Biblioteca de la Lectura en la Ilustración
Proyecto Admin
Identificación

Dictamen del padre Don Juan de Aravaca sobre las Memorias literarias de París

Juan de Aravaca
1751

Resumen

Juan de Aravaca, presbítero de la Congregación del Salvador del Mundo, censor del Consejo de Castilla y académico de la Real Academia Española, fue uno de los censores más conocidos de su tiempo. De sus informes destacan, el emitido sobre las Memorias literarias de París de Ignacio de Luzán, y el referida al tomo V de la Historia literaria de España (1777) de Rafael y Pedro Rodríguez Mohedano.

El interés de la aprobación del texto de Luzán, quien por esos años le incluyó en su Plan de una Academia de Ciencias y Artes en que se habían de refundir la Española y la de la Historia, trasciende el empleo de voces y conceptos de índole clasicista. Muy al contrario, su valor radica en que formula la necesidad de emplear un método en la selección y uso que conviene hacer de las lecturas, así como el propósito y finalidad de la misma.

Descripción bibliográfica

Aravaca, Juan de, «Dictamen del Padre Don Juan de Aravaca, Presbítero de la Congregación del Salvador», en Luzán, Ignacio de, Memorias literarias de París: actual estado y método de sus estudios. Al Rmo. P. Francisco de Rávago, de la Compañía de Jesús, Confesor del Rey nuestro Señor, etc. Por Don Ignacio de Luzán, Superintendente de la Casa Moneda, Ministro de la Real Junta de Comercio, etc., Madrid: Imprenta de Gabriel Ramírez, 1751, hs. 2r-18r.

Ejemplares

Salamanca, Biblioteca privada.

Bibliografía

Luzán, Ignacio de, Obras raras y desconocidas. IV. Memorias literarias de París. Epístola dedicatoria de La razón contra la moda, ed., estudio preliminar y notas de G. Carnero, Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2009, pp. 5-26.

Rodríguez Sánchez de León, María José, «Leer desde el racionalismo ilustrado: la objetividad metodológica de la Hermenéutica literaria», Dieciocho, Anejos 5 (2018), pp. 279-300.

Cita

Juan de Aravaca (1751). Dictamen del padre Don Juan de Aravaca sobre las Memorias literarias de París, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<https://bibliotecalectura18.net/d/dictamen-del-padre-don-juan-de-aravaca-sobre-las-memorias-literarias-de-paris> Consulta: 28/09/2022].

Edición

Las Memorias literarias de París, que ha escrito Don Ignacio de Luzán y remite a mi censura el señor don Tomás de Nájera Salvador, vicario de esta villa de Madrid y su partido, pueden ser muy útiles para todos los que desean dirigir con acierto sus estudios. Cumplía mi comisión diciendo lo que hallaba en ellas acerca de la fe y de las costumbres pero la importancia de su asunto me mueve a preferir a las escrupulosas reglas de un dictamen el beneficio que se seguirá a muchos en hacerles reparar las preciosidades que encierra. Y tratándose de los rudimentos de la literatura, que sirven de basa a todas las artes y las ciencias, juzgo ayudar a los lectores en comunicarles con sinceridad las reflexiones que me ocurren.

La noticia del estado que tienen actualmente en Francia los estudios, además de renovar la noble emulación que siempre ha habido entre las dos naciones por la gloriosa preferencia en las armas y en las letras, da a los estudiosos nuevas ideas del método más conveniente para adelantar y perfeccionarlas luces. Uno de los primeros medios para adquirir las ciencias es el acertar con el régimen seguro de aprenderlas. La falta de un buen método inutiliza los esfuerzos de los más aplicados y llena de necia fascinación a los que se contentan con la lectura superficial de muchos libros [1].

Los que, sin estar fundados en una buena lógica que les dé reglas para pensar y discurrir con exactitud, y faltos de principios de otras ciencias, se persuaden a que pueden hablar y decidir en todas las materias porque saben de memoria algunos términos facultativos y voces científicas, que escogieron al vuelo en sus lecturas indigestas, incurren justamente en el desprecio de cuantos les escuchan. Y de aquí toman ocasión algunos, que también carecen de discernimiento y de noticias, para equivocar a estos semidoctos con los que, por hallarse instruidos en la Historia, Antigüedades, Lenguas, Elocuencia, Poesía y otras ciencias del mismo gusto, merecen dignamente el nombre de eruditos [2]. Los que entienden las cosas no caen en este engaño porque saben que el hablar de muchas materias, sin entender bien alguna de ellas, no es erudición sino bachillería [3].


Entre los que se entregan al estudio de una sola de las facultades científicas por el método usado entre nosotros, hay muchos que, sin haber frecuentado las conversaciones de los sabios ni salido de la lectura de aquellos libros que juzgan propios de su profesión, con solos los principios y términos de esta se arrojan a tratar de todo género de asuntos, aplican a cuantos casos y cuestiones ocurren las reglas que aprendieron y, faltos de términos comunes y frases ordinarias para explicarse de modo que los entiendan, solo con abrir la boca deslucen sus talentos y desacreditan sus estudios.

A los unos y a los otros conviene el no salir de la esfera de sus conocimientos hablando solo de los que entienden y cubriendo su ignorancia en lo restante con el velo de la modestia y del silencio hasta que, mejor instruidos, puedan entrar sin riesgo en toda suerte de conversaciones.

No es nuestra comprensión tan limitada como algunos entienden, antes bien pueden aumentarse cada día nuestras especulaciones. Lo que llaman preocupación viene a ser el pagarse uno de ciertas cosas que oyó en su niñez o le dictaron sus maestros encerrando en aquellos límites sus ideas, sin querer adelantar sus luces por medio de la lectura, meditación y conferencia. Mas si los estudiosos hiciesen reflexión sobre lo que sienten en sí mismos, conocerían que su propio ser les excita a hacer continuados esfuerzos para adelantarse en la inteligencia de las cosas. Las facultades del alma tienen en sí natural propensión a dilatarse y hacer mayores progresos en las ciencias, sin saciarse jamás con lo que van adelantando en ellas porque hay en el alma una raíz y principio fecundísimo de perfección, que el Criador quiso estampar en ella, como un sello de su divina lumbre con que la distinguió de las demás cosas criadas, que produce nuevos grados de sabiduría sin hallaren esta vida término en que fijarse. Antes toman aumento cada día hasta que logren su perfección y complemento cuando descubramos en el mismo Dios la verdad clara y distinta, sin la niebla de la humana flaqueza que al presente nos la encubre.

Pero el seguir este natural impulso que sentimos hacia la adquisición de las ciencias pide una sabia y experimentada dirección que disponga con orden las materias de modo que, sirviéndolas unas de preparación para las otras, se instruya al estudioso en todas ellas con solidez y fundamento, sin confundirse con la variedad y multitud de especies. Este orden y disposición se llama método y es tan absolutamente necesario que sin él no habrá quien, por ingenioso y aplicado que sea, aprenda con perfección materia alguna.


Los grandes hombres, que en los siglos pasados trabajaron para hacer sabios y virtuosos a otros por medio de sus instrucciones, después de leer cuantos libros podían hallar y de hacer sobre ellos profundas reflexiones, separando lo malo que encontraban con gran discernimiento para componer sus obras conforme a lo bueno, útil y singular que, en ellos descubrían, no se contentaban con estas solas luces adquiridas en el retiro de su estudio. Peregrinaban por los países en donde residían los sabios más famosos, conferían con ellos sus escritos y, después de corregirlos y perfeccionarlos, los proponían a sus discípulos no tanto como producciones propias cuanto como dogmas aprobados por los varones más ilustres de su siglo.

Este difícil medio de instruirse estuvo en uso hasta que la invención de la imprenta facilitó la comunicación entre los estudiosos por los libros que en todas partes se publican, los cuales nos excusan al presente la costosa diligencia de los viajes. Sin salir de la patria podemos saber el sentir de los varones doctos de todas las naciones acerca de cada una de las ciencias y la acertada elección de libros, junta con la frecuente conversación con hombres sabios, basta hoy para adquirir todo género de luces.

Cada nación se diferencia de las otras en el genio, en las costumbres y en los intereses y, habiendo dispuesto la Providencia que dependan los hombres de un comercio y comunicación recíproca para el alivio de sus necesidades, esta ha facilitado el que pasen de unos a otros las noticias de los ritos, de los sucesos, de las invenciones y de las costumbres de todos los pueblos de la Tierra, por lo que es de suma utilidad el saber las diversas reflexiones que forman los hombres sobre una misma cosa. Los libros que se escriben en los países extranjeros nos descubren el estado y progresos que adquieren las artes y las ciencias, comunicándonos por este medio las riquezas que adornan al entendimiento, tanto más preciosas y dignas de buscarse que las que facilita el comercio para regalo y comodidad del cuerpo. La lectura multiplica las ideas, que nos hacen mirar las cosas de muy diversos modos, y eleva a nuestro entendimiento a lo sublime, dándole un vigor noble y una fuerza invencible para discurrir con acierto sobre todo. La lectura libra a los jóvenes inexpertos de la ilusión en que insensiblemente incurren de mirar a sus compatriotas como únicos en el saber y solo dignos de seguir cuanto hicieron. Desengañados de que la verdad no se limita a ciertos países ni a ciertos autores sino que extiende su dominio por todos los pueblos y naciones, la buscan con empeño mirando con indiferencia el paraje de donde la reciben. Con las luces que los libros comunican destierran mil errores de que se hallaban imbuidos, dan extensión a sus talentos y reciben en sí las semillas de muchas y muy útiles producciones para perfeccionarse y aprovechar a otros.


No se debe reglar esta lectura por el capricho de los mozos que empiezan sino por el consejo y dirección de personas sabias, juiciosas y experimentadas que saben cultivar en los jóvenes las doctrinas que adquirieron, corrigen los excesos que produce la viveza de la edad y el fuego de la imaginación, no templado con el peso y madurez de juicio, y les enseñan a reparar ciertos primores que se esconden a la primera vista haciéndoles ver un objeto con más extensión y variedad de circunstancias.

Estos socorros pueden servir a un estudiante ingenioso y aplicado para que se instruya en aquella facultad que ha de seguir en adelante en el modo más útil para saberla radicalmente y desempeñar con acierto sus destinos y empleos a que sus estudios le preparan. Porque se engaña demasiado el que presume que sabe bien y profundamente alguna facultad solo por haberse ejercitado muchos años en apurar las sutilezas de la dialéctica, la multitud de términos y las innumerables distinciones que se forjan e inventan incesantemente para encontrar salida y dar respuesta a todas las razones ya argumentos que puedan objetar los que son de contrarias opiniones. La experiencia desengaña después a los que más sobresalieron en estos ejercicios del poco auxilio que hallan en semejantes sutilezas para cumplir bien las funciones importantes de sus ministerios. Un estudio bien digerido y ordenado de todas aquellas especies que tienen conexión precisa con las de la propia facultad aumenta las luces que en esta fe adquirieron, descubre la verdadera inteligencia de muchas cosas que sin esto no se hubieran entendido y hace valer lo estudiado facilitando el mejor uso y aplicación para la práctica. Y porque los ejemplos harán más sensible la solidez de este discurso, el que quisiere merecer el nombre de consumado teólogo, según el dictamen del ilustrísimo Melchor Cano [4], además de arte de argumentar, que tomó de los dialécticos, necesita de estudiar otra arte y otros lugares propios para sus disputas de los cuales tome los argumentos, no como ajenos de su facultad y estudio y comunes a las otras ciencias, sino como propios y necesarios para probar y confirmar la doctrina de la Iglesia y refutar las opiniones de los herejes. Tales son los diez que el mismo autor señala como manantiales y fuentes de donde se derivan y donde están depositados los diferentes modos de probar sus conclusiones y de que ha de usar oportunamente y, según la exigencia de los casos, ya «para exhortar a los fieles con la sana doctrina, ya para convencer a los herejes que la contradicen», que es el oficio de un doctor cristiano, según dice San Pablo, Tito, I, 9 [5].


La inteligencia de las Sagradas Escrituras, la noticia de las tradiciones no escritas, que nos vienen de Cristo y sus apóstoles, el conocimiento de la doctrina de la Iglesia universal manifestada por el consentimiento unánime de todas las iglesias del orbe en seguir unas mismas prácticas, apoyadas y defendidas constantemente por los Santos Padres, las definiciones de los concilios, especialmente generales, las decisiones de los santos pontífices, los dictámenes particulares de los Padres de la Iglesia, las opiniones y sentencias de los teólogos y canonistas, las reflexiones que dicta la razón natural, los dogmas de los filósofos y las luces que da la Historia, así eclesiástica como civil, son los lugares o fuentes de donde debe tomar el teólogo las pruebas para defender la verdad y refutar el error. Debe, pues, según el mismo Cano enseña [6], haber meditado y comprehendido bien todas estas cosas no contentándose con sola su noticia sino haciendo de ellas un particular y cuidadoso estudio, de modo que puedan servirle, en las ocasiones que le ocurran, para confutar a los que contradicen algún artículo de nuestra religión porque los enemigos de la Iglesia sacan sus argumentos y pruebas de los mismos lugares teológicos de que se sirven los católicos. Y si para entender la Sagrada Escritura, además de leerla y meditarla en ella misma y no en las citas de otros libros, es menester saber en qué sentido la explicaron los Padres que es el que ha aprobado la Iglesia. Si los escritos de los mismos Padres son el depósito en donde se conservan las tradiciones y en donde se descubre el consentimiento unánime de todas las iglesias en unas mismas prácticas. Si en sus obras se encuentra el verdadero espíritu de la moral evangélica que con tanto desvelo practicaron y propusieron a los pueblos que dirigían. Si para entender las definiciones de los concilios es menester saber la ocasión que los motivó, las herejías que se levantaron contra la doctrina de la Iglesia, los argumentos de que los herejes ser servían y los fundamentos con que se condenaron. ¿Cómo se sabrán estas materias profundamente, ni aun medianamente, sin un vastísimo estudio de lo mucho que incluye cada uno de los diez lugares teológicos citados? Véase lo que dice el Ilustrísimo Cano en el capítulo XI del libro XII:

¡Sed ais: Est ne quisquam tanto inflatuserrere, ut sihi se itta scrire persuaserit? Ego, si theologus isthac non fuerit consecutus, nihil sane vitupero. Id reprehendo, si non secutus, nomen sihi theologi usurpaverit, etc. [7].

para formar la idea de lo que pide el estudio de esta sola facultad en el quisiere ser perfecto y consumado en ella.


Este examen que, con la justa proporción deben hacer cuantos se aplican al estudio y carrera de las otras facultades, sirve para que los amantes de la verdad y deseosos de instruirse sólidamente comprendan que no se piden cosas imposibles ni apartadas de la recta razón cuando se proponen los métodos de estudiar que se usan en otros países en que, no dando tanta extensión como en el nuestro a las sutilezas de la dialéctica y a las abstracciones de la metafísica, se deja lugar a los que están bien fundados en los principios de la facultad que estudian para que tomen todos los auxilios que les ofrecen las otras facultades y ciencias y salgan por este medio perfectos y consumados en la suya. Así estudiaban un Luis Vives, un Antonio Agustín, un Arias Montano, un Melchor Cano, un Pedro y un Domingo de Soto, un Gaspar Sánchez, un Juan de Mariana, un Gregorio de Valencia, un Juan de Maldonado y tantos hombres grandes que gozó nuestra España cuando en ella florecieron las letras. Así, enseñaban en nuestras universidades en donde se dictaba sobre las artes, las ciencias, las lenguas orientales y todo género de literatura. Y, después de seguir con gloria y utilidad de la nación la difícil carrea de todos los estudios, pasaban a sostener la causa de la verdadera religión y a regentar las cátedras en los países extranjeros. Si leyéramos sus escritos, nos desengañáramos de mil equivocaciones que padecemos, se excitaría el noble ardor que anima a los celosos del bien público a renovar aquellos gloriosos tiempos y habría jueces desapasionados e instruidos que fundasen sus decisiones en razón y no en capricho.

No está la honra de una nación en los vanos conatos de defender todas las producciones de sus compatriotas, aun cuando son algunas contrarias a la sana razón y recto juicio, jactándose de sobresalir en todo sino en aplicarse cada uno a saber fundamentalmente lo que corresponde según su estado o lo que puede servirle para perfeccionar sus estudios de tal modo que los escritos juiciosos, útiles y semejantes a los universalmente estimados en todas las naciones sirvan de una demostración de su sabiduría. Quien no se halla con fuerzas para extender sus investigaciones a todas aquellas facultades que forman un hombre verdaderamente erudito, conténtese con entender bien las cosas que pertenecen a su estado y profesión y guarde sobre las demás artes y ciencias un prudente silencio que le librará decaer en la facilidad de decidir sobre lo que no entiende con nota suya y deshonor de su misma nación cuya honra toma a su cargo más para deslucirla que para defenderla.

El adquirir las ciencias pide con efecto mucho estudio, mucha penetración, mucho seso y sobre todo un discernimiento exacto que acierte a dar a cada cosa su intrínseco valor y no equivoque el mérito de los autores y de los escritos. Este discernimiento, que unos llaman buen gusto y otros crítica [8], no es producción de un capricho que se abandona a su antojo sin reconocer leyes y reglas que le contengan en los límites de lo razonable y de lo justo sino un conocimiento despejado, vivo, delicado, distinto y precisivo de la verdad, hermosura y proporción de los pensamientos o ideas y de las expresiones de que se compone una obra. Este gusto distingue con exactitud lo que conviene al asunto y lo que es propio y característico de las personas, percibe lo que corresponde al modo y lo que piden las circunstancias de cada cosa y, al mismo tiempo que nota, por un conocimiento delicado y exquisito, los primores y gracias que están esparcidas en la obra, percibe todos los defectos, entiende con toda precisión en qué consisten y en lo que se apartan de los principios de la naturaleza y de las reglas del arte. Y a la manera en que el paladar percibe los diferentes sabores por aquella sensación que en él se halla que se llama gusto, así el gusto intelectual, que dejamos explicado, siente la diferencia de perfecciones o defectos que se hallan en los autores distingue entre los modos de pensar los que son propios de un autor y que le diferencian de los otros y no se le esconden las cosas ajenas, de que se ha valido, para mezclarlas con las suyas.


Este buen gusto ha de nacer, en algún modo, con nosotros, así como el más exquisito discernimiento, que se halla en el paladar para distinguir con delicadeza los grados de suavidad y sazón de los manjares, es don de la naturaleza. Pero se aumenta y perfecciona el gusto en materias de Literatura con la continua lección de buenos libros, la atenta meditación sobre lo que contienen, la conversación con hombres sabios y experimentados y el cotejo que se hace de unas mismas cosas entre varios autores que las tratan. Por estos medios se descubren las diversas ideas que forman los hombres sobre cada especie y, examinada esta por todas partes, deja ver las singularidades y primores que la habilidad y el ingenio de un autor oculta a los que miran sus obras más para saciar la curiosidad que para instruirse.

Pero como hay muchas personas cuyo ingenio limitado no es capaz de admitir en toda su extensión las noticias y experiencias que necesita tener el que quiere formar cabal concepto del merecimiento de los autores, el que quisiere hacer en sí la prueba de la capacidad de sus talentos y ver si tiene los requisitos que pide la sana crítica y el buen gusto, lea con reflexión algún libro cuya materia tenga proporción con sus estudios eligiendo uno de aquellos autores antiguos como Homero, Cicerón, Tito Livio u otro, cuyas obras han pasado por el examen de los sabios de todas las naciones conservando siempre su estimación y mereciendo la alabanza de todas las edades. Si en lugar de hallar en su lectura un gusto y deleite particular se queda frío e indiferente sin sentir novedad al leer los pasajes más admirados de aquella obra, debe inferir de este examen, no que se atribuyen aquellos primores al autor sin razón alguna, sino que él se halla privado de la facultad que se requiere para descubrir sus perfecciones y no tiene paladar para gustarlas.

Aun el que sienta en sí este gusto y hallare en los autores generalmente celebrados aquellas delicadezas exquisitas que solo percibe un ingenio penetrante y bien instruido, hará bien si se viese precisado a decir su dictamen acerca de algún libro que por la primera vez se imprime, de cotejar y comparar la obra que examina con otra de la misma materia que se halle universalmente estimada de los sabios. Esta comparación le facilita la comprensión de las perfecciones y de los defectos de la obra y, según la conformidad que hallare entre ella y la que le sirve de modelo, podrá decidir de su merecimiento a proporción del grado de perfección en que la hallare.


Tales, y aun mayores precauciones, pide el dar parecer sobre escritos ajenos, ya se mire a la estimación que se debe a un hombre benemérito que emplea sus talentos en beneficio del público, ya al honor del propio que manifiesta lo que sabe en los mismos fundamentos de su censura, ya principalmente por lo que merece la verdad, cuyos fueros no deben ser abandonados a los antojos del capricho sino respetados y defendidos por todos los que escriben. Haré algunas breves reflexiones para que se conozca esta necesidad y se modere la facilidad de algunos que derraman con la menor ocasión aquellas pocas cosas que se contienen en el limitado vaso de su espíritu.

Aunque cada una de las producciones del entendimiento tenga, por decirlo así, su peculiar genio y carácter en que se diferencia de las otras, todas convienen en el fin, que es el investigar la verdad, y en los medios, que se reducen al orden de las pruebas y argumentos correspondientes a la naturaleza del asunto. Para juzgar de esta conveniencia se han de tener presentes ciertas reglas, que son invariables por estar fundadas en la recta razón. En el juicio prudente, en el unánime consentimiento de los hombres y en la naturaleza de las cosas.

En todos los escritos hay que examinar el asunto, la disposición o método de la obra, las razones y documentos con que se prueba y el estilo o la locución.

El asunto debe ser de cosa verdadera no solo en aquellas ciencias graves y severas que penden de las operaciones del entendimiento reguladas por un juicio sentado y una razón madura, sino en la debida proporción en las que pueden llamarse «juegos de la imaginación», cuales son muchas de las ingeniosas ficciones de los poetas, que deben guardar a lo menos la verosimilitud, buscan las diversas materias de que se sirven para sus asuntos en los objetos exteriores, ya de la naturaleza, ya de los sucesos que conserva la Historia y, aun cuando exponen los afectos del alma, toman sus comparaciones, metáforas y alegorías de las cosas visibles. Todo su arte consiste en juntar y disponer las cosas agradablemente pero observando siempre la propiedad sin que el modo o los adornos desfiguren la sustancia o el fondo del asunto.


La disposición y método consiste en ordenar las pruebas, los argumentos, las razones y los sucesos de manera que todo vaya unido y enlazado sirviendo unas pruebas de basa para las otras y todas han de preparar y disponer el fin naturalmente, sin violencia, con tal precisión que fijen en el entendimiento una idea clara y distinta de la materia que se trata.

A este fin deben escogerse tales razones y argumentos que cada uno de ellos aumente la fuerza y dé nuevo vigora la proposición que se intenta probar. Ha de guardarse con gran cuidado el carácter y propiedades que convienen a cada una de las personas o acciones que se introducen y se han de ordenar los pensamientos y disponer los discursos según las luces y las circunstancias del que hablare, con las frases correspondientes a su estado, educación y figura que representa.

El estilo y el lenguaje ha de ser noble y expresivo pero natural, de modo que, con palabras propias significativas y bien colocadas, salga la cláusula armoniosa y exponga con claridad el concepto.

Si los escritos de un autor tienen estas condiciones y observan estas reglas, que la verdad, la razón y la naturaleza han sugerido y el consentimiento de los hombres ha fijado para observar las en todos los tiempos y ocasiones, cualquiera que tuviere juicio y discernimiento, los aprobará por sola la consideración de lo que en sí merecen y sin otros respetos de patria, amistas, parentesco o conformidad en seguir unas mismas opiniones.


El ser antiguos o recientes los escritos no es lo que les da o les quita la estimación sino las perfecciones o los defectos que contienen. La diferencia que hay entre las obras de los antiguos y las de los modernos está en que los primeros pasaron ya por la censura de los sabios y ha habido el suficiente tiempo para conocer sin preocupación su verdadero mérito, el cual no se ha podido examinar en los libros dados a la luz pública en nuestros mismos días. Sola la aprobación de la posteridad es la que puede establecer y fijar el justo precio de un escrito. Por mucho que brille un autor durante su vida, por grandes elogios que reciba de sus contemporáneos, aunque se unan en su favor los votos de señores, príncipes y reyes, no se debe sacar por esto solo la consecuencia necesaria de que son excelentes sus obras. El mal gusto de su siglo, la gracia que trae la novedad, el ingenioso modo de tratar las cosas, el brillo de ciertas afectaciones, que deslumbran a los que se pagan de apariencia y otras circunstancias propias de la moda y del tiempo, suelen acreditar un libro que de allí a algunos años caerá en el olvido o en el desprecio de los que sin pasión le examinaren.

Pero aquellos autores que han sufrido el examen de los sabios de las naciones cultas y están después de algunos siglos en la constante posesión de servir de modelos para formar otras obras semejantes, conservando la autoridad de haber fijado las reglas del buen gusto, del método y estilo no deben despreciarse porque uno u otro no acierte a distinguir el artificio, el primor y las preciosidades que en tales libros hallen los hombres eruditos. Homero y Virgilio pasarán siempre por excelentes poetas, Demóstenes y Cicerón por perfectos oradores, Tucídides y Tito Livio por modelos para componer la Historia y Plauto y Terencio conservarán los honores que los inteligentes les tributan porque supieron pintar las costumbres e imitar la naturaleza con una exactitud tan propia del carácter, genio y circunstancias de las personas y de los afectos y movimientos de las pasiones del alma, que han sido, son y serán sus comedias regla y modelo de la propiedad que debe guardarse en composiciones semejantes. Y este talento de decir las cosas en el modo conveniente a la calidad del asunto que elegían, no es regla gentílica ni invención del paganismo sino la impresión que la verdad, la experiencia de los sucesos del mundo y la observación de las cosas naturales hizo en su entendimiento, cultivado con el estudio. Si los asuntos que eligieron y las materias que trataron eran conformes a la corrupción de sus costumbres y a lo depravado de sus máximas, ni esto se alaba ni se debe imitar. Los Santos Padres y doctores de la Iglesia declamaron con justo celo condenando la mala doctrina, pervertidora de las buenas costumbres. Pero ni en estos dos autores ni en otros mucho más perjudiciales reprobaron el método y la propiedad con que trataban los asuntos de sus obras. Si se observase bien la justa distinción que hay entre la sustancia y el modo, hallarían muchos de los que han criticado estas materias que los Padres se oponen a las detestables máximas y representaciones infames que se proponían y ejecutaban en el teatro. Pero, en calidad de sabios, no tuvieron que reparar en el modo, economía y propiedad con que se ordenaban las comedias. ¡Ojalá que mientras se tolera esta diversión se pusiese el debido cuidado en arreglar una materia expuesta demasiadamente a dar cada día en parte de los excesos que condenan los Padres y falta las más veces a los primores que la corresponden de parte de la disposición en el todo y de la propiedad en cada una de sus partes!


Algunos tienen por reglas arbitrarias, sujetas al capricho, y propias para ejercitar la invención ciertos modos de exponer las costumbres y estilos que varían en cada siglo y son diferentes en cada nación. Otro cielo, otro clima, otra tierra –dicen–, produce otros animales y otros frutos. Los hombres de los países y regiones apartadas parecen diferentes, aún más que en los semblantes, en la diversidad de las ideas. Una moral, una sabiduría singular y propia de su terreno parece que regla y conduce los espíritus, como si fueran habitadores de otro mundo. Aun en una misma provincia, se mira renovado en cada edad el aspecto de las cosas y quien coteja con las costumbres de su siglo las de los siglos anteriores, que conserve la Historia de su nación, no acaba de entender cómo puede haber tan notable diversidad entre sus abuelos y sus contemporáneos. Esto da ocasión a muchos para que discurran que no hay regla que fije las cosas de este mundo o que su perpetua vicisitud admite nuevos modos de exponerla.

Pero si bien se examinare en qué consisten estas diferencias se hallará que, aunque cada edad tiene la licencia de admitir ciertos usos, diversos de los antiguos en el traje, en la comida, en las armas y en otras cosas exteriores, no les queda la misma libertad a los que quieren referirlas en la Historia o representarlas en el teatro.

Lo que llamamos «seguir las reglas» no es acomodar a nuestros usos y costumbres las ideas y calidades de los sujetos que ya murieron, lo cual hace inverosímil el suceso, sino el inclinar y disponer los ánimos de los presentes a que entren en el genio, ideas y locución de los antiguos conservándoles cuidadosamente todo lo que les es propio y característico sin atribuirles nuestras modas ni confundir lo pasado con lo presente. El primor de los autores esta en llenarse de estas ideas y sentir y hablar conforme a las calidades del sujeto que introducen y esto es lo que les ganará la admiración y estima de los sabios. Así, parece admirable el razonamiento que Quinto Curcio pone en la boca de escitas cuando reconvienen a Alejandro sobre la injusticia de sus guerras [9], porque usan de conceptos y locuciones tan propias de su genio y natural que descubren y muestran su singular carácter. Lo mismo se percibe en las arengas, que Salustio conserva, hechas en el Senado por César y por Catón cuando se trataba de disipar la conjuración de Catilina por ser sus razonamientos un vivo traslado de sus ideas e inclinaciones. Esta propiedad, esta conveniencia, este decoro, esta conformidad de ideas entre el sujeto de quien se trata y el ingenio del autor que le reproduce es lo que se llama «guardar el carácter de las personas», regla que se halla admitida invariablemente por todas las naciones porque se acomoda con los íntimos sentimientos que cada una tiene en sí de los sucesos humanos y de las cosas naturales. Por este medio se hace revivir a las personas que ya murieron trayéndolas a nuestra conversación y trato e introduciéndonos en sus acciones con tanta viveza que nos mueven con sus mismos afectos, nos atraen a sus intereses y nos mezclan en sus propios sucesos.


Este primor, bien difícil de alcanzar para usarle en los nuevos escritos, es igualmente arduo de conseguir para conocer y gustar en el grado necesario las perfecciones de una obra. Los que le ignoran confunden lo bueno y lo malo que hay en los libros y, por falta de discernimiento, deslumbrados con el nombre y la opinión de algún autor famoso, se empeñan en alabar y defender no solo aquellos aciertos que le hicieron recomendable sino aun los mismos defectos que otros más entendidos censuraron. Como si, por el mismo caso que llevan los errores la recomendación del autor que los publica, no fuera mucho más necesario el desengañar a los incautos lectores, advirtiéndoles de las faltas que se encuentran en los escritos de los hombres a quienes más veneran para que no tengan, seducidos de su autoridad, lo defectuoso por perfecto.

No es inventar el innovar sobre lo que está comúnmente recibido. El que pretendiere ser inventor ha de tener un ingenio singular y elevado con que, además de componer sus obras conforme a lo más perfecto que se halla en los autores que pasan por originales y modelos, tenga fuerza en sí mismo para añadir alguna cosa de su propia invención, ya sea en los pensamientos, ya en la manera de exponerlos, pero con la condición de que lo que se inventa vaya nivelado con la verdad, con la recta razón y con las ideas naturales y propias de lo que se tratare para darles mayores grados de perfección que lo que gozaba hasta su tiempo. Esto se concede a muy poco y apenas se hallarán dos o tres en cada siglo que puedan merecer el nombre de inventores. Lo más común es que se hallen muchos a quienes la viveza de su imaginación, mal contenida por falta de madurez y seso, les desentienda del orden que debieran guardar en sus escritos y de las reglas que la naturaleza de las cosas, la reflexión y el consentimiento de los sabios establecieron para conservar el buen gusto y les prepare para dejarse arrastrar del atractivo de las novedades, que pervierten y aniquilan los modos de adelantar y hacer progresos en las artes y en las ciencias.

El juicio libre y regulado por la razón y refinado con la sana crítica es el que reconoce y gusta de las perfecciones de un escrito. Cada libro lleva consigo el sello y el carácter de su verdadero e intrínseco merecimiento y este le prepara acogida entre los hombres instruidos, que unánimemente se conforman en sentir las gracias y primores que contiene una obra por sola su recomendación, sin otro título que le haga valer, y muchas veces, a pesar de la emulación que suele haber entre las naciones competidoras, que están muy lejos de lisonjear a los autores de otros países. Si el célebre Miguel de Cervantes ha recibido tantas alabanzas de todos los sabios de las naciones cultas por su ingeniosa historia de Don Quijote, no es, como algunos ignorantes piensan, por haber compuesto una sátira del genio y de las costumbres españolas, sino porque supo inventar felizmente una obra en que, además de la delicadeza y novedad de los pensamientos y de la pureza del estilo con que dispone y sigue su agradable idea, acertó a juntar los caracteres más extraños que pudieran imaginarse conservando en cada uno el genio, el modo, la locución y las demás circunstancias que le convienen con tanta perfección y naturalidad que apenas habrá libro más conducente para formar el buen gusto sobre todo. Su mérito conocido y confesado por todos los hombres de la Europa le ha elevado a la singular gloria que cada nación le tenga traducido en su idioma para hacer propio este tesoro y disfrutar las delicias que hallan los inteligentes encubiertas bajo el hermoso velo de sus ficciones ingeniosas.

A estas reflexiones, no del todo inútiles en el actual estado de nuestra literatura, me ha conducido insensiblemente el examen de las Memorias literarias de París en cuyas selectas noticias están encerrados los principios de estas máximas. En ellas se proponen reglas para que los que quieran saber con más ventajas, acierten a dirigir sus estudios y se dejan ver las preparaciones de ciencia y erudición que debe hacer el que intente salir a la pública palestra y producir sus obras. Nada hallo en esta que se oponga a los dogmas de nuestra religión y a las buenas costumbres y la utilidad que de ella pueden recibirlos estudiosos pide de justicia el que se permita su impresión. Así lo siento, etc.

En el Oratorio del Salvador de Madrid a 30 de diciembre de 1750

  1.  Es un lugar común repetir que la lectura debe realizarse conforme a un método, según el propio Aravaca explica más adelante. La idea de método ha de entenderse a dos niveles: en primer lugar, supone la selección adecuada de las lecturas que han de realizarse, tanto por los contenidos como por la moral que transmiten; en segundo lugar, la idea de método, aplicada a las lecturas de obras literarias, exige el conocimiento a varios niveles del texto (gramatical, retórico y poético). Véase Rodríguez Sánchez de León, María José, «Leer desde el racionalismo ilustrado: la objetividad metodológica de la Hermenéutica literaria», Dieciocho, Anejos 5 (2018), pp. 279-300.
  2. Por erudición se entiende «doctrina, disciplina escogida y selecta» (Dicc. Aut.). La idea de erudición se asocia al conocimiento documentado particularmente del pasado. Véase lo comentado sobre la Erudición en Batteux, Principios filosóficos de la literatura, Tomo IX.
  3. «Locuacidad sin fundamento, conversación inútil y sin aprovechamiento, palabras, aunque sean agudas, sin oportunidad e insustanciales» (Dicc. Aut.).
  4. (Nota del autor) In proem. oper. De Locis Theologicis). El dominico Melchor Cano (1509-1560) fue alumno de Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca, donde estudió artes y teología. Su obra más destacada y por la que aquí se le menciona es De Locis Theologicis (Salamanca: 1563).
  5. Epístola de San Pablo a Tito, cap. I, 9.
  6. (Nota del autor) Lib. 12, cap. II.
  7. Cicerón, Academicorum priorum, lib. LI, xxxvi, 116.
  8. La Crítica es definida como «la facultad de hacer juicio y examen riguroso de escritos, obras y sujetos». La crítica ha de acompañarse del sentido del buen gusto, el cual se adquiere mediante la lectura de autores y obras modélicos tanto por la forma del discurso como por las ideas que expresan.
  9. Quinto Curcio, lib. VII, 8, 10-30.