cuanto hombres, por ejemplo, en el juego de las pasiones, no varía la educación los intereses que mueven las pasiones y los modos de pensar y de obrar. Luego el arte debe pintar a la naturaleza cual la halla, quiero decir, con las propiedades de la humanidad y de la educación.
Sentados estos principios pasemos al origen de la tragedia. La casualidad inventó en la Grecia este espectáculo que, al principio, fue informe y una diversión sencilla de aldea, después una ceremonia religiosa, posteriormente un espectáculo profano y sagrado, pero siempre un simple coro o un himno consagrado a Baco con bailes hasta Tespis [1], quien introdujo un actor que recitaba de tiempo en tiempo. Todo esto solo fue la sombra de la tragedia. Esquiles la creó siguiendo a Homero, como lo prueba la semejanza casi perfecta de la tragedia con el poema épico. Lo que discurrió el autor de la Iliada para componerla fue lo que en Esquilo produjo la invención de la pieza trágica. Así, vemos que el objeto es el mismo, lo es la exposición, la intriga y el desenlace. Pasiones de una parte y de otra puestas en acción: igual conflicto de diferentes intereses, igual el arte de contrarrestarlos. Personages igualmente ilustres, pueblos, héroes, dioses, estados... Semejante el equilibrio que no se pierde sino para restablecerse, para tener siempre en suspenso la curiosidad de los lectores o de los espectadores hasta quedar enteramente satisfecha con el golpe decisivo. Todas estas relaciones son claras y la diferencia lo es también.
El poema épico se escribe para ser leído; la tragedia para que se vea en el teatro. Aunque en el uno y en la otra es una la acción, sin embargo se modifica diferentemente para el lector que para el espectador. De esta relación y diferencia sacó Esquiles las tres unidades tan naturalmente unidas con la idea de un espectáculo, y de aquí sacó no solo el curso, sino también los juegos teatrales.
Las pasiones bien imitadas en el teatro son la fuente del placer secreto que siente el auditorio. Cada pasión (con particularidad la compasión y el temor que son inseparables y las principales) se comunica en un instante de uno a otro hombre. Cada una tiene alguna cosa en sí o agradable o amarga: la amargura excede mucho a la dulzura cuando la compasión tiene por objeto un mal real que tememos no nos acometa y la dulzura excede a la amargura cuando este mal es extraño y está lejos de nosotros. Finalmente la dulzura es verdadera sin mezcla alguna de amargura cuando este mal es fingido y está bien imitado como los de Edipo en el teatro. He aqui la tristeza majestuosa de la tragedia.
De este modo siguieron Esquilos y los primeros poetas por grados las reglas del corazón humano para estudiar en él el juego de las pasiones y perfeccionar sus obras teatrales. Estas son seguramente las observaciones que hicieron y, según parece, Aristóteles bebió las reglas del teatro en sus escritos.
Bajo de este plan debe examinarse todo lo petenerciente a la tragedia: las pasiones que la [sic] son propias, la acción trágica y sus cualidades, su duración, la extensión del lugar, la exposición, la trama, el desenlace, los personajes, los coros, las costumbres y la dicción y todo lo que es propio de un poema épico del que la tragedia es un compendio puesto en la escena.
Examinemos ahora cómo y hasta qué punto puede compararse la escena griega con la nuestra. Para hacer un paralelo tan delicado es preciso conocer bien los espectadores griegos, como se conocen los del día porque, habiéndose establecido los espectáculos para los espectadores, es claro que no podrá hacerse comparación entre aquellos sin el conocimiento de estos. Para esto es preciso tener presente aquella parte de la historia griega del bello siglo de la Grecia, esto es, de los Esquilos, de los Sófocles y de los Eurípides. Es preciso formarse una idea sucinta pero expresiva del carácter de los atenienses, de sus reyes resucitados en los reyes y héroes de los tres poetas y de su República pintada en sus obras dramáticas.
El teatro griego, muy diferente del nuestro y del de los romanos, presentaba, bajo de ciertas alegorías, la política, los intereses de las naciones, los negocios de Estado. He aquí el alma de los espectáculos griegos y he aquí lo que les caracteriza de tal modo que les hace enteramente diferentes. En efecto, Roma y las demás naciones solo han hecho tragedias sin más fin que el de hacerlas, al paso que en las de Atenas entraban miras superiores y verdaderas alegorías a las situaciones de la República. Pasemos ahora al paralelo de Ios espectáculos de los antiguos con los de los modernos.
Para esto es preciso mirar a las tragedias de dos siglos tan distantes como hechas para divertir a unos hombres racionales, de tal o tal nación, de tal o tal siglo; dos cualidades que conviene distinguir en los espectadores para juzgar del gusto de los espectáculos. Al considerar la primera, esto es, a los espectadores como hombres, parece que así los antiguos como los modernos han seguido unas mismas reglas generales para agradarles; un mismo fín, unos mismos asuntos, la misma economía en el fondo, esto es, el plan de mover una agradable tristeza, etc. La naturaleza y el estudio del corazón humano habían enseñado todo esto y, aun cuando el arte llegase a perderse, siempre se volvería a hallar porque los hombres en cuanto hombres no mudan en la revolución de los siglos y, siendo uno mismo siempre su corazón, no díejan de moverle las mismas impresiones.
Por lo que hace a los asuntos, la tragedia no los admite fingidos y la razón de esto se halla en el entendimiento humano, a quien solo puede mover lo verosímil, y como no lo es que unos hechos tan grandes como los de la tragedia, unos hechos que no suceden sino en las casas de los reyes o en el seno de los imperios sean absolutamente desconocidos, por este motivo es preciso que sean verdaderos. Así es que si el poeta inventa todo su asunto y hasta los nombres se queja el espectador. Todo le parece increíble y la pieza no consigue su efecto por falta de verosimilitud. Como la comedia solo presenta a la vida familia y sus vicios, puede el espectador suponer y, en efecto, supone, dejándose llevar del encanto del espectáculo, que el asunto que se le presenta es un hecho real aunque él no lo sepa. Esto por lo que mira a los espectadores considerados como hombres, pero por lo que mira a los espectadores como hombres de tal o tal nación, y de tal o tal siglo, pongamos por ejemplo los espectadores de Atenas y de París.
Los griegos no querían sino asuntos sacados de sus anales históricos o fabulosos, gusto muy diferente del nuestro que toma de otra parte la materia trágica y rata vez del país. Este paralelo de los asuntos merece una atención particular, pues forma la principal diferencia de los espetáculof en cuanto al gusto. Lo mismo sucede a proporción con los personajes, los caracteres y la conducta de las piezas trágicas, considerado todo con respecto a la doble circunstancia de los espectadores de diferentes siglos. Por ejemplo, los griegos se impusieron reglas más severas, pero los modernos han creído conveniente extenderlas para presentar a los espectadores unos asuntos que no hubieran podido tratar sin esta circunstancia. En fin, la sencillez de las costumbres y del gusto de Atenas, la galanteria francesa y los diferentes genios, así de los poetas como de los espectadores, manifiestan suficientemente el contraste de la tragedia antigua y de la moderna. De aquí es preciso concluir que la comparación no puede ser exacta, porque la impresión trágica resulta no solo de la imitación de la naturaleza, que igualmente y hiere a todos los hombres, sino también de las cosas que la cotumbre y la educación añaden a la naturaleza de un siglo a otro.
De todos modos, descifrados los resortes de esta noble impresión en los espectadores considerados como hombres y ciudadanos de países diferentes, se puede concluir en general que el teatro francés tiene mas nobleza y dignidad en punto de costumbres, que el de los griegos no es menos noble y digno en cuanto imita a la bella naturaleza, que el primero es más rico y cargado y el segundo más sencillo, que el uno es menos regular y el otro más exacto, el uno más magnífico por la grandeza y la multitud de acaecimientos, y el otro más natural y verdadero en el juego continuo de las pasiones. Además, no se trata aquí de preferir ni aun de comparar entre sí s los dos teatros, a los que las ideas accesorias a la naturaleza han hecho mucho más diferentes que lo son las estatuas antiguas de las modernas. Este paralelo no se hace para que los lectores puedan juzgar por sí mismos entre el teatro moderno y el antiguo, y sí de la estimación que mecece el segundo por las razones que hacen tan respetable al primero.
Añadiremos aquí una observación. El teatro antiguo tenía una noble sencillez que no sufría episodios para no interrumpir la impresión principiada. Los grados de la piedad al terror iban creciendo de escena en escena y casi de palabra en palabra, moviendo sin interrupción al corazón humano por donde se le debía mover.
Por lo que hace al carácter y al genio particular de los poetas griegos, a Esquilo se debe que la tragedia, cuyo inventor fue, llegase a ser más pomposa que la misma Iliada. Ella es aquel magnum loqui de que habla Horacio. Quizás este mismo Esquilo que concibió toda la grandeza del lenguage trágico se excedió en su dicción, demasiado fiera e hinchada, y algunas veces gigantesca. Más bien parece que imita el ruido de los tambores y los clamores de los guerreros que la noble armonía de la trompeta. La elevación de su genio no le. permitió hablar como a los demás hombres. Sófocles entendió mucho mejor la verdadera nobleza de la dicción del teatro, así es que imitó más bien a la de Homero dando a su estilo, además de la dulzura de miel por la que se le llamó abeja, toda la gravedad necesaria para dar a la tragedia el aire de una matrona precisada a parecer en público con dignidad, como se explica Horacio. Eurípides adoptó un estilo menos diferente del ordinario aunque noble y más bien quiso que fuese tierno y elegante que lleno de fuerza y de grandeza.
Tespis (550-500 a. C.) es considerado como el padre del teatro en Grecia precisamente por incluir el papel del actor diferenciándolo del de director del coro.