En esta segunda parte, el diarista relaciona directamente el buen gusto con la honestidad y esta con la obligación de todo cristiano de obedecer la ley divina y sus principios. La utilidad política y social del buen gusto, en contraposición al mal gusto de los viciosos y de los impíos, depende de que sea guiado por la fe y la rectitud moral de los individuos.
Conclusión del Discurso sobre el buen gusto
El Deseoso del bien público
1793
Resumen
Descripción bibliográfica
El Deseoso del bien público, «Conclusión del Discurso sobre el buen gusto», Diario de Valencia, 1793, T. XIV, núm. 159 (6 de diciembre), pp. 265-267.
4 hs.; 8º. Sign: BVNP, 2016.
Ejemplares
https://bivaldi.gva.es/es/consulta/registro.cmd?id=10000019822
Bibliografía
Consúltese Discurso sobre el buen gusto.
Cita
El Deseoso del bien público (1793). Conclusión del Discurso sobre el buen gusto, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<https://bibliotecalectura18.net/d/conclusion-del-discurso-sobre-el-buen-gusto> Consulta: 14/03/2026].
Copyright
María José Rodríguez Sánchez de León
Edición
CONCLUSIÓN DEL DISCURSO SOBRE EL BUEN GUSTO
Oigamos, pues, a Dios que nos habla por sí mismo: «Hombres, yo he criado para vosotros el cielo, la tierra y cuantas preciosidades y hermosuras hay en ella, pero advertid que a vosotros os he criado yo para mí». Lo primero nos obliga al agradecimiento y al amor; lo segundo, a la dependencia y a la virtud. Desde luego este enlace que entre Dios y nosotros descubre la Creación manifiesta que Dios quiere unirnos a sí, estampar en nosotros su imagen y que participemos su bondad al paso que por ser infinita aborrece lo injusto, estima y manda lo bueno. Siendo con la misma extensión sabio, intenta en la Creación un fin santísimo que es el orden que más contribuye a su gloria. Él, ¿qué quiere de los hombres? Es ciertamente nuestra dependencia, la obediciencia a sus leyes y la práctica de la virtud que él mismo se pone por regla y ejemplar. Y he aquí todo el principio y fundamento de la honestidad, que debe ser parte del buen gusto.
Esta honestidad y recitud que aquí exigimos es independiente de las alternativas, que son tan frecuentes en las cosas humanas, que tienen conexión con los juicios de los hombres. La ley eterna arregla el orden de esa bondad como que tiene su origen en la santidad de Dios. La generalidad de este principio pedía igual extensión y seguridad en el de la utilidad que debe completar el todo del buen gusto. Y, a la verdad, no podemos olvidar en nosotros la inclinación más solícita hacia nuestra felicidad, que nos acompaña desde que nacemos, y la misma naturaleza aviva este deseo continuamente por lo que todo hombre busca su provecho y bienestar.
Pero si esta quedase a la disposición y capricho de cada uno, los insultos y la prepotencia cubrirían de tiranos la Tierra y un desconcierto general haría temblar el mundo. Este peligro hace necesario el orden que, a no hallarse establecido con fuerza invencible, fácilmente lo confundieran nuestros viciosos deseos, reduciendo cada uno sus miras y esfuerzos a solo su bien particular encendiendo más este fuego la desigualdad de riquezas, comodidades y placeres que se advierte entre los hombres. Pero aquí triunfan la fe, la Revelación, la religión autorizando a las potestades supremas, a los Estados, a las repúblicas y conteniendo en su justo deber a la emulación que desordenada podría pretender una reuinosa igualdad y con esta una espantosa desolación. Estamos dotados de entendimiento y razón para conocer y discernir el bien del mal: industria tenemos para procurarlo, pero la religión nos hace ver que todos somos miembros de una grande familia, cuyo gobernador y padre que es Dios, quiere igualmente el bien de todos que ha ordenado nuestra felicidad particular con relación a la felicidad común y que, permitiéndonos a cada uno buscar nuestra utilidad y provecho particular para sí mismo, prohíbe hacerlo con perjuicio de cualquier otro hombre o sociedad, bajo la pena de condenarnos como a destruidores de nuestra propia felicidad y de la de los demás. ¿Qué monstruosidad no sería solicitar uno su felicidad haciendo infelices a otros? Pues esto es puntualmente lo que hacen cuantos aseguran su satisfacción, su placer, su utilidad, su porvecho a costa de la aflicción, de la fatiga, de los caudales de su prójimo. Verdaderos tiranos de la sociedad y enemigos de la felicidad común. No nos es lícito a ningún particular el bien que es mal a otro; no nos es lícito satisfacer una pasión que a otro es perjudicial; no nos es lícita la utilidad y provecho que daña a nuestro prójimo. La equidad y la justicia deben arreglar aquellas acciones nuestras que pueden hacer alguna relación con nuestros prójimos. A nadie hagas lo que no quisieran que contigo hicieran.
Esto es la ley eterna, que es la voz de Dios. Este el grito incansable de la naturaleza, de la conciencia recta, de la razón un poco ilustrada y de toda la sociedad. Este es, en fin, el proceder que cubre de honor a los hombres de bien. ¿Y qué otro procedimiento puede producir en el hombre una satisfacción y placer tan dulce? No es otro el camino para ser uno feliz y hacer felices a los demás. No es otra la ciencia que enseña el buen gusto que debemos tener en nuestra conducta. Reclamo por el testimonio de las sociedades y repúblicas en orden a los abundantes y preciosos frutos de paz, abundancia y felicidad que deberían resultar de un buen de este carácter. Dios lo manda, las leyes lo ordenan, la razón lo inspira, los monarcas lo solicitan y se hace servir a este fin a toda la naturaleza contra el gusto estragado de los viciosos.
Conceptos
Buen gusto (Ir al concepto)
La ley eterna arregla el orden de esa bondad como que tiene su origen en la santidad de Dios. La generalidad de este principio pedía igual extensión y seguridad en el de la utilidad que debe completar el todo del buen gusto, pp. 265-266.