Biblioteca de la Lectura en la Ilustración
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Identificación

Verdadero antídoto contra los malos libros de estos tiempos o Tratado de la Lectura Christiana

Nicolas Jamin; Gabriel Quijano (traductor)
1784

Resumen

En 1774 el monje benedictino Nicolas Jamin publicó su Traité de la lectura chrétienne que en 1784 traduce al español Gabriel Quijano con un título mucho más incisivo que el del autor original. El propósito del mismo es el fomento de la lectura de libros religiosos en detrimento de cualquier otro tipo de obra que pudiera difundir ideas que se presuponen contrarias a los principios esenciales de la fe católica. Parte de la premisa de que el autor del tratado y el lector habrán de coincidir en su rechazo a las obras impías. Para conseguirlo fundamenta su exposición en el desarrollo de una metodología que consiste en hacer partícipe al lector de sus ideas, en la medida en que el autor y el lector son, por definición, defensores a ultranza de la fe católica. No obstante, la obra reconoce las utilidades de la lectura tales como ocupar el tiempo libre, siempre que la selección se realice sobre los «libros útiles» y se prescinda de aquellos otros que fomentan la inmoralidad.

En conjunto, se presenta como una guía para los lectores cristianos frente a lo que se considera la amenaza del ateísmo que representan los pensadores heréticos. En principio, el libro defiende las ventajas que conlleva la lectura, si bien sostiene que esta debe hacerse de forma selectiva. Arremete en el texto contra los libros voluptuosos y lascivos, los difamatorios, los de autores considerados herejes, los impíos, a los que contrapone la lectura de las Escrituras, de los textos religiosos y de los Padres de la Iglesia. El libro se estructura a partir de explicar en qué consiste la lectura, cómo debe realizarse la selección de libros y el método que debe seguirse al leer. A continuación, en lo que podría considerarse una segunda parte, se analizan los libros en función del criterio religioso moral de forma antitética: por un lado, los voluptuosos, lascivos, difamatorios e impíos y, por otro, los libros religiosos: Sagrada Escritura, Santos Padres y las obras religiosas de la época. En sección aparte menciona los libros de Historia y los de Ciencias y entretenimiento.

Gabriel Quijano publicó un texto titulado Epístola de San Pablo Apóstol parafraseadas. Traducidas de la lengua toscana a la castellana, Madrid: Imprenta Real, 1785, que se reeditó numerosas veces, tanto en Madrid como en Barcelona, entre los años 1786 y 1807.

Descripción bibliográfica

Jamin, Nicolás, Verdadero antídoto contra los malos libros de estos tiempos o Tratado de la Lectura Christiana; en el que no solo se propone el método que se debe observar en la lectura de los buenos libros, a fin de sacar utilidad de ellos, sino que al mismo tiempo se descubre el veneno que ocultan muchos de los Modernos, manifestando los artificios con que procuran con aparentes razones difundir sus errores, y atraer a las gentes sencillas a diversos vicios y disoluciones. Escrito en francés por el P. D. Nicolás Jamin, Monge benedictino de la Congregación de S. Mauro y traducido al castellano por Don Gabriel Quijano, Presbítero, Madrid: Miguel Escribano, 1784.
2 hs., lxxiii, 333 pp., 8º. Sign: BNE U/7238.

Ejemplares

Biblioteca Nacional de España

PID bdh0000113902

Bibliografía

Rodríguez Sánchez de León, María José, «Aniquilar la Ilustración o el canon cristiano de la lectura en el siglo XVIII», Arte Nuevo. Revista de Estudios Áureos, 4 (2017), pp. 955-986. <http://www.artenuevorevista.com/index.php/arte-nuevo/article/view/53>. Fecha de acceso: 18 nov. 2019 doi: https://doi.org/10.14603/4T2017.

Cita

Nicolas Jamin; Gabriel Quijano (traductor) (1784). Verdadero antídoto contra los malos libros de estos tiempos o Tratado de la Lectura Christiana, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<https://bibliotecalectura18.net/d/verdadero-antidoto-contra-los-malos-libros-de-estos-tiempos-o-tratado-de-la-lectura-christiana> Consulta: 29/09/2022].

Edición

LA TEORÍA Y LOS FUNDAMENTOS DE LA LECTURA DE NICOLÁS JAMIN
VERSIONADOS POR GABRIEL QUIJANO

 

CAPÍTULO I

De la utilidad de la lectura

Dudar de las ventajas y utilidades de la lectura no puede ser efecto sino de una ignorancia grosera, de una estupidez brutal o de una grande soberbia y presunción, que movería a juzgar que cualquiera se basta a sí mismo sin necesitar de las luces ajenas. En efecto, este noble ejercicio es para el alma lo que el alimento para el cuerpo porque la nutre y la fortifica extendiendo sus ideas y sus conocimientos. Este fue el motivo de una respuesta ingeniosa que el Duque de Vivona dio a Luis XIV. Habiéndole este Príncipe preguntado en cierta ocasión de qué le servían todas sus lecturas, «Señor –le respondió– las lecturas aprovechan a mi alma tanto como las perdices de vuestra merced a mis carrillos».

La vida del alma consiste efectivamente en el pensamiento y no hay cosa más propia para sostener, animar y dirigir este que la frecuente lectura, en prueba de lo cual alego la experiencia de todos los que son verdaderamente aficionados a ella.

Es también de notar que el amor a la lectura ha sido siempre la pasión de los grandes hombres. Leemos que Aristóteles alimentaba su espíritu con la multitud de libros que las riquezas de su discípulo Alejandro le facilitaban. Este mismo monarca, aunque ocupado continuamente en los proyectos de nuevas conquistas, jamás se metió en cama sin haber puesto antes a Homero debajo de la almohada. Platón leía asimismo los libros de los sabios que le habían precedido. Catón de Útica llevaba consigo un libro siempre que iba al Senado para divertirse en él mientras se juntaban los senadores, por no perder el tiempo en discursos inútiles, como solía suceder en semejantes circunstancias. Era tal la pasión que Plinio el antiguo tenía por la lectura que ni aun la mesa era capaz de hacérsela dejar, como lo atestigua Plinio el joven, sobrino suyo, y su hijo adoptivo por estas palabras:

Se leía mientras comía y me acuerdo que, habiendo un amigo suyo hecho repetir al lector, en cierta ocasión, algunas palabras mal pronunciadas, le dijo mi tío: ¿No lo habéis entendido bien? A lo cual, respondiendo el amigo que sí, pues, ¿por qué, replicó mi tío, le habéis hecho repetir. Nos habéis hecho perder diez líneas a lo menos [1]. 

Tan avaro era del tiempo. Tal era en los grandes hombres de la antigüedad el amor por la lectura. No tenían, como los sabiondos de nuestro tiempo, aquella presunción y vanidad de creer que todo lo sabían sin necesitar de las luces de los antiguos y que se bastan a sí mismos. Antes bien, como más humildes, conocían su necesidad y pobreza y no se avergonzaban de acudir a otros para participar de sus riquezas por medio de la lectura. Mas desenredemos las utilidades de este ejercicio para poder mostrar lo razonable de esta pasión.

La primera utilidad que se presenta, y la que buscan la mayor parte de los lectores, es divertir el tiempo cuando faltan las ocupaciones o las diversiones. Plinio el Joven no hallaba en el tiempo que se retiraba a su casa de campo diversión más gustosa que la de entretenerse consigo mismo y con sus libros. Consideraba este entretenimiento como el más digno de un hombre y como la mejor ocupación de todas. «Yo hablo, escribía a un amigo, conmigo mismo y con mis libros. ¡Oh, vida inocente! ¡Oh, dulce y honesto reposo y más noble que casi todos los negocios del mundo» [2].  Pero, para percibir su dulzura, es preciso ser hombre reflexivo y querer pensar como este antiguo. 


Pero no es este el carácter del común de los lectores, mayormente de aquellos ricos regalones cuya ciencia se limita a saber juzgar de la calidad de los manjares y su delicadeza, a saber las lagunas, los estanques y los ríos en donde tal y tal pescado se coge y a conocer el país y el tiempo de los vinos, conocimientos a la verdad propios de un Epicuro. No debe, pues, causar maravilla que unos hombres tan terrestres y carnales no puedan saborearse en las delicias de la lectura. Sin embargo, ellos leen aun en coche, en donde se les ve con un papel en las manos para parecer aplicados a las letras para con el común, que regularmente juzga por las apariencias y exterioridades, sin penetrar más adentro. ¿Pero qué leen? ¿Acaso algunos libros inocentes que los diviertan al mismo tiempo que los instruyen? No, por cierto. No leen (lo digo con el mayor dolor de mi corazón) sino los libros inútiles que nada comunican al espíritu, unos libros lascivos muy propios para manchar la fantasía y para encender en el corazón del lector un fuego impuro o, en fin, unos libros impíos, cuyo objeto es oscurecer las verdades más importantes y sofocar todo sentimiento de religión. Yo confieso que se puede leer por entretenimiento y diversión para alejar de sí el enfado que podría causar la ociosidad: es preciso que una distracción ocupe el lugar de otra porque el hombre no puede estar parado contemplándose a sí mismo, antes bien, huye de sí cuanto puede. Y la lectura llena ese lugar a falta de otras ocupaciones. Pero esta ha de tener siempre por objeto los libros útiles y agradables que respetan a la religión y las costumbres porque la diversión ha de ser inocente, no mala ni prohibida.

La segunda utilidad apreciable de la lectura es suspender en el lector el sentimiento de las penas que ordinariamente acompañan a la vida humana y se consuela con los muertos en las pesadumbres que puede recibir de los vivos. Por poco que se reflexione, se conocerá que es muy conforme a la naturaleza del espíritu del hombre pues, siendo muy limitado, no puede ocuparse a un mismo tiempo en muchos objetos porque el uno le hace olvidar al otro por la distracción que le ocasiona. La lectura le aparta la consideración de las penas volviendo su atención a objetos extraños que le interesan y hace que sustituya la dulzura a la amargura de la pena porque, siendo el hombre naturalmente curioso, tiene gusto en aprender lo que ignora. Pero apelemos a la experiencia y consultemos la historia pues, conformándose los hechos con la capacidad de todos, son pruebas más que eficaces que los discursos.

Horacio miraba la lectura de los antiguos como uno de los medios más propios para conseguir el gustoso olvido de las miserias y penas de esta vida, que se hacen sentir en todos los estados, tanto sobre el trono como sobre la pobre choza:¡Oh, amada casa de campo –decía–¡ ¿Cuándo te volveré a ver? ¿Cuándo lograré, la felicidad de olvidar agradablemente las inquietudes de la vida por medio de la lectura de los antiguos? [3] .

¿Cuándo, oh, campo, te veré
para que allá en sus retiros
olvide esta vida inquieta
leyendo libros de antiguos?

No fue solo él quien probó estas ventajas de la ocupación literaria. Ovidio, aquel bello talento que se atrajo sobre sí, por su imprudencia, la desgracia de Augusto, confiesa que no buscaba en sus estudios sino el olvido de sus penas: «No me propongo otro fin  –dice– en mis poesías que el de borrar de mi memoria el recuerdo de mis desdichas»

Busco y pretendo en los versos
el ver si puedo olvidarme
de aquellas cosas que son
penosas y miserables.

Plinio el Joven igualmente dice que hallaba sus consuelos y sus gustos en sus ocupaciones literarias: «No hay cosa –decía a un amigo suyo– tan gustosa en la vida, ni hay pesar tan grande que no lo haga llevadero esta diversión» [5].

Nosotros somos deudores de muchas importantes obras a la desgracia de sus autores quienes, obligados a retirarse del tumulto de los negocios por un funesto suceso, intentaron, por medio de la reflexión de la lectura y de sus ocupaciones literarias, apartar de su espíritu la memoria de las penas. ¡Cuántos no se encuentran, acaso, hoy en día cerrados en prisiones a quienes esta ocupación inocente consuela en la privación de su libertad, suspendiendo por algún tiempo, a lo menos, el sentimiento de su infelicidad!


La tercera ventaja de la lectura consiste en procurarnos las luces de aquellos a quienes la distancia de los países no nos permite consultar ni ver. Las obras que los sabios laboriosos dan a la luz pública se extienden insensiblemente, pasan de un país a otro y llevan a todas partes las especulaciones ingeniosas de sus escritores. De aquí nace un comercio de ciencia y de instrucción entre las naciones. El inglés lee las obras de los franceses y estos leen las de los ingleses: un país instruye a otro y, para decirlo mejor, diferentes países se instruyen mutuamente porque no es lo mismo la obra que un hombre escribe en el silencio de su estudio con el fin de publicarla que el que habla en una conversación, pues el primero, por poco que respete a los lectores y mire por su honor, reflexiona sobre sus pensamientos, los pesa, los examina y los coteja con los primeros principios, antes de escribirlos y producirlos. El temor de la censura pública, que es un juez incorruptible, le obliga a retocar muchas veces su obra: escribe, borra y vuelve a escribir, sin omitir diligencia alguna para perfeccionarla, porque su amor propio se interesa en ello: Timor est emendator acerrimus [6].

Pero con el segundo sucede lo contrario porque este se deja arrastrar por su vivacidad, sin pensar muchas veces lo que dice en la balanza de la razón. ¿Cuántas palabras se escapan continuamente, que se quisiera no haberlas dicho y en las cuales se piensa cuando ya no hay remedio?

Sin embargo de esto, convendría mucho que el comercio literario que se ve reinar hoy en día entre los diversos reinos de la Europa, no se hiciese sino de los libros verdaderamente dignos de la inmortalidad. Pero, lo digo con dolor, los malos libros, que debían sepultarse en donde nacen, se extienden entre nosotros más que los buenos y son recibidos con mucho aplauso. Esto es efecto de una especie de fanatismo que nos previene en favor de todo cuanto nos viene de fuera del reino, sea lo que se quisiese.

Somos deudores de esta infeliz preocupación a la secta filosófica de este siglo, que no cesa de hablar de patriotismo al mismo tiempo que prostituye sus inciensos al inglés y al prusiano, etc. pero no los acusemos de contradicción en su conducta porque estos bellos espíritus no tienen en la voz patria la idea que nosotros tenemos. Nuestros buenos antepasados entendían por esta expresión el país en que habían nacido, como lo entendemos nosotros. Mas estos señores a quienes no satisfacen ideas tan estrechas y que, por otros lado, se avergüenzan de pensar como el común, entienden por esta expresión todo el universo. Ello se sonrojarían de llamarse «ciudadanos franceses» porque se tienen por «ciudadanos del mundo». De aquí procede la ridícula prevención contra el país en que nacieron y la preocupación fanática en favor de todos los escritos y libros extranjeros. Pero nosotros, sin llamarnos con este fasto filosófico «ciudadanos del mundo», convenimos gustosos en que el talento no está vinculado al reino, que se halla en todos los países y que en todos ellos puede producir buenos libros como, en efecto, los produce. No somos extremados en nuestros juicios, antes bien confesamos que hay en todo un medio, de donde no es lícito apartarse. Apreciamos las obras extranjeras que merecen ser apreciadas, pero sin deprimir las producciones patrióticas que merecen nuestros respetos. Dejemos esta anglomanía, tan común en estos tiempos. Observemos de paso que esta notable afectación en alabar las obras extranjeras, no es más que un artificio de que se vale la incredulidad para incitar a los pueblos a que lean los libros irreligiosos que nos vienen de afuera. De esta suerte unen sus fuerzas todos los incrédulos de la Europa contra la religión, pero en vano, porque siempre triunfará de ellos, como ha triunfado hasta ahora de sus enemigos. ¿Qué ha de poder la nada contra el Ser Soberano ni el gusanillo contra el autor del universo?


La cuarta ventaja de la lectura consiste en proponernos como presentes a los más grandes maestros de la antigüedad. Estos hombres sabios perdieron con la muerte su existencia física, pero conservaron siempre por sus obras una existencia literaria. Horacio hablaba así de sus escritos:

Yo he levantado un monumento más duradero que el cobre y el bronce […]. No moriré [del] todo, porque la más noble parte de mí mismo, se librará de la parca. Mi reputación siempre nueva, se aumentará con el discurso del tiempo.

Exegi monumentum aere perennius
[…]
Non omnis moriar: multaque pars mei
vitabit Libitinam; usque ego postera
crescam laude recens
… (Horacio, libr. III, oda 30)

Yo levanté un monumento
para eternizar mi nombre
más firme y duradero
que los mármoles y bronces.
Ya no moriré del todo,
porque de mí lo más noble,
renacerá con la fama
en los tiempos posteriores.

Los escritores que han enriquecido la república literaria con sus libros importantes por su materia y composición, pueden decir lo mismo. Los Platones, los Aristóteles, los Cicerones, los Sénecas y los Quintilianos, no existen ya, «pero sus almas inmortales hablan todavía en sus escritos» (Plinio, libr. V, cap. 2). Los Ciprianos, los Tertulianos, los Atanasios, los Ambrosios, los Basilios, los Crisóstomos, los Jerónimos y los Agustinos, etc., murieron, pero sus obras subsisten todavía y en estos preciosos monumentos anuncian continuamente estos héroes del cristianismo al lector atento las verdades importantes de la religión que ellos habían recibido en depósito de sus padres.

¿Qué digo yo? La lectura nos hace presentes aun a los escritores canónicos, quiero decir a aquellos hombres privilegiados a quienes Dios inspiró para que nos enseñasen de su parte las grandes verdades que los Sócrates, los Platones, los Demóstenes y los Cicerones ignoraron. Nosotros podemos por este ejercicio recibir como los judíos, las instrucciones de Moisés y de los profetas, como los primeros cristianos recibieron las de nuestro Divino Salvador y las de los apóstoles. Estas son las grandes fuentes en que podemos beber esta sublime filosofía, que constituye los verdaderos sabios y que es, respecto de la filosofía de nuestro siglo, lo que la luz respecto de las tinieblas. Aun cuando la lectura no tuviera otras ventajas que las de abrirnos todos estos tesoros, esto solo bastaría para colocarla sobre todas las demás ocupaciones a que nos entregamos diariamente. Pero esto es en lo que menos se detienen los cristianos de hoy en día, si hemos de juzgar por la indiferencia con que mira a la lectura santa la mayor parte de ellos.


La quinta ventaja de la lectura es el disipar las tinieblas de la ignorancia y formar sabios: ella es como la llave y el canal de las ciencias. Es cierto que aprendemos en las escuelas el arte de estudiar y en las instrucciones de los maestros los principios elementales y las semillas de las ciencias, pero no toca sino a la lectura reflexionada el desenredar los principios, seguir el hilo de sus consecuencias y fecundar estas semillas. En efecto, ella nos procura nuevos conocimientos que extienden y perfeccionan los que ya tenemos, de esta suerte enriquecemos nuestro espíritu con las riquezas ajenas y las luces de los escritores cuyas obras leemos, se hacen nuestras, sin dejar de ser de sus autores, porque no sucede con las ciencias lo que con los bienes de fortuna, cuya propiedad es siempre exclusiva, pues la ciencia se comunica, sin dejar a un sujeto por pasarse a otro. Esta ventaja de hacer sabios es uno de los efectos más preciosos de la lectura y capaz de inspirar su amor a quien ama el pensar y discurrir. La ignorancia para nada es buena, antes bien oscurece las más bellas calidades. «La piedad sin la ciencia, decía san Jerónimo a un amigo, no puede ser útil sino a sí misma. Si ella edifica en la Iglesia por su ejemplo, la daña también, no resistiendo a los que la quieren destruir» [7]. Pero, al contrario, la piedad junta con las luces y conocimientos, es útil a todos. No pertenece sino a la lectura de los buenos libros el ilustrar la virtud y poner a las personas piadosas en estado de defender la religión contra los ataques de la impiedad y de la herejía. El lector atento saca diferentes ideas, las medita, las digiere y se forma como un cuerpo de ciencia útil para sí y para su próximo, a quien puede comunicarla «así como la abeja compone su panal de los diversos jugos de flores que recorre» (Séneca, Cartas a Lucilio, epístola 84) [8].

No se diga, pues, en descrédito de las ventajas de la lectura que la ciencia es más peligrosa que útil para la salud, porque si los hombres abusan alguna vez de ella para elevarse sobre los demás, no se debe atribuir a la ciencia este abuso, sino a la corrupción del hombre, que hace volver contra sí las cosas más buenas. ¿De qué no abusa? Y así, si se había de cortar todo aquellos de que abusa, era preciso quitarlo todo. Además, si se considera quiénes son aquellos que la ciencia ensoberbece e hincha, se conocerá que este orgullo solo se apodera de aquellos cuyos conocimientos son limitadísimos, como son los sabiondos, cuya cofradía está tan extendida en estos tiempos en virtud de los diccionarios. Mas, por el contrario, los hombres ilustrados rara vez se dejan arrastrar por esta vanidad porque cuanto más penetran el seno de las ciencias, tanto más conocen lo limitado de sus talentos. Un verdadero sabio no halla dificultad en confesar que cuanto puede saber no es más que un átomo respecto a lo mucho que ignora, por lo cual dirá siempre con gusto con un antiguo «lo único que sé, es que no sé nada» [9] y esto es lo que le mantiene humilde. Pero no sucede así con el sabiondo porque, por lo regular, cree que sabe lo que no sabe: habla, decide y dogmatiza sobre lo que ignora, como hablaría un ciego de los colores que jamás ha visto. Para convenceros de esto, entrad en las ocurrencias del mundo profano, escuchad el tono decisivo con que estos doctorcillos cortan y rajan sobre las materias que menos entienden y veréis lo que deliran y los absurdos que cometen. Pero no os admiréis de esto porque es efecto de la ignorancia, la cual produce más orgullosos que humildes [10].


Tampoco se diga que no se necesitan los libros para ser sabios y que el talento es suficiente a sí mismo. El orgullo podría hacer pensar de este modo, pero la experiencia prueba lo contrario. Abrid las historias, mirad a tantos grandes hombres que se han manifestado en el teatro literario en diferentes siglos; considerad el camino que han seguido en sus estudios y veréis cómo, después de las primeras instrucciones de sus maestros, se aplicaron a la lectura de los mejores libros pertenecientes a las ciencias que querían profundizar y saber con fundamento. Esta lectura extiende sus ideas presentando a su espíritu los objetos bajo diferentes aspectos. De aquí provienen aquellas reflexiones profundas que descubren las primeras verdades que hemos recibido del Autor de la naturaleza; de aquí aquellas obras verdaderamente dignas de la inmortalidad que han llegado hasta nosotros. Asimismo debe a la lectura una gran parte de su gloria el siglo de Luis el Grande: ella es la que ha formado en todo género de ciencias aquellos grandes hombres, tan superiores a la mayor parte de nuestros literatos, como lo son los gigantes a los pigmeos. Digo «a la mayor parte» para no abatir más de lo que es razón a mis contemporáneos pues convendré gusto en que todavía se encuentran escritores que hacen honor a la literatura francesa, pero son pocos entre tantos:

Aunque tan grande es el mar,
tan dilatado y tan vasto,
los nadadores que en él
se hallan, son pocos y raros [11].

Ni nos debe admirar esto por poco que consideremos el desprecio que se hace en estos tiempos de la lectura de los sabios que nos han precedido. No se quiere escribir sino según estas ideas, ¿pero qué producciones son estas? Unas flaquezas que o tardan en perderse en la noche del olvido y, si se hacen notables, solo es ordinariamente, por su libertinaje o por lo absurdo de sus paradojas.

La sexta ventaja de la lectura consiste en enseñarnos por la comunicación con los muertos, el arte de conversar con los vivos, de apreciar sus discursos y de evitar los errores de que están ordinariamente infectos, de distinguir en su conducta las acciones que podemos imitar sin temor de violar las reglas de las costumbres, de aquellas de que nos debemos abstener y, en fin, nos sirve de preservativo contra la seducción del mundo corrompido que todo lo quiere sujetar a su imperio.

Un buen libro es un sabio consejero que nos hace notar la falsedad que reina en la mayor parte de las conversaciones de los hombres, que nos descubre la fealdad del vicio en los desórdenes de nuestros semejantes y la hermosura de la virtud en las costumbres de los hombres de bien. Es un abogado que defiende con nosotros la causa de la piedad y de la verdad, que impide nos dejemos sorprender por la sutileza de los sofismas y por la brillantez del discurso, mayormente en un siglo en que todo se sacrifica al adorno de la dicción y en que todo es bien recibido, por muy absurdo que sea, con tal de que esté bien dicho. De este gusto es deudor nuestro siglo a nuestros brillantes filósofos; su fin ha llevado sin duda en introducirlo y favorecerlo. Quieren aniquilar la religión cristiana y levantar sobre sus ruinas los sistemas impíos. Pero ¿cómo se ha de conseguir? Recurriendo a los artificios en defecto de razones. Se habla en un tono decisivo y dogmático, el cual, debiendo ser el fruto del convencimiento, no es en estos nuevos apóstoles sino el efecto del engaño y de la mala fe. Se adoptan las bellas frases y los discursos compuestos, como verdaderos modos para engañar a los ignorantes, que son siempre superficiales en sus juicios. Mas la lectura de los buenos libros abre los ojos a los lectores para que vean los lazos del seductor y los eviten.

En fin, digo con un antiguo para abreviar que:

    Por la lectura adquirimos el conocimiento de muchas cosas buenas, que costaron muchos trabajos y desvelos a los que las sacaron de las tinieblas para que viesen la luz pública. Ella nos descubre todos los siglos y todos los países, nos hace contemporáneos de todas las edades y ciudadanos de todos los viajeros. Por su medio podemos conversar aun con los hombres más sabios de la antigüedad, que parece vivieron y trabajaron para nosotros. Encontramos en ellos unos maestros a quienes podemos consultar en todos tiempos, unos amigos continuos y para todo, cuya conversación siempre útil y agradable, nos enriquece con mil conocimientos curiosos e importantes y de cuya compañía jamás nos apartamos sin llevar con nosotros nuevas luces y nuevos conocimientos [12].

Tales son las ventajas de la lectura: ella nos divierte a falta de ocupaciones, nos consuela en las aflicciones, haciéndonos olvidar las penas, nos acerca los sabios más distantes, y aun los más antiguos, haciéndolos presentes, hace que penetremos los senos de las ciencias y, en fin, nos sirve de antorcha para el trato de la vida civil. ¡Qué ejercicio tan útil, tan bello y tan digno de la ocupación de un hombre de bien! Pero nótese, sin embargo de esto, que la lectura no es útil sino en cuanto es reglada por la prudencia. Pues así como no se aprovecha en la compañía de los ignorantes y de los que no hablan sino bagatelas, como hace la mayor parte de los que componen los corrillos de la sociedad, tampoco se debe esperar fruto alguno de los libros frívolos, aunque sí mucho que temer de los peligrosos, demasiado extendidos ya. Es, pues, preciso para sacar alguna utilidad de la lectura, tener mucho discernimiento en la elección de los libros que se han de leer porque el cuerpo no se mantiene de viento ni el alma de bagatelas y menos de veneno.


 

CAPÍTULO II

De la lectura

La regla que se debe seguir en las lecturas es el empezar siempre por los libros más importantes y más útiles, según la máxima que dice que «el principal debe preceder al accesorio» [13]. Nada muestra tanto la pequeñez y la flaqueza de espíritu cuanto la pasión que tienen muchos por los libros de pasatiempo. El sabio desde luego se va a lo sólido.

No se proponga jamás por fin de sus lecturas el deseo de hacerse famoso en el mundo por la extensión de sus conocimientos, ni imite a aquellos hombres desvanecidos que, como dice san Agustín, «buscan la sabiduría, no para hacerla regla de su conducta, sino para ensalzarse sobre los demás», sino viva vuestra merced penetrado de los sentimientos de aquel piadoso autor que decía «más quiero vivir sin la ciencia que insta, que con la caridad que edifica. Más vale un humilde rústico que sirve a Dios que un orgulloso filósofo que se olvida de sí mismo por contemplar el curso del cielo» [14]. Pues dirija vuestra merced sus lecturas al principal negocio que es su salvación. Otra vida espera a vuestra merced y por ella debe trabajar.

Lea vuestra merced los libros, si le fuese posible, en la lengua en que primeramente fueron escritos, si quiere vuestra merced conocer, sin errar, el verdadero sentido y pensamiento de su autor. No se pueden comparar con el original las versiones, por muy buenas que sean. El traductor puede, sin querer, sustituir su pensamiento al del autor o no explicar el de este sino imperfectamente. Desconfíe vuestra merced siempre de las traducciones muy floridas y elegantes, pues es de temer que el sentido del texto se sacrifique tal vez a la belleza de la dicción. Se ven a la verdad algunos traductores poco escrupulosos sobre este asunto, que prefieren la ventaja de agradar al lector a la de presentarle fielmente su original porque, como es un gran móvil el interés para los literatos pobres, consideran que de esta suerte venderán mejor su traducción. Pero si no entiende vuestra merced la lengua en que ha escrito el autor y se viese obligado a recurrir a las versiones, prefiera siempre aquellas que tienen la aprobación de los inteligentes, pues no puedo menos de confesar que hay muchas versiones infieles, en las cuales se ve desfigurado el texto original en muchos lugares. Cuide vuestra merced, particularmente en los libros que tratan de religión, no servirse de las traducciones hechas por personas partidarias, porque será mucho que no manifiesten en ellas sus preocupaciones. Cuando uno no quiere ser engañado, huye de los tramposos. Entiendo aquí por «personas partidarias» todos los sectarios que impugnan la religión en algunos puntos, por lo cual debe vuestra merced asegurarse de la doctrina ortodoxa del autor, antes de servirse de sus versiones.

No se deje preocupar de la reputación del autor cuya obra lee, por grande que sea, ni el respeto que puede vuestra merced tener por su persona, por su piedad y talentos, le impida examinar y pesar lo que dice en la balanza de la verdad. Este consejo daba san Agustín a sus lectores: «No estéis –les decía– demasiado dependientes de la autoridad, particularmente de la mía, que es ninguna, mas tened la osadía, como dice Horacio, de serviros de vuestras luces para que no os domine el miedo antes que la razón» [15]. En efecto, puede el escritor ser muy sabio, de gran talento y muy virtuoso, pero es hombre y como tal puede engañarse a sí y engañar después a los lectores sin quererlo. No hay otros escritores sino los canónicos, que estén al cubierto de todo error, como que son los órganos inspirados por el que es la misma verdad. Los demás escritores, por grande que sea la autoridad que se hayan granjeado por su virtud y talentos, deben siempre leerse con una cierta circunspección por no dar en algún desvarío juntamente con ellos si, por un efecto de la fragilidad humana, tuvieron la desgracia de caer en algún error. Y así no imite vuestra merced la estupidez de ciertos lectores que, arrebatados por una ciega preocupación en favor del autor, admiran más lo que menos comprenden diciendo entre sí «no se ha concedido a todo el talento y la penetración», porque como dice Marcial, lib. I: Non omnibus datum este habere Nasum:

No a todos con igualdad
les es cosa concedida
el que puedan alcanzar
el don de la sabiduría.

Lea vuestra merced con discernimiento y, si no puede vuestra merced discernir por sí mismo lo verdadero de lo falso en lo que lee, consulte a las personas sabias.

No se deje vuestra merced engañar por la belleza del estilo en que el libro está escrito ni le embelese tanto que no pueda examinar el fondo del pensamiento. Deje vuestra merced a los hombres vanos el gusto frívolo de pagarse de vanidades y sonidos, pero vuestra merced, como criatura que piensa, párese con particularidad en las cosas, teniendo siempre presente que el adorno del discurso no es lo que decide de su verdad porque puede, por el contrario, servir para insinuar las opiniones más absurdas y más impías, como demasiadamente nos lo prueba la experiencia. Este es el sentimiento de san Agustín: «Yo había aprendido de vos, Dios mío –dice–, con la ocasión del fausto maniqueo hombre elocuente, que no se debe juzgar de la verdad del discurso por su belleza y elegancia, ni de su falsedad por la dureza o rusticidad del estilo» [16]. Y así se ve que no se califican los alimentos por la vajilla en que se sirven porque tanto los más sanos como los más nocivos, se pueden presentar igualmente en vajilla rica y pobre, ni la caja de una muestra, sea de oro, de plata o cobre, no envilece ni abona su calidad. Luego sea el que quisiere el estilo de una obra, nada puede concluir contra el pensamiento que encubre.


Por la misma razón, no debe vuestra merced desmayar ni dejar la lectura de un libro por la bajeza de su estilo cuando, por otra parte, contiene cosas útiles e importantes. «Es carácter propio de los buenos ingenios –dice san Agustín–, amar la verdad en las palabras, no las palabras solas. El sabio no se debe parar en las palabras, sino en las cosas» [17]. La dureza del estilo es, sin duda, un defecto pero que no depone contra la bondad de una obra cuyo fondo puede ser sólido y bien combinado, independientemente de la dicción, que no es más que la corteza, ni jamás hizo esta que las personas juiciosas dejasen la lectura de un libro, si creyeron poder sacar de él algún conocimiento útil. Virgilio leía las poesías de Ennio, sin embargo de estar escritas en estilo desagradable y preguntado por qué las leía, respondió: «Yo saco oro de este muladar» [18]. Haga vuestra merced lo mismo con aquellos autores que no tienen la habilidad de juntar la pureza del estilo a la verdad y utilidad del pensamiento.

Además de esto, si volvemos los ojos a los diversos siglos de la literatura, hallaremos que los escritores no han escrito siempre con la misma pureza. Antes bien, ha habido tiempo en que sería por demás el buscar en los escritos esta elegancia en el estilo que observamos en las obras más frívolas de nuestro tiempo. Sin embargo de esto, esos siglos pasados no dejaron de producir buenos libros de que nuestros literatos modernos, aun los más escrupulosos sobre la dicción o estilo, se saben aprovechar bien para enriquecer sus producciones, aun sin citarlos, lo que no es razonable. A esto se añade que no es razón censurar aun autor porque hable según su tiempo, porque se debe saber «que el uso y la costumbres dan curso a las palabras, como la imagen del príncipe se lo da a la moneda» [19]. Cuando la obra es de mérito, se ha de observar con el escritor esta regla de san Agustín «que no se ha de disputar sobre las palabras cuando se conviene en las cosas» [20]. ¿Qué importa que el autor se explique con términos poco correctos si me enseña las cosas buenas que deseo saber? Yo no leo sino para aprender lo que no sé. Si otro escribe bagatelas en estilo muy limado, podrá agradar a los hombres de su temple y complexión, pero no gustará a quien solo agrada el pensamiento, aunque estos sean los menos.

Acaso causará maravilla el verme tan pesado sobre una materia de que he hablado en el capítulo antecedente, pero pido me perdonen por moverme a ello el deseo grande que tengo de hacer que se conozca lo falso y lo ridículo de una preocupación tan común entre el vulgo lector que consiste en no apreciar los libros sino por la pureza y adorno del estilo, lo que les hace dejar la lectura de muchos y excelentes libros en la sustancia, que podrían instruir e ilustrar su espíritu y reformar su corazón. Yo quisiera persuadirles que estos libros, aunque de estilo poco agradable, se deben siempre preferir a estos papeles periódicos que no tienen otra ventaja ni utilidad, la cual es nada cuando está sola.

Tenga vuestra merced caridad con los escritores, pues no velan ni trabajan sino por el bien común. Siga vuestra merced el parecer de aquel antiguo que decía: «Yo acostumbro a respetar y admirar a los que componen algunas obras científicas, porque este trabajo tiene sus espinas y unas dificultades muy superiores al talento de los que las desprecian» [21]. Si no les sale bien siempre su idea, su buena voluntad debe, a lo menos, excusarlos con nosotros. Evite vuestra merced aquella excesiva delicadeza, inspirada por el amor propio, que hace a ciertos lectores tan prontos a criticar como lentos a probar. Son censores tan severos que jamás les parece estar una cosa bien hecha. Hay un medio en todo, que debemos exigir siempre, que consiste en excusar en los autores aquellas faltas que se les pueden escapar cuando, por otra parte, las suplen las muchas y buenas cosas que nos dicen. «No me ofenden –dice Horacio– las pocas manchas o lunares que hallo en un poema cuando son frecuentes las bellezas» [22].

No me ofendo yo de ver
algunas manchas pequeñas
en el verso, cuando son
muchas las cosas buenas;
porque ninguno sin vicios
de los nacidos se encuentra,
y así el mayor será aquel
que más pequeños los tenga.

El escritor más hábil da a entender que es hombre y, por lo mismo, expuesto a cometer mil yerros, y por eso decía el mismo antiguo que «no hay hombre sin defecto, pues el mejor de todos es siempre el menos imperfecto». Lo mismo se puede decir de todos los escritores. El autor más acreditado no es el que no comete falta alguna, sino el que comete menos. No hay alguno que no sea reprensible por una parte o por otra, ya sea por el estilo, ya por el pensamiento, ya por el discurso, ya, en fin, por el orden con que trata su materia. Pero no se ha de confundir un libro en lo esencial con lo accesorio, ni se ha de dejar por ciertas faltas pasajeras cuando el fondo es bueno e instructivo. Se ha de usar de las producciones literarias como del comercio de los hombres, sacando de ellas el mejor partido que se pueda. En vano intentará vuestra merced no tratar sino con los hombres perfectos y en vano querrá vuestra merced también no leer sino los libros y las obras del todo acabadas, pues no las hallará vuestra merced, pero podrá apropiarse las luces que le dan, a lo menos de tiempo en tiempo o algunas veces.


Sobre todo debe vuestra merced considerar que es mucho más fácil censurar un libro que componerlo. El talento de la crítica, aun la más juiciosa, es siempre inferior al de la invención y composición. Aquel que censura con rigor los escritos apreciables no había de saber por dónde empezar si se viese en la precisión de dar a la luz pública otros semejantes. Yo quisiera, a lo menos, que estos señores que tan fácilmente se constituyen censores de los libros, hiciesen una justicia entera a las obras que critican y que, después de haber hecho notar los defectos, hiciesen conocer también sus buenas calidades, pues parece que la equidad lo pide. Pero digámoslo sin tocar a nadie en particular: no es este el modo de proceder de la mayor parte de los censores. La pasión reside más en esta operación que la razón. Si el libro no lisonjea al partido que sigue el censor, se le echa en la noche del olvido, ponderando con fuerza sus defectos, o aumentándolos también, pero callando todo cuanto dice de lo bueno, de útil e importante. Pero al contrario, si se quiere despachar presto una obra en que se interesa la sociedad de quien es miembro o partidario, se pondera su mérito con la mayor afectación y lisonja, sin ahorrar elogios: «Esta es –dice– una obra magistral», mas calla todos sus defectos. Otros, más por amor propio que por espíritu de partido, creen neciamente que prueban la superioridad de sus talentos con impugnar las obras apreciadas por los inteligentes: ponderan algunas faltas o descuidos de estilo que aun a los mejores escritores se les escapan, pero ellos satisfacen con esto a su vanidad. No saben apreciar como se debe a un autor vivo, parece que esto está reservado a la posteridad que juzga desinteresadamente. ¿Cuántas obras celebradas y ponderadas en los papeles periódicos se perderán con el tiempo, mientras que otras, obligadas a conservar la oscuridad por el espíritu de partido, parecerán con honor sobre el teatro literario?

Ponga vuestra merced cuidado en no variar de lecturas si quiere sacar utilidad de ellas: «El leer muchos libros, y sobre toda suerte de materias, denota un espíritu ligero e inconstante. Es preciso ceñirse a ciertos autores y meditar sobre ellos si se quiere que quede algo en la memoria pues, como se suele decir, quien mucho abarca, poco aprieta» [23]. Bien conocida es la constancia de san Cipriano en la lectura de Tertuliano pues, según nos dice san Jerónimo, no pasaba día en que no pidiese el santo mártir que le llevasen a este autor para leerlo: «dadme al maestro», decía, porque estaba persuadido que no es el número de libros el que puede hacernos sabios, sino la calidad de ellos, y, a la verdad, no se engañaba. El talento del hombre es muy limitado en el modo de percibir los objetos y así, si se divide su atención, se disminuye su actividad. A la semejanza de un río que, dividiendo sus aguas en muchos arroyuelos, corre con menos rapidez, asimismo el genio no sigue a un mismo objeto con la misma fuerza, si otros le distraen. «Lee mucho, pero pocos libros» era la máxima de los antiguos. La pasión que tienen muchos por leer todos los libros que pueden tener a mano es una especie de intemperancia en punto de literatura, que agobia al espíritu sin ilustrarlo. Los antiguos se levantaron, con razón, contra este abuso:

Se ven ciertos sujetos –dice uno de ellos–, que leen muchos libros, pero se echan con tanto ahínco sobre lo que contienen que diría, al ver la precipitación con que los leen, que no tienen otro objeto que el de quitarles el polvo, mas ¿qué se sigue de unas lecturas tan varias? El espíritu se fastidia con el cansancio antes de hallar alguna cosa gustosa e instructiva que pueda conservar útilmente en su memoria; se cansan en balde, como se suele decir [24]. 

El partido más sabio es seguir escrupulosamente el consejo de Séneca, que dice:

No abracéis con ansia cuanto se os presenta, pues no se llega al término que uno se propone sino por grados. Medid con vuestras fuerzas la carga que queréis llevar, ni os ocupéis en más cosas que aquellas que os bastan. Considerad más la extensión de vuestras facultades que de vuestros deseos, pues cuantas más impresiones recibe el ánimo de parte de los objetos, tanto más se divide y cansa [25]

Este consejo, tanto más se merece la atención de los lectores, cuanto está más autorizado por la experiencia. En efecto, se nota que todos los que dan en este exceso permanecen siempre ignorantes, pero con la diferencia de los que no leen, que aquellos presumen orgullosamente saber lo que no saben. Considérese, por otro lado, la conducta que han tenido los sabios en sus lecturas y se verá cómo se ciñeron a pocos libros pero sólidos, profundos y de importancia por lo tocante a sus estudios.


Pero me dirá vuestra merced «la uniformidad de la lectura es fastidiosa. Siempre unos mismos libros cansan. Mi gusto esté en leer, ya un libro, ya otro». Está muy bien, pero oiga vuestra merced lo que le responde Séneca: «Es propio de un estómago estragado querer probar todos los manjares que se presentan a la mesa, siendo así que su variedad más le daña que le aprovecha» [26]. Pues así como no es la variedad de los manjares la que produce la mejor salud sino la buena digestión de los alimentos sanos, aunque ordinariamente los mismos, asimismo no es la mezcla desordenada de las lecturas lo que ilustra, fortifica y enriquece nuestro espíritu, sino la elección de las más excelentes y más instructivas, acompañadas de reflexiones profundas que sirven para aclararlas. Finalmente convengo, para condescender con su flaqueza, en que temple vuestra merced esa uniformidad de lecturas con alguna variedad, pero no ha de ser por hábito de distracción y ligereza, sino por modo de recreación y descanso. De esta suerte, nadie podrá censurarle con razón por no poder el espíritu estar siempre ocupado en cosas serias.

También ha de evitar vuestra merced la ligereza pueril de aquellos que no hacen sino ojear un libro saltando del principio al medio y del medio al fin sin fijarse en parte alguna. La lectura se debe empezar siempre por el prólogo para poder conocer la idea del autor, pues este conocimiento preliminar sirve de introducción a la lectura de la obra. Después leerá vuestra merced seguido y por el orden de su distribución para que, siguiendo el encadenamiento y unión de sus principios y pruebas, entre vuestra merced más fácilmente en la idea del escritor. Pero suplico al lector, de paso, que observe (no hablo aquí de estas recopilaciones llamadas «diccionarios», muy multiplicados en perjuicio de las ciencias que impiden profundizarlas. En estos, como los artículos están ordenados por el orden alfabético y no por materias, se puede ver el artículo que se necesita sin embarazarse en los que preceden o siguen después. Yo hablo solamente de aquellos libros cuyas partes están unidas entre sí y forman un todo, de los cuales, si se quiere sacar utilidad, es preciso sujetarse a seguir siempre el hilo.

Es un abuso tirar a la suerte los capítulos que se quieren leer en los libros de piedad. También es una superstición reprensible en el tribunal de la religión, si por esto se pretende, como dicen que hacen algunos, conocer la voluntad particular de Dios sobre lo que se debe hacer en aquel día. Dios en el orden común nos manifiesta sus voluntades generales por medio de los preceptos de la Escritura y por la instrucción pública de los pastores. Pretender conocer sus voluntades particulares en un libro abierto, por acaso o por suerte, es quererle obligar a que salga del orden común para revelarnos aquello que exige de nosotros y, por consiguiente, es tentarlo y la humildad cristiana no se acomoda con semejante temeridad. Por otra parte está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios» [27]. Con razón declamó san Agustín contra este abuso, diciendo: «en cuanto a aquellos que para asegurarse de lo que deben hacer, se gobiernan por lo que les presenta el libro de los Evangelios abierto, por acaso o por suerte, aunque sea menos malo hacer esto que consultar a los demonios, no puedo aprobar esta costumbre que tira a convertir los oráculos de Dios, que no ha hablado sino por la vida que esperamos, en usos vanos y profanos, y que no miran sino a los negocios de la vida presente» [28]. Esta superstición, que se ha conocido después con el título «De la suerte por la abertura del libro de los Evangelios», ha sido condenada en muchos concilios, como en el de Agda del año 506, canon 42, en el de Orleans del año 511, canon 30 y en el de Auxerre del año 578 y por las capitulares del año 798 capítulo 4.

Debe vuestra merced distinguir en la lectura dos cosas que siempre deben ir juntas, a saber, la práctica y la teórica. La primera pertenece al oficio de los ojos y la segunda a la jurisdicción del espíritu. El ejercicio de la lectura, como observará, es menos que nada sin la teórica que consiste en la atención del espíritu. Uno que lee sin pensar en lo que lee, es un hombre sin alma o que se olvida de que la tiene. La atención da la vida a la lectura [29], pues sin ella no es más que una función animal que deja al lector en su ignorancia. ¿Cuál debe ser, en efecto, el objeto de la lectura? Aprender lo que se ignora, enriquecer el espíritu con las luces del escritor cuya obra se lee o traer a la memoria los conocimientos que ya se tienen, pero nada de esto se puede conseguir sino reflexionando sobre lo que se lee. Luego la acción del espíritu debe acompañar siempre a la de la vista. ¿De qué sirve leer mucho si no se queda nada en la memoria? Yo comparo al que lee maquinalmente y sin reflexión a un criado que entra veinte veces al día en una sala llena de obras magistrales sobre cualquiera arte o ciencia, sin atender ni hacer caso de ellas o a un estúpido viajero que corre por muchos países sin considerar ni reparar en ninguno de tantos objetos como se le presentan sucesivamente a su vista o, en fin, a un niño que no cuida sino de la unión de las letras o del modo de pronunciarlas cuando se le enseña a leer, pero es preciso confesar que este defecto es muy común.


La máxima que dice «date priesa con lentitud» (festina lente) se ha aplicado a diversos géneros de ocupación, pero yo pienso que a ninguna puede convenir mejor que a la lectura, mayormente cuando los libros son útiles. La precipitación fue siempre un obstáculo al fruto que naturalmente debe producir. Así se ve que las copiosas lluvias que caen impetuosamente sobre la tierra, no hacen más que correr por ella sin penetrar ni calarla y que aquellas, por el contrario, que caen con suavidad como un rocío, la penetran, la calan, la fecundan y parece dan un nueva vida a los campos. No se lee o, por decirlo mejor, no se debe leer sino instruirse, pero esta instrucción no se consigue sino por medio de la reflexión y meditación de la lectura. Es preciso dar tiempo al espíritu para que digiera lo que se lee: leer con precipitación es imitar a los que comen con ansia y demasía, cuyo estómago se carga y debilita en vez de fortificarse. No es el que más lee, el que más aprovecha, sino el que medita y reflexiona más sobre lo que lee, así como no goza mayor salud el que come más sino el que digiere mejor. «Las demasiadas lecturas –dice un autor respetado en la moderna literatura– no sirven sino para hacer ignorantes presumidos. En todos los siglos de la literatura no se ha leído tanto como en este, pero tampoco ha habido otro de menos sabios» [30]. ¿De dónde proviene efectivamente la decadencia de las letras de que se quejan las personas que saben apreciar nuestro siglo? Proviene de las pocas reflexiones profundas que se hacen sobre lo que se lee, sin las cuales son inútiles todas las lecturas. Se quieren leer todas las obras que suda la prensa. Pero ¿cómo ha de acompañar a tanta lectura la atención necesaria para utilizarse de ella? Se lee con rapidez todo cuanto se presenta imitando a aquellos que entrando en el Gabinete de Historia Natural para ver los admirables prodigios de la naturaleza, no hacen más que pasearse de un lado para otro, mirando cuanto hay pero sin fijar la atención ni pararse sobre cosa alguna para examinar lo particular de estos admirables efectos y así se salen sin poder dar razón de lo que han visto. Lea, pues, vuestra merced con una prudente lentitud acostumbrándose a notar, observar, reflexionar y meditar y a no dejar pasaje alguno sin haberlo entendido antes. Dígase a menudo a sí mismo lo que san Felipe decía al eunuco de la reina de Candace: «¿Entiendes lo que lees?» [31], porque así descubrirá vuestra merced muchas cosas útiles que se escapan al común de los lectores. También es bueno pensar en lo que se ha leído en los ratos desocupados, pensar y considerar las ideas que la lectura le haya presentado, así como se acuerda con gusto de la conversación de un hombre con quien se estuvo antes y reflexiona sobre ella cuando estás a solas.

No pierda de vista en sus lecturas el objeto de la ciencia en que se quiere instruir para granjearse con los libros todo cuanto puede tener relación con ella. Pues así como en un mismo campo diferentes animales buscan diferentes cosas: los unos las flores como las abejas, otros los granos, aquellos la hierba y estos las raíces, así también diferentes lectores buscan en un mismo libro diferentes objetos, como el gramático que considera el estilo, el historiador los hechos, etc.

Si encontrase vuestra merced algún pasaje importante no le deje con facilidad porque si la primera vez que lo lee le gusta, no le gustará menos la segunda, pues como dice un poeta:

Si la primera lección
fuere con placer oída,
también con gusto será
aunque otra vez se repita [32].

Lo bueno jamás cansa porque siempre agrada y, cuanto más se mira, tanto más se percibe su excelencia. Así sucede al sabio lector si logra la satisfacción de coger un buen libro, lo lee con placer, lo gusta, se saborea en él y quisiera que no se acabase. La primera lectura que le hace arrimar para siempre los libros sin sustancia le suscita, al contrario, el deseo de volver a leer los libros buenos. Él los toma otra vez y procura, por medio de la atención más reflexiva, apropiarse de sus riquezas. Abandona sus gustos por leerlos y, para sacar más fruto, escoge el tiempo en que tiene menos a que atender, como hacía Plinio el Joven cuando quería leer las obras de un amigo, a quien estimaba mucho: «Yo tengo –le escribía–, tal respeto por tus cartas y escritos que lo tomo por punto de religión el no leerlos sino con un espíritu libre y desembarazado de todo negocio» [33]. Tal debe ser también el celo de vuestra merced cuando un buen libro caiga en sus manos pues, así como la conversación de un hombre docto agrada siempre, igualmente gusta la lectura de un buen libro.

Cuando un escritor le muestre sus errores debe vuestra merced rendirse a los rayos de las luces que la Providencia presenta a sus tinieblas. Déjelos vuestra merced luego, mayormente si tocan a la religión, sobre la cual todo extravío es extremadamente peligroso; haga callar al amor propio, jamás le detenga la vergüenza de una retractación ni el temor de qué se dirá, ni el respeto humano. Tenga siempre presente que «si es vergonzoso mudar de parecer cuando se piensa bien, es muy loable abandonar su modo de pensar cuando se conoce que ha errado. […] En efecto, la inquisición de la verdad debe ser el grande objeto de sus lecturas» [34]. Este es el negocio más grande y más importante del hombre o «el negocio soberano», como dice san Agustín. Deberíamos estar penetrados de esta preciosa verdad, ni sabríamos apoderarnos de ella con la prontitud que se debe cuando se nos presenta, ni conservarla con demasiado cuidado. Ella es un bien que, si se logra, no está expuesto a los accidentes de la fortuna, ni se pierde contra voluntad [35]. ¡Dichoso aquel que tiene la fortuna de conocer la verdad! Pero guárdese vuestra merced de tomar las tinieblas por la luz, pues hay ciertos seductores que inspiran el error bajo las engañosas apariencias de la verdad. Aconseje, pues, vuestra merced antes de leer semejantes libros. Después hablaré de estos libros seductores.

El método de leer con la pluma en la mano y de extraer lo que se encuentra de bueno y útil respecto a la ciencia que se profesa por su estado o por su gusto trae consigo muchas ventajas. Ella estimula y anima la atención del lector y hace a la lectura más profunda, facilita la inteligencia de las cosas que se imprimen más en la memoria con la repetición de su lectura y es un excelente remedio contra el olvido. Como la memoria no es siempre fiel en manifestar lo que se la confía, lo suple la escritura y todo fructifica bajo de este método. En fin, tiene la ventaja de aliviar al lector por medio de esta alternativa de operaciones [36].


Esto mismo han practicado diversos hombres doctos, como lo leemos en la Historia. Los dos Plinios, Viejo y Joven, ambos a dos recomendables por su literatura, tomaban la pluma con el libro. La mayor parte de los hombres sabios siguen todavía este método con el fin de no perder el fruto de sus lecturas y de aprovecharse en las ocasiones que ocurran. Sin embargo, no se lo propondría a todo género de lectores, aunque útiles a todos, por no parecerme necesario sino para aquellos que toman ese ejercicio también su memoria. No les aconsejo los extractos sino para suplir los defectos de su potencia y así digo que confíen al papel lo que se debe confiar, pero que lo graven mejor en la memoria.

La lectura se debe dejar, a mi parecer, antes que canse. Este era el consejo que daba san Jerónimo a una virgen cristiana: «Sea moderada tu lectura –decía. No ha de ser el cansancio lo que te la haga dejar sino la prudencia» [37]. Una lectura demasiado larga es reprensible porque, aun lo que es bueno de sí, deja de serlo y se hace reprensible si pasa los términos debidos. Húyanse los extremos, ne quid nimis: esta máxima es célebre entre los antiguos pues leer largo tiempo cansa el espíritu, sin ilustrarlo ni fortificarlo. Así sucede con el exceso de la comida que carga el estómago sin comunicar al cuerpo aquel jugo que es el principio de la salud. La lectura se debe reglar por la disposición del espíritu, que pide no le violenten en sus operaciones: aptari onus viribus debet [38]. Mas el modo de evitar o retardar este cansancio, es interrumpir de cuando en cuando la lectura para dar lugar a las reflexiones o escribir lo que se haya hallado de mayor utilidad y así la podrá alargar, mas sin cansarse y sacando mayor utilidad.

En vano intentaría yo fijar a cada uno el tiempo de este ejercicio. En esto se ha de consultar la fuerza y el alcance de su ingenio, que no es igual en todos. Así como hay cuerpos que necesitan mucho alimento porque todo lo digieren al instante y hay otros cuyo estómago no admite tanta comida, también se puede decir que hay ingenios felices, vivaces y penetrantes que pueden leer mucho continuado porque comprenden luego lo que leen siguiendo, en cierto modo, la penetración de su espíritu a la vivacidad de sus ojos. Y hay otros tardos que necesitan reflexionar mucho para comprender lo que dice el autor y, por esta razón, les es preciso interrumpir frecuentemente su lectura, la cual no puede ser útil sino en cuanto se comprende lo que se lee. La clase de estos últimos lectores es bien grande: la reflexión es lenta en la mayor parte de ellos, por lo cual se puede dar por regla común que lea poco de seguido y medite mucho sobre lo que lee. De esta suerte el espíritu ejercerá con mayor facilidad sus funciones y la lectura será más útil, lo cual podrán experimentar los aplicados a este ejercicio.

¿Son igualmente propias para la lectura todas las horas del día? Esta cuestión merece atención. Para responder de un modo que satisfaga, se han de distinguir dos especies de libros. Hay unos que exigen una grande atención si se quiere sacar alguna utilidad, tales son comúnmente los libros morales, los de piedad y los científicos. Otros hay para los cuales basta una ligera atención como los libros de Historia, las relaciones de viaje y las obras de pasatiempo. Supuesta esta distinción, juzgo que se debe emplear la mañana en los primeros porque el espíritu está entonces más libre y desembarazado en sus funciones, manos distraído y, por lo mismo, más apto a la reflexión, y no ignora vuestra merced que jamás sale bien lo que se hace con un espíritu ocupado y distraído. Esto lo observamos en la misma capital del reino en donde todas las gentes de oficinas, de negocios, los literatos y otros, emplean esta parte del día en sus ocupaciones y empleos y, aun para aprovechar más el tiempo, dilatan la hora de comer hasta las dos o las tres de la tarde y otros más por hallar este tiempo propio y cómodo para sus trabajos. Este era también el parecer de Erasmo, primer literato de su siglo. «La mañana –dice–, amiga de las musas, es apta para los estudios, pero, después de comer, jugad, pasead o tened alguna conversación gustosa» [39]. No porque después de comer no se pueda tener alguna lectura seria, sino porque no se puede leer mucho de seguido, por no cansar el espíritu que entonces tiene menos vigor. Los vapores que suben del estómago a la cabeza hacen sus funciones más lentas y menos vivas porque no son los trabajos del espíritu como los del cuerpo, al cual los alimentos animan mucho. Por esto juzgo que si se quiere leer por algún rato después de comer, ha de ser en los libros que diviertan e instruyan el espíritu sin fatigarlo, por no exigir estos reflexiones profundas. Tales son los libros de la segunda especie de que he hablado arriba. Es preciso, cuanto sea posible, hacer cada cosa en su propio tiempo. La lectura, sobre todo, pide que se observe el tiempo según la calidad de los libros que se quieran leer porque, como lo hemos notado, hay algunos que piden más atención y, por lo mismo, más desembarazo de parte del espíritu. Erasmo aconseja a los literatos que no se vayan a la cama sin haber leído antes algo que merezca conservarse en la memoria y que se pidan cuenta de ello por la mañana al despertar [40]. Siga vuestra merced este consejo si es de los estudiosos.

También se pueden hacer esta pregunta: ¿Cuál es mejor, leer sin pronunciar o pronunciar lo que se lee? La respuesta de esta cuestión depende de la calidad de los libros que se leen y del motivo por que se leen. Si quiere vuestra merced aprender la poesía, lea los poetas en voz alta y con las inflexiones convenientes. Este consejo daba Ausonio a un sobrino suyo a quien enseñaba la poesía y le decía que leyese así a Homero y Menandro. Quintiliano es del mismo parecer. La razón de esto es que este modo de leer da por hábito más facilidad al espíritu para llegar a aquella suavidad, dulzura y vivacidad de fantasía que constituyen las dulzuras y sainetes de la poesía. Los antiguos aconsejaban el arte de la oratoria, que leyesen las arengas y las oraciones como si las dijeran en público, entrando en el espíritu de lo que leen, porque esta acción les acostumbra a penetrarse de las impresiones que quieren excitar en otros, haciendo así su declamación más proporcionada a la naturaleza de las cosas que son su objeto, porque el fin de la elocuencia no es solo el decir bien, sino con especialidad, el persuadir lo que se dice. Por esto se define ordinariamente “el arte de bien decir y de un modo propio para persuadir [41]. Y el modo de pronunciar no contribuye poco para conmover al auditorio y conducirlo al punto que se quiere.

En lo tocante a las ciencias profundas se pueden leer sus libros sin pronunciar, pues este modo de leer hace al espíritu más atento como lo nota san Isidoro y era el método que seguía san Ambrosio según san Agustín: «Cuando leía –dice–, sus ojos se paseaban por las páginas y su espíritu reflexionaba sobre lo que estas le presentaban, pero su voz y su lengua callaban» [42]. Sin embargo de esto, no pretendo reprender la costumbre de algunas personas en pronunciar lo que leen pues tiene su utilidad. Plutarco recomendaba, entre los ejercicios útiles a la salud, el de la voz por medio de la lectura, de la disputa y la recitación [43]. Plinio el Joven dice también que leía alguna vez en voz alta las oraciones griegas y latinas, no tanto para ejercitar su voz, cuanto para aliviar su estómago [44].

  1. La anécdota la cuenta Plinio el Joven, «C. Plinio saluda a su estimado Bebio Macro», Cartas, ed. C. Guzmán Arias y E. Pérez Molina, libr. III, epístola 5 <https://www.um.es/jano/plinio/>
  2. Plinio el Joven, «C. Plinio saluda a su estimado Minicio Fundano», Cartas, ed. C. Guzmán Arias y E. Pérez Molina, libr. I, epístola 9.
  3. ¡O, rus! quando ego te aspiciam? quandoque licebit/, nunc veterum libris, nunc somno et inertibus horis,/ ducere solicitae jucunda oblivia vitae?, Horacio, «Compara el poeta las ventajas del reposo que disfruta en el campo con las incomodidades que sufre en Roma», Sátira 6, vv. 60-62.
  4. Ovidio, Carminibus quaero miserarum oblivia rerum, Tristes, libr. V, cap. 7, v. 67.
  5. Plinio el Joven, Et gaudium mihi et solatium in litteris, nihil tam laetum, quod his latius, nihil tam triste quod non per has sit minus triste, Libr. VIII, epístola 19.
  6. Plinio el Joven, Cartas, libr. VII, epístola 7.
  7. San Jerónimo, libr. II, epístola 2. A estas alturas del siglo, se reimprimió la traducción de Francisco López Cuesta de las epístolas de San Jerónimo que en 1613 publicara en Madrid Luis Sánchez. El libro, muy conocido y reeditado, apareció con el título de Epístolas selectas del máximo doctor de la Iglesia San Jerónimo, traducidas de latín en lengua castellana, por el licenciado —, dedicadas a JesuChristo. Redentor y Señor nuestro, Madrid: Pedro Marín, 1783. El libro contó con otras ediciones dieciochescas: la publicada en Madrid: Imprenta de Antonio Pérez de Soto, 1748 y la aparecida en Barcelona: Carlos Sapera y Jayme Ofsèt, 1758.
  8. Esta idea ha sido considerada una teoría acerca de la imitación. Así lo interpreta Menéndez Pelayo en su Historia de las ideas estéticas en España, Madrid: CSIC, 1974, I, pp. 218-219.
  9. Hoc unum scio, quod nihil scio. Esta máxima socrática la utiliza Jamin en su obra El fruto de mis lecturas o Máximas y sentencias morales y políticas, que compuso en Francés el P. D. Nicolas Jamin, de la Congregación de San Mauro, sacadas de varios Autores profanos, a que añadió sus propias reflexiones, para instrucción de las personas en sus diversos estados, Madrid: Plácido Barco López, 1795, p. 255.
  10. Ignorantia plures habet superbos, quam humiles, Johannes Trithemius, Opera pia et spiritualia, Or. V, Mongvntiae, Ioan Albini, 1694, p. 874.
  11. Apparent rari Nantes in gurgite vasto, Virgilio, Eneida, libr. I, v. 1118.
  12. Séneca, De Brevitate vitae, cap. XIV. Esta obra y las Epístolas son fuente recurrentemente citada también por Jamin. Véase la traducción española El fruto de mis lecturas o Máximas y sentencias morales y políticas, Madrid: Plácido Barco López, 1795, p. 296.
  13. Séneca, Epístolas morales a Lucilio, libr. I, 1.
  14. Las citas proceden de las Confesiones de San Agustín y de la Imitatio Christi de Thomas de Kempis, lib. I, cap. 2.
  15. San Agustín, De quantitate animae, libr. I, cap. 23.
  16. San Agustín, Confesiones, libr. V, cap. 6.
  17. San Agustín, De doctrina christiana, lib. IV, cap. 2 y Contra Academicos, libr. III, cap. 2.
  18. Aurum lego ex stercore. Quinto Ennio, dramaturgo y poeta épico latino. Esta expresión es atribuida a Virgilio: Quom Ennium in manu haberet rogareturque quidnam faceret, respondit se aurum colligere de stercore Ennii. La cuenta Elio Donato en su biografía de Virgilio. Véase Domenico Comparetti, Virgilio nel Medioevo, Livorno: Francesco Vigo, 1872, I, pp. 179-206.
  19. Consuetudo certissima loquendi magistra, utendumque plane sermone ut nummo, cui publico forma est, Quintiliano, Instituciones poéticas, libr. I, cap. 6.
  20. San Agustín, Contra Academicos, libr. III, cap. 2, n. 25.
  21. Plinio el Joven, Cartas, libr. VI, ep.17.
  22. Horacio, Epístola ad Pisones: Verum ubi plura nitent in carmine, non ego paucis /offendar maculis, quas aut incuria fudir, vv. 351-352 y Nam vitiis nemo sine nascitur: optimus ille est / qui minimis urgentur, libr. I, sat. 3, v. 68.
  23. Séneca, Ad Lucilium epistulae morales, libr. I, ep. 45.
  24. Aulo Gelio, «Prefacio», Noches áticas, ed. Santiago López Moreda, Madrid: Akal, 2009, pp. 26-27 y 88, &2.
  25. Séneca, Ad Lucilium epistulae morales, ep. 109.
  26. Séneca, Ad Lucilium epistulae morales, ep. 1.
  27. Deuteronomio, 6, vers. 16.
  28. San Agustín, «Respuesta a las cuestiones presentadas por Jenaro», libr. II, ep. 55.
  29. San Isidoro, De summo bono, libr. III.
  30. Juan Jacobo Rousseau, Esprit, maximes et principes, Neuchatel: Libraires Associés, 1764, p. 210.
  31. Hechos de los apóstoles, 8, vers. 30.
  32. Salden, Guillaume, Lectio prima placet, necnon repetita placebit, De libris, varioque eorum usu et abusu, Amsterdam: Hernrici et viduae Theodori, 1688.
  33. Plinio el Joven, Ad appium, libr. IX, ep. 35.
  34. San Agustín, epístola 57 y Contra academicos, libr. I, cap. 1.
  35. San Agustín, De Lib. arb., libr. II, cap. 14.
  36. Séneca, Epístola 87.
  37. San Jerónimo, Epístola Ad Demetrio.
  38. Séneca, Epístola 108.
  39. Erasmo, Epístola De arte Studium.
  40. Erasmo, Epístola De arte Studium.
  41. Ars bene dicendi et apposite ad suadendum. Es cita tomada de la Rethorica ad Herennium de Cicerón que reprodujo también Quintiliano, Instituciones oratorias, libr. II, cap. 14.
  42. San Agustín, Confesiones, libr. VI, cap. 3.
  43. Tomado de la obra de Plutarco De tuenda bona valet.
  44. Plinio el Joven, Cartas, libr. IX, ep. 36.