En Du théâtre, ou Nouvel essai sur l’art dramatique (1773), Louis-Sebastién Mercier (1740-1814) se propone realizar un nuevo examen del género teatral, sugerir una serie de correcciones que lleven a su perfeccionamiento y, en últimas, disuadir a los jóvenes escritores de consultar cualquier poética, incluida la suya, para preservarles del influjo pernicioso que las reglas pueden ejercer sobre el genio personal (p. xiv).
El autor parte de la premisa de que el teatro es la obra maestra de la sociedad (p. 4), al ser un instrumento ideal para estimular la sensibilidad del pueblo y, así, difundir la virtud (p. 7). En consecuencia, este debería emplearse para instruir a las masas, enseñar a los ciudadanos principios puros, cultivar la razón pública y conducir a los hombres a las «ideas simples, claras, inteligibles» de la «verdadera moral y la sana política» (p. iv). En otras palabras, el teatro debería fortalecer los lazos sociales a través de la piedad y la compasión (p. 1). Su idea, por tanto, es la de impulsar el modelo del escritor útil, aquel que puede «influir en las costumbres de sus conciudadanos» y «purificarlos en la llama de la moral» (p. 1). Un autor así, pertrechado con una elocuencia simple y luminosa, podría despertar a una nación dormida y ayudar a la legislación en el mejoramiento de la sociedad (pp. v-vi). Después de todo, los poetas tienen un poder incuestionable sobre la opinión pública y, por consiguiente, sobre los fueros nacionales (p. x).
Sin embargo, Mercier cree que el teatro francés todavía está en su infancia (pp. iv-v). Según él, los poetas no han ejercido aún un papel de legisladores, sino que se han doblegado a los poderes políticos y han aceptado el yugo de los prejuicios (pp. vi-vii). Ello les ha hecho trasplantar el teatro griego a Francia, y representar solamente asuntos extranjeros, antiguos y en últimas indiferentes para la mayor parte del pueblo (pp. iv-v). En este orden de ideas, los autores franceses solo habrían escrito para un pequeño gabinete; para el resto de la nación, en cambio, sus obras carecerían de sentido (p. v). Pero esto, según Mercier, resulta natural, habida cuenta del sistema de gobierno que rige Francia: al fin y al cabo, es muy difícil que se escriban tragedias nacionales o que los poetas ejerzan de políticos bajo una monarquía en la que se excluye a los ciudadanos de los asuntos públicos (pp. 27-28).
Ante este panorama, el autor propone una serie de reformas, que comienzan por los géneros. La tragedia (pp. 19-53), por ejemplo, no debería versar sobre los mitos de la Antigüedad, puesto que estos ya no dicen nada a las gentes del siglo XVIII. De manera parecida, retratar exclusivamente a monarcas y altos nobles impide que el pueblo llano sienta una conexión genuina con la historia; a lo mucho, se interesará por el drama humano, pero no por los asuntos regios, de los que no tiene experiencia alguna. La tragedia, entonces, debería apelar a todos los ciudadanos, tratar de temas políticos relevantes para su propia sociedad, ilustrar a sus espectadores y funcionar como una arenga de la tribuna pública, que exalte el patriotismo. Solo así, dice Mercier, el género tendría verdadera relevancia e influiría en el Estado. Por otra parte, la comedia (54-93) no debería burlarse del ridículo, sino de los vicios, con el fin de hacer despreciable el crimen y, consecuentemente, de tener un impacto real sobre el mundo. De igual manera, el género debería consagrarse al presente y retratar preferentemente a la burguesía —que es corregible— y no a la aristocracia —cuya representación en escena solo populariza sus hábitos.
Con todo, para Mercier el género idóneo para la Francia dieciochesca es uno que ha sido menospreciado de manera sistemática: el drama (pp. 94-175). Combinando rasgos de la tragedia y la comedia, el drama escenifica el presente burgués y usa el sentimiento para educar a los espectadores y enseñarles la ciencia de las costumbres. Según él, además, este género es aquel que representa más fielmente a la naturaleza, al hacer de la historia un juego de caracteres mixtos, en los que conviven el vicio y la virtud. Con ello, el poeta presenta a sus espectadores un cuadro que les es cercano y, por ende, que resulta más efectivo a la hora de reformar la sociedad. Asimismo, los autores pueden emplear el género para dar voz a los desgraciados y abogar por los oprimidos, ablandando el corazón del público. Para lograrlo, solo debe velar por la verosimilitud, la unidad del interés y un estilo abundante, que remueva las pasiones.
Tras realizar el examen de estos tres géneros, el autor analiza la formación que debe recibir un poeta. En primer lugar, este debe salir de las bibliotecas: el único modo de representar correctamente el mundo es estudiándolo de primera mano, visitando a la gente del común (pp. 175-181), diseccionando las propias pasiones (pp. 181-185) y viajando (pp. 185-191). El autor dramático, además, debe trabajar para el pueblo y hablar a la multitud (pp. 199-217), cultivarse en virtud y buenas costumbres (p. 217) y creer en la bondad intrínseca del hombre (p. 218). Asimismo, tiene que oponerse al despotismo (pp. 225-227) y aspirar a la gloria de la estimación pública (p. 228).
Mercier, finalmente, aconseja a todo joven escritor ignorar las poéticas (pp. xiii y 255-281), a los críticos y a los periodistas (pp. 306-317). Su censura es particularmente virulenta contra las primeras, puesto que, según él, estas transmiten muchas ideas falsas y prescriben reglas inútiles, matando el genio, el talento y la inventiva (p. xiii). Lo mejor es seguir el propio impulso y representar honestamente la realidad. En este sentido, no es necesario que todos los actos tengan la misma extensión, sino aquella que resulte adecuada para las acciones que cada uno escenifica. De manera similar, habría que desechar la norma que obliga castigar el vicio y recompensar la virtud: ello falsea la realidad, y la injusticia manifiesta resulta más útil para inspirar una sana indignación (pp. 246-254). El drama, además, no tiene que ser escrito en verso: la prosa le es más natural y permite transmitir los sentimientos de manera directa (pp. 294-306). El poeta, entonces, debe entregarse a su propio genio y crear un estilo personal: «el estilo es el hombre, y cada uno debe tener el suyo bien y debidamente caracterizado» (p. 330). Las reglas consagradas son solo prejuicios de academia.
El autor concluye su libro con una dura crítica contra los actores (pp. 347-372). Según él, el ostracismo social al que el Estado los condena resulta benéfico, dado que hace menos seductor un oficio que colinda con las malas costumbres. A fin de cuentas, los sentimientos conmovedores y las virtudes que interpretan no son realmente suyos, sino de los dramaturgos (pp. 360-363). Además, el hecho de que algunas compañías como la Comédie-Française tengan privilegios del rey hace que los comediantes se vuelvan unos tiranos de la escena, que irrespetan a los autores y al público por igual (p. 366). Y esto resulta intolerable, sobre todo si se considera que son los escritores, no los actores, los que crean la materia prima del teatro (p. 368). Por ello, Mercier recomienda a los poetas entregar sus obras directamente al público —por medio de la imprenta— y no a las compañías teatrales, con la confianza de que encontrarán en él un mejor juez para su talento (pp. 337-350).