Biblioteca de la Lectura en la Ilustración
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Identificación

Discurso sobre el buen gusto

El Deseoso del bien público
1793

Resumen

Esta primera parte del «Discurso sobre el buen gusto» se publicó en el primer periódico valenciano, el Diario de Valencia, que comenzó a imprimirse en 1790. Sigue en sus directrices el Real Decreto de 24 de febrero de 1791, evitando así comentarios políticos. El repaso al santoral e informaciones varias relacionadas con el comercio y las noticias particulares relacionadas con la Valencia o con información de interés general ocupan las cuatro páginas que componen cada número. Fue fundado por Pascual Marín y el francés Joseph Marie de la Croix, barón de la Bruère.

En principio, la idea del buen gusto es tratada de forma crítica por cuanto el diarista entiende que ha servido de perdición para sociedades y naciones enteras. De ahí que se proponga establecer en qué consiste el «verdadero buen gusto» el cual, en su opinión, no debe tener otro principio que la fe cristiana y el Evangelio. Según su visión critianizada, el buen gusto no debe comprenderse siguiendo los dictados de los filósofos impíos, sino que debe fundarse en la honestidad y la bondad moral. Quienes, en consecuencia, se guíen por la fantasía (origen de deseos impuros) frente a la razón se apartará de los principios que forman al buen cristiano y ciudadano. La relación entre razón, fe y buen gusto se establece como necesaria para que impere la decencia y la bondad en los Estados y, por extensión, en las artes y las letras. 

El «Discurso» continúa en el número 159 en el artículo titulado «Conclusión del Discurso sobre el buen gusto».

Descripción bibliográfica

[El Deseoso del bien público], «Discurso sobre el buen gusto», Diario de Valencia, 1793, T. XIV, núm. 158 (5 de diciembre), pp. 262-263. Sign: BVNP, 2016.
4 hs., 8º.

Ejemplares

Biblioteca Valenciana digital

https://bivaldi.gva.es/es/consulta/registro.cmd?id=10000019822

Bibliografía

Campabadal i Bertran, Mireia, El Pensament i l'activitat literària del Setcents català, Barcelona: Universitat de Barcelona, 2003. T. I.

Román López, María, «José de la Croix, barón de la Bruère. Desde Valencia a su Diario Histórico y Político de Sevilla (1790-1793)», El Argonauta español, 9 (2012),  http://hdl.handle.net/10498/29885; DOI: 10.4000/argonauta.1357

Cita

El Deseoso del bien público (1793). Discurso sobre el buen gusto, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<https://bibliotecalectura18.net/d/discurso-sobre-el-buen-gusto> Consulta: 14/03/2026].

Edición

DISCURSO SOBRE EL BUEN GUSTO

El presente siglo filosófico, y por eso mismo origen de tantas desgracias, ha esparcido en la sociedad el práctico sistema del buen gusto y su oculto veneno, cubierto con este hermoso semblante, ha pervertido provincias enteras e intentado cubrir la Tierra de impíos. Pero no duerme el que guarda a Israel y gracias a la misericordia y providencia divina que no nos ha consumido este fuego devorante. Y para cuanto pueda valer mi discurso a la hora, hablaré del verdadero buen gusto.

Este no es ente imaginario sino real: las gentes cultas lo han adoptado como principio universal y común al entendimiento y voluntad en cuanto se extienden estas dos potencias. Él se ha dejado ver con unas luces tan brillantes que ha disipado las tinieblas con que había oscurecido al mundo la babarie de algunos siglos pasados. Con él han mudado de semblante todas las artes y ciencias, se han adornado todas las cosas de un exquisito primor y los que saben cultivarlo bien adquieren en los pueblos un nuevo y apreciable lucimiento. 

En cuanto a las costumbres y modo de vivir se han introducido también y, aunque es verdad que arreglado al Evangelio esparce luces más puras y apreciables en esta que en las demás materias, también es cierto que infinitas personas se imaginan el buen gusto a su modo, como un nuevo fenómeno apacible, cuyos influjos, cuanto les parecen más agradables por lisonjearles sus más favoritas pasiones, les son tanto más perniciosos. Él es tan antiguo como el mundo y, según la deprabación de los hombres, ha sido más o menos conocido.

Dos son los ejes sobre que gira toda esta máquina del buen gusto, dos reglas que le rectifican, dos predicados y partes que constituyen su esencia. Es, a saber, la honestidad y la utilidad. Esto es el buen gusto: buscar cada uno en sus acciones la honestidad o bondad moral, y la utilidad racional, no la que satisface a los deseos viciosos, y el critiano, que de otra suerte juzga en la materia, está muy distante del Evangelio y arruna todo el dogma del buen gusto, aun según los enseñaron los filósofos gentiles que con más acierto lo trataron.

Todos los hombres del mundo son capaces de él. Para esto les ha dado Dios el inestimable tesoro de la razón. Esta forma los pensamientos, juicios, opiniones y gustos buenos. Esta gobierna imperios, Estados, repúblicas, familias. Esta, como madre fecunda, ha dado a luz todas las ciencias y artes racionales y necesarias, pues mientras los hombres cultiven la razón y se dirijan por ella, apreciarán la bondad, buscarán solo la utilidad equitativa y todos serán gente de buen gusto, logrando así la singular recomendación y honor con que ella felicita a los buenos y los distingue y separa de los malos. Por consiguiente, sera hombre de mal gusto, de giusto estragado, dirigido por la fantasía no por la razón, quien en sus operaciones se aparte de estos dos principios que forman al hombres cristiano y ciudadano, hombre de la religión y la sociedad. 

No es arbitrario en nosotros el buen gusto, pues cae bajo la misma ley que nos obliga a ser buenos, no con una bondad de solo decencia, exterior y republicana, sino con una bondad digna de la razón ilustrada y reparada por el hombre Dios. Los doctores de la bondad natural hicieron su figura con honor en ausencia de la fe, pero esta, disipadas las tinieblas, nos descubre todos los brillos de la doctrina que pueden perfeccionarnos y ella ha de ser nuestro oráculo. 

Olvidemos aquí los términos abstractos de naturaleza, primer principio, primer motor con que los filósofos dieron lugar a entender lo que ellos no creían, o nos envolvieron allí imrpudentemente el divino ser de Dios y su amabilísimo nombre. Por más sobreslaientes que hayan sido los talentos de algunos hombres extraordinarios que quisieron hallar y descubrir en la sociedad misma los fundamentoes de la honestidad y bondad moral, y arreglar lo honesto de nuestras acciones a medidades puramente humanas, ellos no hicoeron más que pronunciar delirios y originar errores. 

Detestemos las blasfemias de los impíos. Dios no puedo entregar y abandonar a la contingencia y al acaso los nibilísimos espíritus humanos, sin proveerlos de alguna luz cierta para conocer lo que convenga o no a su dignidad, y a los fines que en su creación tuvo un tan sabio arquitecto. Y mucho menos fiar a la incertidumbre de los juicios de los hombres los caminos de nuestra suerte. Así, la necesidad de la razón para este efectos (pero debilitada por el pecado) prueba la de la Revelación, pero Dios ha hablado y un nuevo orden de luces alumbra nuestro hemisferios. Hombre, tu Dios quiere gozar contigo sus delicias, mas advierte que toda y cualquier iniquidad es inacessible a su trono. Solo puede llegarse a él lo que lleva uniformidad con su voluntad y atributos, que son la justa medidad de las operaciones humanas para que sean justas y honestas. A este golpe de luz debe callar la Filosofía mundana. 

Conceptos

Buen gusto (Ir al concepto)

Este no es ente imaginario sino real: las gentes cultas lo han adoptado como principio universal y común al entendimiento y voluntad en cuanto se extienden estas dos potencias. Él se ha dejado ver con unas luces tan brillantes que ha disipado las tinieblas con que había oscurecido al mundo la babarie de algunos siglos pasados. Con él han mudado de semblante todas las artes y ciencias, se han adornado todas las cosas de un exquisito primor y los que saben cultivarlo bien adquieren en los pueblos un nuevo y apreciable lucimiento, p. 261.

Dos son los ejes sobre que gira toda esta máquina del buen gusto, dos reglas que le rectifican, dos predicados y partes que constituyen su esencia. Es, a saber, la honestidad y la utilidad. Esto es el buen gusto: buscar cada uno en sus acciones la honestidad o bondad moral, y la utilidad racional, no la que satisface a los deseos viciosos, y el critiano, que de otra suerte juzga en la materia, está muy distante del Evangelio y arruna todo el dogma del buen gusto, aun según los enseñaron los filósofos gentiles que con más acierto lo trataron, p. 262.

Todos los hombres del mundo son capaces de él, p. 262.

[...] Será hombre de mal gusto, de gusto estragado, dirigido por la fantasía no por la razón, quien en sus operaciones se aparte de estos dos principios que forman al hombre cristiano y ciudadano, hombre de la religión y de la sociedad, p. 262.