En este libro de 1791 —publicado dos años después de que se convocasen los Estados Generales— Louis-Sébastien Mercier (1740-1814) se propone demostrar lo que indica en el título: que Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) debe ser considerado uno de los primeros autores de la revolución, al haber difundido con sus escritos muchos de sus principios fundamentales. El resultado es una obra extraña, que combina reflexión filosófica, crítica literaria, narración biográfica y tratado político y que se olvida por momentos de su protagonista, para lanzarse en teorizaciones generales sobre los asuntos públicos.
De las cinco «secciones» que componen este primer tomo, por ejemplo, solo dos están consagradas enteramente a Rousseau, mientras que las otras tres toman como punto de partida alguna de sus ideas y a partir de ahí discurren sobre teoría política, sin atenerse necesariamente a los pensamientos del ginebrino. Las dos primeras son la sección I (pp. 1-45) —en la que Mercier expone sus intenciones y analiza las primeras obras del filósofo— y V (pp. 228-269) —en la que hace una pequeña reseña biográfica de Rousseau, desestima su poesía y encomia su capacidad persuasiva. Las otras secciones, en cambio, contienen una arenga política fundamentada en el Contrato Social (sección II, pp. 45-158), un análisis sobre la virtud pública como fundamento de la nación (sección III, pp. 159-204) y un alegato sobre la necesidad de depurar el lenguaje revolucionario, con el fin de instaurar leyes simples y prácticas (sección IV, pp. 205-227).
A pesar de esta heterogeneidad genérica, es posible identificar las premisas que dirigen el análisis de Mercier. En primer lugar, el autor está convencido de que fueron los escritores quienes prepararon la revolución, hasta el punto de declararlo en el epígrafe; dice: «Se ha diputado a Hombres a los Estados Generales; y nosotros, Hombres de letras, nosotros diputamos Obras; y estas Obras son la causa de que haya habido una Asamblea Nacional, y que prospere desde entonces». Por ello, Mercier insistirá en el poder persuasivo de Rousseau, que era capaz de aliar el pensamiento con el sentimiento para inflamar cada fibra de sus lectores (pp. 3-4) y hacerse obedecer (p. 22). En este sentido, la Nouvelle Héloïse habría inspirado los decretos con que la Asamblea Nacional abolió la nobleza (pp. 37-42).
Con todo, el mérito no es solo de Rousseau, sino también de todos aquellos escritores morales y filósofos que han propagado las luces. Al fin y al cabo, ellos están al origen de la emancipación general del pueblo, puesto que sus libros fueron esas primeras chispas que desataron la llama del patriotismo y la libertad (pp. 142-143). «Y es por eso», dice Mercier, «por lo que la asamblea nacional, al tomar como base la filosofía de los escritores del siglo, finalmente dio una patria a los franceses, que solo tenían un país; y de esclavos los hizo libres» (p. 54). Es más, la revolución habrá de extenderse a toda Europa gracias a los libros, cuya misión, según él, aún no ha acabado (p. 206).
Ahora bien, esta influencia no sería efectiva si no existiese un poder oculto, una «voz invisible y general que habla a los sujetos y les indica qué ideas deben adoptar y seguir» (p. 101). La emergencia de la opinión pública —aunada con la libertad de prensa (pp. 102-103)— hace que ahora se deba contar con el consentimiento del pueblo para gobernar (p. 101). En otras palabras, la opinión pública crea la ley antes siquiera de que los legisladores la redacten (p. 108) y, al ser capaz de grabarla en el corazón de los hombres, resulta indispensable para garantizar su aplicación (pp. 178-180). Como los escritos influyen sobre ella, los hombres de letras tienen un gran ascendiente sobre los fueros nacionales (p. 111). Por ello, el principal error de la corte fue menospreciar esta fuerza. Dice: «Ellos ignoran que cada siglo tiene su fisionomía; que la opinión pública es la Corriente que derriba todo aquello que se opone a su paso; ellos ignoran cuál es el peso invencible de la razón escrita, y es eso lo que los conduce a sus propias trampas [es decir, a los errores que les hicieron perder el poder]» (p. 204).
El gran poder de la palabra, sin embargo, también abre la posibilidad de que se la emplee para oscurecer la política y desviar a la nación en un galimatías teórico (p. 72). Por ello, Mercier advierte contra los charlatanes (pp. 73 y 208) y recomienda depurar el lenguaje, fijar las definiciones y evitar que la discusión pública se degrade (p. 209). La admonición es clara: «Entonces no vayamos, escritores imprudentes, a forzar las palabras de la lengua política hasta su última acepción» (p. 210).
En conclusión, para poder presentar a Rousseau como uno de los primeros autores de la revolución, Mercier desarrolla un bosquejo teórico sobre los efectos políticos de las letras. Después de todo, le era necesario emparentar los eventos presentes con las obras del ginebrino, y para ello debía conceder a la literatura un poder efectivo y material sobre el mundo, capaz de influir en el rumbo de las naciones.