El Discours de M. de Chénier, auteur de la tragédie de Charles IX, à l’Assamblée Générale des representans de la Commune de Paris (1789) forma parte de la polémica que rodeó a Charles IX, ou L’école des rois (1789), tragedia que lanzaría a la fama a Marie-Joseph Chénier (1764-1811).
Este discurso en concreto fue pronunciado por Chénier el 23 de agosto de 1789. El 19 de agosto, algunos de sus amigos —entre los que probablemente estaba Georges-Jacques Danton (1759-1794)—habían interpelado a los actores de la Comédie-Française durante uno de sus espectáculos y les habían exigido que interpretasen la tragedia. Los actores remitieron el asunto al alcalde de la Comuna de París, Jean Sylvain Bailly (1736-1793), y este, a su vez, lo redirigió a la Asamblea municipal. Esta última ordenó que le fuese enviada la obra y nombró a un grupo de comisarios para examinarla. Es en estas circunstancias, cuando va a entregar el manuscrito, que Marie-Joseph Chénier pronuncia su alegato.
En él, el dramaturgo declara que entregará su tragedia, pero con la condición de que sea él el que la lea frente a los comisarios o, en su defecto, que al menos pueda estar presente durante la lectura (p. 2), para poder responder in situ a cualquier objeción (p. 8) (a). Ahora bien, aunque acepta la autoridad circunstancial de la Asamblea, sostiene que cualquier tipo de censura o siquiera de arbitrio es un acto de opresión intolerable. Sus argumentos son los mismos que ya empleara en De la liberté du théâtre en France (1789) y en Dénonciation des inquisiteurs de la pensé (1789): la libertad de prensa es un derecho inalienable; los ciudadanos solo deben obedecer a las leyes; depender de la opinión de un hombre, incluso si es justo e ilustrado, no es obedecer a las leyes; por tanto, no debe haber ningún tipo de censura; entre la imprenta y el teatro no hay diferencia, puesto que son solo dos maneras distintas de publicar el pensamiento; la libertad del teatro es, consecuentemente, perentoria (pp. 4-5).
A continuación, Chénier habla de su obra e indica que no hay nada peligroso en ella, a menos que inspirar el odio por el fanatismo y la tiranía sea algo peligroso (p. 5). Según él, no es posible relacionar a Charles IX con Louis XVI dado que el primero es sanguinario y el segundo, justo (pp. 5-6). Las únicas dos figuras que podrían emparentarse son la del canciller de L’Hospital de la obra y la de Jacques Necker, y ello debido a una mera coincidencia: él, después de todo, había escrito la tragedia antes de que se desencadenasen los eventos del 89 (pp. 6-7). Con esta concesión, sin embargo, Chénier confirma que sí es posible establecer analogías extraliterarias entre los eventos representados en escena y los acontecimientos políticos del momento.
Finalmente, el autor insiste en que este tipo de juicios tienen los días contados, puesto que la censura será abolida por el nuevo orden constitucional (p. 7). Él, no obstante, se somete a su jurisdicción y espera que su obra sirva para constatar una cosa: que él es un buen ciudadano, «único título al que aspir[a]» (p. 7). A pesar de todo, Chénier concluye su discurso remitiendo el juicio final al público, no a la Asamblea; dice: «Yo os respeto mucho, Señores; pero yo respeto incluso más la justicia y la verdad. Vuestra estima me será muy querida; pero la del público, que vosotros representáis, me es incluso más preciosa» (8). El pueblo, entonces, se eleva como juez último en materia de arte y moralidad cívica.
- Aunque las condiciones no fueron aceptadas por la Asamblea, Chénier sí entregó su obra.