En este segundo tomo de De J. J. Rousseau considéré comme l’un des premiers auteurs de la Révolution (1791), Louis-Sébastien Mercier (1740-1814) vuelve a declarar su idea central en uno de los epígrafes. Dice: «Los Letrados han tenido en general más influencia política de lo que normalmente les concede la envidia; y es Rousseau quien nos ha enseñado los medios más seguros para cultivar en el futuro la filosofía natural, base de todas las leyes buenas y sabias». En este sentido, el papel precursor de Rousseau y, más generalmente, de las gentes de letras será mencionado una y otra vez a lo largo de la obra (pp. 81, 98, 99-100, 130, 146, 233-234, entre otras). Mercier incluso llegará a exclamar: «¡Ah! ¡Qué cosas no se han visto en esta revolución única en los anales del mundo, y toda preparada por el genio de las letras!» (p. 222).
Otra característica que comparten los dos volúmenes es su heterogeneidad genérica, a medio camino entre la crítica literaria y el tratado político. En esta ocasión, el libro contiene seis secciones. Los temas que tratan son los siguientes: momentos y condiciones para cambiar un gobierno constituido, modelo del rey ciudadano, unión de los pueblos europeos (sección VI, pp. 1-130); tumba de Rousseau, investigaciones botánicas, obras musicales, errores de Rousseau juge de J. J., teorías sobre la educación, relación con D’Alembert, muerte, matrimonio, opiniones y personalidad (sección VII, pp. 130-209); ideas de Rousseau sobre la paz perpetua, bondades del espíritu de unión, origen del hombre y de la sociedad (sección VIII, pp. 210-258); crítica de las Confesiones y de las obras dramáticas de Rousseau (sección IX, pp. 258-269); importancia de Rousseau para Francia, reflexiones sobre la influencia de los grandes genios en la historia, necesidad de ser bueno para escribir, respeto de Rousseau por la religión, homenajes a Rousseau (sección X, pp. 269-305); Rousseau como principal legislador, avant la lettre, de Francia (sección XI, pp. 306-343).
Ahora bien, aunque este tomo comparte las ideas principales del primero, resulta necesario destacar algunas novedades. Por un lado, en esta ocasión Mercier pone más énfasis en la libertad de prensa. Para él, ella es el centinela que ha despertado al pueblo en el momento en que se lo quería encadenar y que ha preparado y consumado la revolución (p. 131). Al fin y al cabo, la prensa crea la opinión pública y esta, a su vez, las leyes (15). Asimismo, difunde las grandes verdades políticas de las que depende el futuro de los pueblos (p. 131) y, de esta manera, sirve de contrapeso al poder de los soberanos (pp. 177-178).
Por otro lado, Mercier insiste en el aspecto efectista de la poesía. Según él, el núcleo de esta es su capacidad persuasiva y su fuerza elocutiva, capaz de raptar el sentimiento y mover a las personas a la acción. Frente a esto, las reglas formales que se le imponen son estériles. Mercier sostiene: «Es una elocuencia rápida, invencible, que golpea, que derrota, que remueve el sentimiento: esta elocuencia puede ser llamada poesía; ella rapta, ella determina al pueblo entero; ella no necesita rimas, hemistiquios, cesuras; ella tiene su ritmo, su número, su fuerza y su armonía; ese fue el estilo de Rousseau» (p. 184). Y ello le hace replantear la función de los escritores: «Lo propio de un autor es trabajar por la generación que viene: hacer avanzar la marcha del espíritu humano, ese es su destino» (p. 195).
Este ímpetu hace que Mercier sea muy crítico con algunos autores. Por ejemplo, niega cualquier patriotismo a los miembros de la Academia; según él, su único interés es recuperar las pensiones que los eventos del 89 les han arrebatado (pp. 227-228). Sin embargo, el caso más llamativo es el de Voltaire, al que retrata como un escritor cortesano, desvergonzado en sus alabanzas y ávido de estipendios (pp. 197-209). En cambio, Mercier se presenta a sí mismo como uno de los precursores de la revolución:
Yo ya había concebido la idea de esta revolución, en mi Año 2440, diecinueve años antes de que sucediese; yo la promoví lo mejor que pude en mis otros escritos; yo me puse a especular sobre esta consoladora posibilidad en una infinidad de detalles que, literalmente, se han convertido en decretos nacionales; pero tengo buena fe, yo creía que el cumplimiento de mi sueño estaba muy lejano, y nada me sorprendió más que este despertar poderoso y esta generosa concordia, no porque juzgase a los franceses incapaces de ellos, sino a raíz del doble yugo del despotismo y de la aristocracia entrelazados, que pesaba sobre toda Francia (pp. 207-208).
Por tanto, el libro también le sirve al autor para autopromocionarse dentro del nuevo panorama revolucionario.
Mercier sostiene que para ser escritor es necesario haber nacido «bueno», por lo que todos los autores respetables han apoyado la Revolución (p. 181). Es más, según él, la mejor forma de escribir es hacerlo desde la indigencia, puesto que así se es capaz de comprender a profundidad el sufrimiento humano (p. 183). No obstante, Mercier también cree que el siglo de las bellas letras está por concluir y que, en su lugar, comenzará el siglo de la política. Para ejemplificarlo, afirma que Mirabeau, «nuestro Demóstenes», habría escrito en el pasado una tragedia, pero que ahora empleaba la palabra de la tribuna pública para hacer frente a las bayonetas (p. 151). Según él, entonces, el establecimiento de una sociedad ideal podría arrebatarles a las letras su función actual, dado que la guerra de la pluma —vaticina— está próxima a su fin (p. 299).
El autor concluye su obra insistiendo en el papel fundamental que Rousseau cumplió como precursor. Su Contrat Social es la base de la nueva legislación, hasta el punto de que, dice él, muchos diputados tuvieron el libro entre manos mientras cumplían su labor constituyente (306-308). En consecuencia, Francia debe a Rousseau las verdades fundamentales que la transformaron. «Si lo dudáis, lectores distraídos, leed», sentencia (pp. 308-309). Por ello, Mercier repite su tesis: «Yo no sé, pero en su sencillez ingénita, [Rousseau] tenía a mis ojos un aire revolucionario» (p. 315). Así, el autor no solo define las funciones que los hombres de letras deben tener durante la revolución; no, también ofrece a la República uno de sus primeros héroes.