El redactor de esta «Carta» se dirige a los redactores del Espíritu de los mejores diarios, principalmente a Cristóbal Cladera (1760-1816) y Valentín de Foronda (1751-1821), para denunciar la crítica que expresa Samaniego de forma anónima en Observaciones sobre las fábulas literarias originales de D. Tomás de Iriarte del año 1782. Con tal excusa, el autor aprovecha para arremeter contra la mala crítica, identificada esta con la malignidad y el injustificado ataque personal que identifica con un mal propiamente español.
Reflexiones contra la malignidad de los críticos de estos tiempos
1788
Resumen
Descripción bibliográfica
«Madrid. A los señores redactores del Espíritu de los mejores diarios. Reflexiones contra la malignidad de los críticos de estos tiempos», Espíritu de los mejores diarios que se publican en Europa, 1788, núm. 131, pp. 9-17.
24 pp.; 8º. Sign: BNE U/11325.
Ejemplares
Biblioteca Nacional de España
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Cita
(1788). Reflexiones contra la malignidad de los críticos de estos tiempos, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<https://bibliotecalectura18.net/d/reflexiones-contra-la-malignidad-de-los-criticos-de-estos-tiempos> Consulta: 21/03/2026].
Copyright
María José Rodríguez Sánchez de León
Edición
La lectura de un anónimo que de poco acá anda de mano en mano entre los literatos de la Corte, ha puesto en tal movimiento mi bilis y la ha exaltado hasta tal punto que, no pudiendo reprimir esta fermentación, tomo la pluma para dirigir a Vmds. mis reflexiones, por si quieren comunicarlas al público y dar algún consuelo al celo del bien común que me agita y consume.
Cuando quiero averiguar el origen de donde nacen tantas críticas parecidas a la que corre actualmente por la Corte, cuando veo que no pueden derivarse de aquel honrado deseo de descubrir la verdad que es la fuente de la sana, juiciosa y verdadera crítica, cuando infiero que un ruin espíritu de envidia y detracción las concibe, las produce y las propaga, aseguro a Vmds. que es inconsolable el dolor que me causan e incurable el mal que me hacen. ¿Qué hombre que tenga algún sentimiento de patriotismo podrá ver con indiferencia a su nación infestada de este linaje de peste literaria que la acaba y corroe a toda priesa y que va a perpetuar la esclavitud en que yace bajo el yugo de la ignorancia?
Bien sé que esta especie de mala crítica es común a todos los países, pero yo creo que la nuestra se distingue en el carácter y en el modo de la de todo el mundo culto. En ningún país reconozco tanta grosería, tanta malignidad, tanta bajeza, tanto encarnizamiento. Veo sí en otras partes impugnaciones vehementes, defensas acaloradas, guerras sangrientas, suscitadas, seguidas, reñidas y acabadas entre literatos de grande y de ínfimo mérito. Pero en ellas veo rara vez ofendida la urbanidad, prostituida la razón, puestos en olvido los humanos principios de la caridad. Es, pues, necesario que alguna causa particular influya en esta diferencia característica que distingue nuestra crítica de la de toda la Tierra.
El primer origen de la crítica de que hablamos es en todas partes el amor propio: esta pasión que nace con nosotros, que anda con nosotros, que nos acompaña a todas partes, que nos sigue hasta el sepulcro mismo y que, aun allí, lucha por sobrevivir a nosotros y pasar a nuestra posteridad. Tal es el principio, el primer impulso de toda mala crítica. Él nos hace desear una superioridad absoluta aspirar a ella, afligirnos de que nos falte y sobre todo envidiarla en otros. Esto es aquí; esto en todo el mundo. En todas partes la excelencia es mal vista de la medianía: en todas partes la medianía trata de desconocer o menoscabar al mérito, en todas partes finalmente el hombre se cree incapaz de sufrir serenamente aquel sentimiento de inferioridad y humillación que produce el cotejo de su propio mérito con otro más sobresaliente. Pero esto se verifica singularmente entre los literatos y en todas partes aquellos pocos hombres generosos y honrados que se complacen en el mérito ajeno, que le aprecian sinceramente, que le aplauden, que le defienden, que le ayudan sin afectación, son tenidos por héroes y por espíritus superiores al resto de la sociedad.
Pero si no me engaño, el común de los literatos de otros países, aquellos mismos cuyo corazón no es bastante grande para apreciar el mérito ajeno, aquellos que ejercen contra él la mala crítica para rebajarle o deslucirle, reconocen, por lo menos en sus contiendas literarias, una especie de derecho de guerra y de paz, unos principios de urbanidad y cortesía literaria que todo el mundo respeta y que jamás se traspasan sin horror y escándalo de la literatura. ¿Mas entre nosotros? ¿Entre nuestros críticos? ¿Quién reconoce este derecho? ¿Quién respeta estos principios?
Demos una ojeada por los anales de nuestra crítica. Corramos rápidamente los del presente siglo y juzguémosla por su conducta y sus efectos. ¡Qué teatro tan horrible y vergonzoso! ¡Quién no se llenará de rubor a vista de los ruines ejemplos que presentas!
Apenas había cesado el primer rumor de las armas, cuando se vio nacer entre nosotros la Academia Española, uno de los más gloriosos monumentos del reinado de Felipe V. Empezó este cuerpo a trabajar con celo y aplicación y, porque no llegó del primer vuelo al más alto punto de perfección un célebre literato cuya erudición sería muy recomendable si no se hubiese ocupado casi siempre en autorizar fábulas genealógicas o en denigrar ajenos escritos, se declara contra ella y, bajo de un nombre supuesto, trata de desacreditar el cuerpo a quien debemos ya un excelente Diccionario, una buena Gramática, una decente Ortografía y los mejores ejemplos de elocuencia y poesía castellana que produjo el siglo.
Este mal ejemplo anima a otras plumas: la mala crítica persigue a los individuos del mismo cuerpo, se censuran amargamente sus obras, se hace burla de su doctrina, se ridiculizan sus personas y la muerte de un hombre débil, víctima de este ciego furor, da testimonio del encarnizamiento y de los efectos horribles de tan cruel persecución. El nacimiento de la Academia de la Historia, otro establecimiento no menos recomendable a los ojos de la nación, se señala con iguales excesos y nos presenta la envidia armada de sus dardos envenenados, y declarada contra él y contra sus individuos. ¡Qué no sufrió Ferreras [1], aquel hombre respetable a quien debe España la más completa historia de sus hechos, escrita, si no con gusto y filosofía a lo menos con más juicio, más crítica, más sinceridad que otra alguna! Mientras los extranjeros le celebraban, le traducían y hacían justicia a su mérito, los ruines críticos de puertos acá le censuraban, le perseguían y le hacían una guerra tan infame como sangrienta.
Sale poco después del centro de los claustros un insigne escritor a derramar sobre nuestro hemisferio literario la luz de la buena crítica: abraza casi todos los ramos de la literatura, destierra las fábulas más ridículas, las preocupaciones más groseras, inspira el gusto de las ciencias naturales y exactas, propaga el de todos los buenos estudios y, entretanto que hacía este gran servicio a sus conciudadanos, un escarabajo de los muladares de Minerva se levanta contra él, le pica, le muerde, le aflige y si no le hace callar, gracias a la ignorancia y pequeñez del impugnador, a la constancia y elevación del impugnado y a la invencible sabiduría del aliado que lidió en favor suyo.
Apenas hay un nombre estimable en los fastos de la literatura de aquel tiempo que no se hubiese visto perseguido por semejantes medios. Los de Nasarre, Montiano y Luzán pueden servir de ejemplo, y aun el nombre ilustre de Valdeflores, de aquel espíritu que anunció desde su aurora el gusto más puro, la erudición más escogida, la penetración, la profundidad, la exactitud, el orden y todas las dotes que pueden adornar a un escritor de mérito poseídas en alto grado.
¿Pero a qué acumularemos tantos ejemplos cuando basta por todos uno solo? ¿Cuántas veces Don Jorge Juan, este sabio al eco de cuyo nombre debieran poner su frente sobre el polvo todos los que se precian de estimar las ciencias y que siempre oirá con veneración todo buen español, cuántas veces, repito, no fue objeto de la envidia, de la detracción y la calumnia?
Perseguido en su cuerpo, desconocido fuera de él, olvidado de la nación y del gobierno, y solo apreciado por los extranjeros, fue preciso que la muerte cerrase las bocas de sus émulos para que pudiese correr libremente el sonido de sus alabanzas.
¡Ah! ¡Quién pudiera arrancar de esta lista el digno nombre de Don Carlos Lemaur [2], a quien siquiera por extranjero debía más urbanidad la celebrada cortesanía española! Pero es preciso citarle para confusión de sus émulos. Tan digno de aprecio por la copia de sus meritos como de lástima por la de sus desgracias pasó a la inmortalidad cuando iba la nación iba a recoger el mejor fruto de sus desvelos.
Si otros célebres nombres no se alegan en testimonio del furor y ruindad de la crítica nacional, contemple el público las causas que los han puesto a cubierto de sus tiros y verá que no destruyen la opinión que tenemos de ella. Si hay quien no sienta sus golpes, es porque a unos sirve de escudo su modestia y a otros su autoridad. ¡Ojalá me fuese lícito citar alguno a quien la crítica, no pudiendo injuriar por escrito, muerde, censura y calumnia atrozmente de palabra! ¡Ojalá pudiesen publicarse las sordas y ruines murmuraciones con que sus envidiosos templan el desconsuelo de ver crecer cada día el esplendor de su mérito al paso que la impotencia de calumniarle!
En efecto, parece que estaban reservados para la presente edad los ejemplos más señalados y repetidos de este desorden. Los Mohedanos, no ya impugnados, sino atrozmente escarnecidos; el colector del Parnaso tan groseramente maltratado [3]; Huerta, el imperturbable Huerta, censurado, vilipendiado, perseguido, acosado hasta dar el último suspiro a manos de la pérfida crítica; Forner, Iriarte, Samaniego, Sempere, invasores o invadidos continuamente, envueltos y enredados en miserables contiendas, convertida su atención a estas inútiles escaramuzas, y entretanto extraviados del sendero que les podía conducir a una gloria colmada:
quis furor, o ciues, quae tanta licentia ferri?
[...]
bella geri placuit nullos habitura triumphos? [4]
¿Quién pudiera esperar tanto furor, tanta demencia de un pueblo, de una nación tan generosos, y de una época en que tanta vanidad se hace de cultura y filosofía? Nos insultan, nos escarnecen nuestros enemigos, nos atacan hasta en nuestras trincheras, tratan de echarnos a coces del imperio de la literatura y nosotros entretanto nos debilitamos, nos destruimos en nuestros mismos hogares, haciéndonos una guerra intestina y volviendo contra nuestros pechos las mismas armas con que nos provocan y desprecian nuestros enemigos: ¿Quién podrá ver tal frenesí sin confusión y vergüenza? ¿Quién escuchará tantas murmuraciones, tan ruines calumnias, tan groseras sátiras sin llenarse de horror contra nosotros?
Pero sobre todo, ¿quién no condenará los medios con que esta perniciosa crítica vierte su veneno, haciéndose tan aborrecible por su carácter como despreciable por el modo. Bajo la máscara del anonimato se presentan siempre a lidiar los paladines de nuestra crítica. ¡Qué vileza esconder la cara y huir el cuerpo al enemigo de miedo de recibir los botes de su lanza! ¡Qué infamia buscarle, insidiarle, herirle por las espaldas y esconderse después para evitar su encuentro! En otro tiempo a lo menos se reñía a cara descubierta, y esto era más digno, más propio de la generosidad española. Mas hoy... Quod ego praetermito et facile patior sileri, ne in hac civitate tanti facinoris immanitas aut exstitisse aut non vindicata esse videatur [5].
Estas reflexiones y otras muchas ha excitado en mi ánimo el anónimo publicado contra las obras de Don Tomás Iriarte. Yo prescindo por ahora de su mérito, aunque ciertamente le reconozco en algunas aun de las mismas tan amargamente censuradas. También prescindo del de la impugnación, pues, aunque vaga y superficial, no carece en tal cual cosa de fundamento. ¡Pero quién podrá tolerar que al abrigo de aquella máscara se esgrima con tanta saña una pluma traidora contra un joven a quien ciertamente no se puede negar ni su claro talento, ni su buen gusto, ni su escogida erudición, ni el celo de la reforma de los puros estudios, ni su aplicación, su urbanidad, su decoro, ni, en fin, las prendas más dignas de un literato y más acreedoras a la estimacion y aprecio público?
Tiene vanidad: ¿pero acaso hay literato por ruin que sea que no sienta dentro de sí este movimiento del amor propio? ¿Y quien sepa hacer cualquiera cosa mediana se podrá librar de esta tentación en un país donde se escriban tantas ridículas y despreciables sandeces?
Tuvo la flaqueza de impugnar a Sedano y es herido con los mismos filos. Pero Iriarte, a lo menos, mostró en esta guerra generosidad, descubrió su cara, publicó su nombre, insultó a su contrario, provocole al combate y se expuso a sus golpes.
Es un batallador débil y frío. ¿Y acaso es más salado el anónimo que le impugna? Hasta en eso es despreciable nuestra crítica. Ya se acabaron aquellas sales áticas, aquel agridulce chiste castellano, aquel estilo ligero, festivo y encantador de que hay tantos ejemplos en nuestra lengua y en que tan agradablemente se mezclaba el ridiculum acri de Horacio. ¡Ah! ¡Buen bachiller Pedro Fernández! Tú eres acaso el único que ha producido nuestra época digno de ser propuesto por modelo a tus coetaneos! Tú solo eres capaz de ejercitar la crítica a vista de tanto frasesi, filosófico, de tanto orgullo científico, de tanta vaciedad, tanta sandez, tanta niñeria literaria! Pero tu pluma se desdeña de salir a campaña entre tantos ruines pigmeos y solo se muestra alguna vez en favor de la verdad desvalida.
Otra observacion y acabo. Faltábales a nuestros críticos una circunstancia para completar su indignidad y se dieron priesa por no olvidarla. Apenas hay libelo donde no se trate de poner en sospecha la creencia del escritor impugnado. Parece que van a renacer aquellos tiempos en que los nombres ilustres de Carranza, León, Ayala, Mariana fueron oprimidos por el peso de semejantes calumnias. ¡Oh, León de Castro, ya tienes imitadores! [6]. ¿Quién sabe si algun día harán olvidar el horror con que tu nombre es leído en los fastos de la literatura?
Un espiritu iluso, destemplado levantó la bandera en esta especie de acusaciones. ¡Qué nombres tan respetables no infamó en una obra capaz de volvernos al antiguo caos de la primitiva ignorancia, si provido el gobierno no hubiese detenido su curso! Mas, ¿de qué ha servido? ¿Qué hemos adelantado con esta providencia? ¿Quién podrá contar los nombres de los imitadores de aquel zoilo de la Filosofía? La ignorancia triunfa: la vieja superstición chochea y delira a todas horas y en todas partes y parece que, lejos de sacudir las actuales preocupaciones, nacen cada día otras tantas más ridículas, más despreciables que las antiguas.
¡Oh, españoles! Si sois amigos de la verdad y de la gloria, si os preciais de generosos y corteses, si os corréis todavía de ejercer los ruines artificios, las viles artes que tanto deslucen la probidad, la solidez, la generosidad, la cortesía de vuestro carácter, oid mi voz y seguid mi consejo. No os prohíbo las contiendas literarias, pero no declaréis la guerra sin justicia y sin necesidad. Una vez declarada, hacedla en vuestro nombre y a cara descubierta: sed generosos y valientes, perseguid la superstición y la ignorancia, aplaudid la ilustración y la aplicación, promoved los buenos y útiles estudios, ayudaos todos los que vais por el buen camino. Apreciaos, reunios, formad masa, levantad una muralla insuperable contra el error y, al abrigo de ella, derramad por todas partes la luz de la erudición y la sabiduría. Sobre todo desterrad de vuestra República esos libelos injuriosos, esas perfidias literarias, esos ruines y solapados insultos, esos artificios viles y rateros que le hacen ser un teatro de abominación, de escándalo y de oprobrio a los ojos de las naciones.
Esta carta, señores redactores, debió ser más breve, pero se ha escrito muy de priesa y salió larga. Yo no tengo tiempo ni paciencia para corregir. Basta.
- Juan de Ferreras (1652-1735), citado por ser el autor de la Synopsis historica-cronológica de España [...] formada de los Autores seguros, y de buena fee..., [a partir del tomo III se conoció como Historia de España], Madrid: Francisco de Villa-Diego, 1700-1727, compuesta por 16 volúmenes y uno más con la cronología, sumario e índices.
- Carlos Lemaur y Burriel (1721-1785) fue un ingeniero militar al que recurrió Fernando VI para dirigir obras de canalización en España.
- Se refiere a Juan José López de Sedano y a su Parnaso Español. Colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos que empezó a publicarse en 1768 en Madrid en la imprenta de Ibarra.
- Los versos proceden de la Farsalia de Lucano (lib. I, vv. 1-32).
- Cicerón, Catilinarias (lib. I, cap. 15).
- León de Castro (1505-1585) es recordado aquí por sus rivalidades con fray Luis de León y su persecución a Arias Montano.