En este libro de 1778, Louis-Sébastien Mercier (1740-1814) recupera algunas ideas de Du théâtre, ou Nouvel essai sur l’art dramatique (1773) y las desarrolla en dos ensayos independientes: De la littérature et des littérateurs (pp. 1-88) y Nouvel examen de la tragédie françoise (pp. 89-158).
La primera obra está dedicada a la función y el papel social que les corresponde a las gentes de letras. Mercier sostiene que el principal mérito al que puede aspirar la literatura es al de ser útil, puesto que tiene la capacidad de disipar errores, ilustrar a la generación presente y preparar la venida de tiempos más felices (p. 3). Según él, todo escritor que ansíe la gloria debe convertirse en un defensor de la justicia y de la causa pública, luchar contra la opresión y reclamar los derechos imprescriptibles de la humanidad (p. 3). Después de todo, ellos son los que construyen el código moral de las naciones (p. 4).
Mercier, por tanto, pone un gran énfasis en los efectos que puede provocar la literatura. Dice:
Un poema, un drama, una novela que pinta vivamente la virtud, modela al lector, sin que él lo perciba, a imagen y semejanza de los personajes virtuosos que retrata; ellos interesan, y el autor ha inculcado la moral sin hablar directamente de ella. Él no se ha enredado en discusiones secas y fatigosas. Por arte de un trabajo oculto, él nos ha presentado algunas cualidades del alma revestidas de aquellas imágenes que nos las hacen adoptar. Él te hace amar esas acciones generosas; y el hombre que resiste a los argumentos, que se molesta ante las lecciones dogmáticas, agradece el pincel ingenuo y puro que aprovecha la sensibilidad del corazón humano para enseñarle aquello que el interés personal y huraño normalmente rechaza. El autor se hace escuchar a través del placer, y los preceptos de la moral más austera se ven establecidos sin que se descubra el objetivo del escritor; pectora mollescunt (pp. 4-5).
Gracias a este poder persuasivo, la literatura hace que el pueblo acepte todo tipo de novedades. Por tanto, el cultivo de las Bellas Letras antecede cualquier otro desarrollo social, sin importar su naturaleza —descubrimientos, invenciones útiles, artes mecánicas, sistemas políticos, etc.— (p. 5). La explicación que da Mercier es sencilla: las palabras anteceden a las ideas; primero se comienza por sentir, luego se procede a pensar; lo agradable y lo bello preparan el camino de lo útil; el sentimiento, finalmente, precede siempre a la razón (p. 6). A causa de esto, es necesario aplicar las letras a la moral política y al engrandecimiento del hombre (pp. 6-7); a fin de cuentas, su poder sobre la opinión pública las hace una herramienta ineludible si se quiere mejorar la sociedad (p. 8). La poesía, en suma, es la mayor aliada del legislador, puesto que es capaz de grabar las leyes en el corazón de las personas (p. 21).
A partir de estas premisas, Mercier discurre sobre algunos de los obstáculos y enemigos a los que se enfrentan las gentes de letras: los hombres insensibles o burlones (pp. 15-16); la imitación servil de los cánones clásicos, que impide el desarrollo de un teatro verdaderamente nacional, político y útil (pp. 24-26); la falta de libertad de pensamiento (pp. 30-31); la poesía huera, que carece de sustrato filosófico (p. 31); los ataques del poder (pp. 37-38); los semi-literatos (pp. 43-44); los ricos envidiosos (pp. 45-49); los letrados sin talento —periodistas, críticos, autores satíricos, impostores— (pp. 50-52); el poco rédito pecuniario que genera la literatura y lo avaro que se muestra el público a la hora de conceder a los autores la única recompensa a la que pueden aspirar, la gloria (pp. 58-61); las polémicas entre escritores, fruto de la vanidad y secundadas por un lectorado ávido de reyertas (pp. 63-66), y lo incierto que resulta el concepto de gusto (pp. 71-73).
Por último, el autor sostiene que el único criterio válido para pretender a la gloria literaria es el moral: el escritor debe ser bueno y debe querer ser útil para la sociedad (pp. 74-76). Asimismo, es perentorio que sea responsable con lo escribe, dado que las letras tienen poder (p. 78). Por ello, debe atacar el vicio —no a sus colegas—, hacer deseable la virtud y mostrarse descontento con la situación actual de la patria, de modo que aspire a mejorarla (pp. 84-86). El poeta tiene que ser el orador de las multitudes, el defensor de los infortunados (p. 86) y un entusiasta enemigo del despotismo y las injusticias (p. 87). Dice Mercier: «Ser útil, he ahí su objetivo. […] Su estilo, esa es su alma; la verdad, la virtud son sus modelos» (pp. 76-77). La verdadera elocuencia, finalmente, es hablar directamente al alma del lector (p. 88).
En Nouvel examen de la tragédie françoise, en cambio, Mercier hace una dura crítica de la tragedia francesa (p. 89). Él afirma estar cumpliendo un deber, dado que el teatro debe servir a la sociedad como un medio de instrucción pública (p. 90). Su principal reparo contra la tragedia francesa es que esta no es realmente nacional —es decir, no está inspirada en la sociedad que la rodea—, sino una mera traducción del modelo griego (p. 91). Dice Mercier: «Quienes dirigieron en Francia el origen del arte [nacional] no fueron genios creadores y plenos de vida; no, fueron traductores tímidos que tomaron de aquí y de allá materiales extranjeros para construir un edificio que, en esta mezcolanza, ha conservado hasta nuestros días una fisonomía realmente equívoca» (p. 92).
A continuación, el autor señala las distintas consecuencias que ha tenido este pecado original: la uniformidad de tono (pp. 92-93); la incapacidad de representar una acción verdaderamente humana (p. 93); lo indiferente que resulta la tragedia para los intereses civiles y políticos de Francia (95); la falta de realidad (95-96) y de naturaleza (pp. 103-104); el desprecio del gusto popular (p. 99); la esclavitud ante las unidades de tiempo y lugar, que resultan falsas e inverosímiles (pp. 105-106); la necesidad de escribir en verso, cuando este se siente artificial y dificulta la transmisión natural de los sentimientos (pp. 110-112), y las constricciones en la extensión y el número de actos (p. 113).
Por ello, Mercier recomienda a los jóvenes escritores romper todas las reglas heredadas (pp. 115-116), escuchar el juicio del pueblo y buscar la originalidad (pp. 114-115). Propone a Shakespeare como modelo de este nuevo arte, pero advierte que no se trata de imitarlo, sino de ser original como él (pp. 123-125). A fin de cuentas, las obras solo deben ser fieles a sí mismas:
No se trata de que todas las piezas deban someterse a las mismas reglas. Lo que se debe buscar es que cada pieza tenga su ritmo particular y diferente, y se aleje de todas las demás. Es necesario que sus formas varíen según los acontecimientos: ¿acaso han sucedido dos hechos absolutamente iguales en el océano inmenso de la Historia? ¿Entonces por qué queremos alterar estos mismos hechos y desnaturalizarlos, solo con el fin de obedecer las leyes de Aristóteles, los hemistiquios de Horacio, la pedantería de Boileau? (p. 127)
Mercier, entonces, vuelve a su leitmotiv: el teatro debe ser ante todo útil y tomar como modelo la sociedad contemporánea (pp. 132-135). Finalmente, declara que los escritores de genio son patrimonio de toda la humanidad, sin importar fronteras, por lo que los autores no deben ceder a susceptibilidades nacionales a la hora de buscar maestros (pp. 138-139). Con todo, Mercier hace una última aclaración: cada nación debe tener y cultivar su propio arte, fruto de su naturaleza y condiciones históricas (p. 144).