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Identificación

Ensayo histórico-apologético de la literatura española contra las opiniones de algunos escritores modernos italianos, Parte II, Tomo II

Francisco Javier Lampillas
1784

Resumen

El tomo II de la segunda parte del Ensayo se abre con la disertación IV (continúa la numeración que había comenzado en el volumen anterior). En ella, se lamenta Lampillas del escaso o nulo espacio que dedica Tiraboschi a los españoles en su Storia della letteratura italiana. Afirma el catalán que el abate italiano habla de algunos italianos que no merecían tanta fama y que omite nombres españoles que debían estar presentes, aunque fuera una historia de la literatura italiana, sobre todo si no había limitación de espacio. En este epígrafe se centra en los estudios sagrados. Por un lado, explica la participación de españoles en el Concilio de Trento y cómo su erudición y elocuencia —no la tendencia escolástica— fueron determinantes. Por otro, indica cómo los estudios eclesiásticos y la Sagrada Escritura contaron en el siglo XVI con la decisiva intervención de los españoles, que viajaban a Italia para enseñar las materias. Ofrece una nómina extensa de personajes españoles.

La disertación V se centra en varias disciplinas: Derecho, Filosofía, Medicina, Historia natural, Matemáticas y Arte militar. De todas ellas aporta los nombres y biografías de españoles que destacaron y que Tiraboschi omite. Asume que muchos de ellos enseñaron en Italia (por ejemplo, en las universidades de Bolonia y Padua) y que varios descubrimientos se deben a españoles, como en Anatomía. Ofrece comentarios sobre algunas obras, citas textuales y notas eruditas que ornan su Ensayo, como que algunos médicos españoles eran los custodios de la salud del papa o que matemáticos trabajaron para el pontífice en la revisión del calendario juliano.

La última disertación del tomo, la VI, sigue el mismo esquema que la anterior, es decir, aboga por españoles destacados en varias disciplinas, aportando sus biografías, obras más relevantes e, incluso, citas textuales. Las ciencias que aparecen en esta disertación son la Geografía y la Historia (tanto profana como sagrada al publicar obras con las vidas y hechos de los pontífices), la Retórica, la Oratoria y la Elocuencia y la Música. Además, Lampillas incluye un apéndice en el que destaca el papel relevante de las mujeres españolas en las ciencias y las artes.

Tras las disertaciones y el apéndice, y antes de las erratas, del índice y de un «Aviso del autor» a modo de disculpa, se incluyen las «Reflexiones sobre todo lo dicho en estos dos tomos». Se trata de un texto en el que Lampillas acusa directamente a Tiraboschi de ser un mal historiador porque omite datos fundamentales de manera interesada, con el fin de encumbrar la historia italiana y dilapidar las letras españolas. Por su parte, el abate jesuita español indica que los italianos no tendrían tal concepción de su país natal si Tiraboschi hubiera escrito toda la verdad y hubiera dedicado espacio en su obra a algunos nombres destacados de la historia patria. Lampillas se encarga de citar todos esos nombres y las disciplinas en las que brillaron para hacer ver al público que no es España la que debe a Italia su literatura, sino al revés.

Descripción bibliográfica

Lampillas, Francisco Javier, Ensayo histórico-apologético de la literatura Española contra las opiniones preocupadas de algunos Escritores modernos italianos. Disertaciones del Señor Abate Don Xavier Lampillas. Parte Segunda de la literatura moderna. Tomo segundo. Traducido del italiano al español por Dª. Josefa Amar y Borbón, residente de la Ciudad de Zaragoza, Socia de merito de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. Zaragoza: Oficina de Blas Miedes, 1784.
384 pp., 4º. Sign.: BNE 3/64552.

Ejemplares

Biblioteca Nacional de España

PID bdh0000014058

Bibliografía

Consúltese Ensayo histórico-apologético de la literatura española, Parte I, Tomo I.

Cita

Francisco Javier Lampillas (1784). Ensayo histórico-apologético de la literatura española contra las opiniones de algunos escritores modernos italianos, Parte II, Tomo II, en Biblioteca de la Lectura en la Ilustración [<https://bibliotecalectura18.net/d/ensayo-historico-apologetico-de-la-literatura-espanola-contra-las-opiniones-de-algunos-escritores-modernos-italianos-parte-ii-tomo-ii> Consulta: 29/09/2022].

Edición

REFLEXIONES SOBRE TODO LO DICHO EN ESTOS DOS TOMOS

Aquí tenemos dibujado solamente en este breve Ensayo el retrato de la literatura española del siglo XVI, el cual esperamos ver pintado con más vivos y elegantes colores por mano maestra. Entre tanto, ruego a mis lectores hagan algunas reflexiones sobre cuanto he dicho en gloria de nuestra nación. Reflexiónese, en primer lugar, cuán cierto es que, a pesar de la buena intención de los escritores modernos italianos que impugno, su modo de escribir causa bastante descrédito a la estimación que se merece la literatura española.

Tómese la Historia literaria de Italia y, en la primera y segunda parte del tomo VII, correspondiente al siglo XVI, se verá la idea que se da de nuestra nación en aquel siglo. Se advertirá que España recibió los primeros rayos de la culta literatura de un italiano y de un español que vino a Italia a adquirir la sabiduría que después comunicó a los suyos, verase a España tan remota del buen gusto en la latinidad que un italiano no muy culto pasó entre los españoles por un diestro y sabio restaurador de las letras. Se verá a un Caboto [1] instruyendo a los españoles en la náutica y solicitar estos la patente de aprobación de aquel examinador italiano para poder navegar a las Indias. Se verá a un Contarini [2] explicando felizmente cierto secreto de astronomía, inexplicable antes de él en toda España. Se verá deudora España a los italianos del descubrimiento del Nuevo Mundo, de la conquista de nuevos reinos y de los tesoros de la América. Cuando se trata de los príncipes protectores de las buenas letras, se advertirá nombrado a Carlos V no para llamarle mecenas de las letras —como se dice de Francisco I, rey de Francia—, sino a fin de informarnos de que estos dos monarcas tuvieron en las cosas de Italia más parte de la que convenía para la tranquilidad de esta. Si lleva Carlos V a España al célebre anatómico Vesalio [3], se hallará que fue para daño de la anatomía y del mismo Vesalio, y con este motivo se leerá un cuentecillo curioso que hace poco honor a los españoles. Donde conviene para gloria de Bembo [4] nombrar al ilustre Juan Montes de Oca [5], más benemérito en Italia de la filosofía que los más insignes italianos, se le verá nombrado con la cortés expresión «de un cierto Juan Español» [6]. Si el famoso cardenal Ascanio Colonna [7], abandonando la Italia, maestra de todo el mundo, va a estudiar derecho canónico a España, no obstante de haber salido excelente canonista y de haber dado pruebas públicas en Roma; no obstante, repito, de haber sido, además de esto, gran mecenas de los literatos, habrá de sufrir que digan de él «que debió su elevación más a su nacimiento y al favor de la corte de España que a su inteligencia en los Cánones» [8], explicación que no usa el autor de la historia literaria con otros cardenales inferiores en mucho al mérito literario del dignísimo Ascanio Colonna.

Esto es cuanto con buena intención nos dice este historiador en orden a España. Si con la misma sana intención no hubiera callado todo lo que debió Italia a los españoles que la ilustraron en el siglo XVI, ¿qué diversa idea formarían de nuestra literatura los que leyesen aquella dignísima historia? Si no hubiera pasado en silencio el concepto que tenían de la literatura italiana de aquel siglo Nebrija [9], Vives [10], Pinciano [11], Oliver [12] y el Brocense [13] hubieran visto sus lectores que la luz que se esparció en España sobre las cultas letras no la debió a Italia, sino al perspicaz ingenio, exquisito gusto e infatigable estudio de aquellos inmortales españoles. A no haber omitido los muchos escritores elegantes que tuvo España en tiempo de Marineo Sículo [14] se advertiría que el haber aplaudido la elegancia de este italiano poco culto no fue por falta de buen gusto, sino por un efecto de atención hacia aquel italiano benemérito de la nación española. Si hubiera manifestado la inteligencia de los españoles en la astronomía y en la náutica al principio del siglo XVI, no atribuiría a Caboto Contarini el timbre de iluminadores en aquellas ciencias. A no haber exagerado el mérito de Caboto, de Cadamosto [15] y de Vespucio [16] no aparecería España deudora a estos italianos de los nuevos reinos y tesoros de la América. Si no hubiera querido ignorar que Portugal fue la escuela de Colón y que allí recibió este memorable genovés los conocimientos precisos [17], no se creería obra de solo el ingenio y valor italiano el descubrimiento de un Nuevo Mundo.

¿Qué estimación y qué afectos de grata memoria hubiera excitado en los ánimos de sus paisanos el erudito abate si, en cumplimiento de la obligación de historiador fiel [18] hubiese dado el debido lugar a tantos españoles famosos, ilustradores de la literatura española? Así se sabría que los españoles enviaron a Italia la primera políglota célebre, con la cual estimularon al estudio de las lenguas y de las Santas Escrituras y ocuparían el lugar que se concede al autor del salterio cuatrilingüe. Se verían los españoles ilustrando los estudios sagrados en Italia antes del Concilio de Trento y que se avergonzaban de ponerse en su presencia los teólogos desconocidos a quienes alaba el señor abate. Se admirarían en aquel Concilio tantos españoles inmortales que compusieron la parte más noble de esta augusta asamblea y reconocería también Italia que no fueron el sistema de nuestros teólogos las sutilezas escolásticas, sino la profundidad, perspicacia, crítica, erudición y elocuencia, vería restaurados los estudios teológicos después del Concilio de Trento por los esfuerzos de los españoles colocados sobre las primeras cátedras de Roma, se acordaría de que la admiración que causaron a Manucio [19] las escuelas romanas se debió a los once maestros españoles [20] que enseñaban en ellas. Tendría rubor Italia de hacer ostensión de cinco o seis expositores de libros santos, poco seguros en su doctrina a vista de los doce célebres españoles [21] que ilustraron en ella las Sagradas Escrituras con obras que jamás perecerán y se confesaría obligada a nuestros literatos porque, quitando el polvo a las bibliotecas italianas, dieron a luz varios opúsculos inéditos de los padres y corrigieron las ediciones antiguas de sus obras. Y ¿en qué elevado asiento no colocaría a nuestros literatos que con inmortales sudores defendieron la religión de sus enemigos, la propagaron entre los infieles y la promovieron e ilustraron entre los católicos?

Y ¿acaso obtendría el gran Alciato [22] el alto grado de restaurador de la jurisprudencia si hubiera dado el señor abate al insigne Antonio Agustín [23] el lugar que le correspondía? ¿Se hubiera atrevido a decir que después de muerto Alciato recayó la jurisprudencia en la acostumbrada barbarie si hubiese manifestado a Italia, como debía, que muchos años después de Alciato mantuvieron e ilustraron esta ciencia con la erudición y la crítica Agustín, Gouvea [24], Navarro [25], Quintadueñas [26] y otros españoles? ¿Qué idea tan ventajosa no concebirían los italianos de nuestros letrados si se les hubiese hecho presente que sus antepasados llamaron a los españoles en el ilustrado siglo XVI para ocupar las primeras cátedras de sus universidades y los veneraron como oráculos en uno y otro derecho, si donde habla de la corrección de Graciano [27] hubiera confesado que los españoles tuvieron la parte más trabajosa de aquella obra [28] y que, de diez extranjeros que intervinieron, los nueve fueron españoles?

Vería, igualmente, Italia que no son los filósofos árabes los únicos de que puede hacer vanidad España si su historia refiriese los célebres filósofos españoles que dictaron a los italianos sobre las cátedras de Roma, Bolonia, Florencia y Padua la filosofía purificada de la antigua barbarie y rudeza, dando de nuevo al Lacio obras filosóficas escritas con elegancia ciceroniana. No podrían tolerar los italianos sabios el poco decoro con que es llamado el ilustre Montes de Oca un «cierto Juan Español» sino ocultándose su singular mérito, del que solo hay un bosquejo en este Ensayo. Mucho menos pretenderían hacer aparato de la gloria de Cardano [29] y de Bruno [30] por haber sacudido el yugo de la antigüedad si se les pusieran delante aquellos españoles que supieron arrojarle de sí antes de ellos con la apreciable circunstancia de que no sacudieron al mismo tiempo el de la religión.

Si en competencia de los médicos italianos que dieron tanto honor a su patria, elevados a las cátedras de las universidades extranjeras, se hallasen en aquella inmortal historia de los médicos españoles que regentaron las primeras cátedras de Italia y estuvieron cerca de los papas por custodios de su salud y de su vida en lugar de maravillarse los italianos de que no fuesen llamados sus médicos a las cátedras y corte de España, se admirarían de que los nuestros fuesen llamados a las cortes y universidades de Italia para enseñar a una nación que era maestra de todo el mundo. Veríanse, por consiguiente, algunos italianos despojados de la gloria que les atribuye Tiraboschi de muchos descubrimientos útiles a la medicina, como de la gran claridad que se comunicó a la historia natural si hubiese confesado sinceramente que en esta y aquellos tuvieron la principal parte los españoles. No se persuadirían los italianos que las ciencias matemáticas son terreno desconocido a los españoles si los encontrasen empleados en Italia en ilustrarlas. Ni podrían dejar de alabar la sana política de los nuestros si el docto historiador no callase el eficaz antídoto que envió España a Italia contra e veneno mortal de la execrable política de Maquiavelo [31].

Pero ¿de cuántos elogios no ha privado a España el señor abate con presentarnos dos italianos por primeros restauradores de las lenguas orientales y primeros autores de una políglota contra el derecho que tiene aquella este glorioso timbre? ¿Qué principios no ha hecho al inmortal mérito de Antonio Agustín ocultando haber sido el conductor en los estudios de la antigüedad de los mimos italianos que nos cita como primeros restauradores de semejantes estudios? ¿De qué honroso recuerdo no priva a tantos ilustres españoles que con sus sabios desvelos iluminaron a Italia en la historia sagrada y profana? Y ¿cómo podrá aprobar este país que olvide al esclarecido Diego de Mendoza [32], tan benemérito de la literatura italiana y de esta ilustre nación?

No me atrevo a adivinar qué conducta observará en el siguiente tomo. Los italianos menos preocupados podrán confrontar lo que he escrito acerca de la elocuencia de los españoles e italianos de aquel siglo con lo que dirá de estos y ocultará de aquellos dicho autor. Del mismo modo, verán si se da por contento cuando llegue a tratar de las bellas artes con solo representarnos a Italia maestra de todo el mundo o si usará la generosidad de advertir que los españoles compitieron la gloria de sus maestros en este punto.

Reflexiónese ahora que en la enérgica Carta de Tiraboschi impresa en Módena para manifestar cuán poca razón tengo de quejarme de que haya ocultado todo lo que puede servir de sumo honor a nuestra literatura encarga a su corresponsal que lea los dos tomos pertenecientes al siglo XVI. Yo ruego al señor abate amigo de Tiraboschi que se tome el trabajo de notar todo lo que su erudito amigo ha omitido en dichos tomos acerca del mérito literario de los españoles en Italia y sentencie después si merecen mis quejas que se haga burla de ellas como de ridículas «puerilidades» [33].

Nótese, en segundo lugar, que en este Ensayo hablo principalmente de los españoles que ilustraron la Italia y que ni aun de estos puedo tratar con la extensión que merecen. Al contrario, el señor abate hace un retrato completo de todos los italianos insignes que fueron ornamento del siglo XVI. Sin embrago, me doy por satisfecho con que se haga el paralelo de solos los españoles que residieron en Italia y dieron en ella muestras auténticas de su instrucción en las ciencias con los más famosos italianos que produjo en aquel tiempo su privilegiado clima y, después, decida «si puede acercarse España a Italia sin riesgo de exponerse a un rubor eterno». Para hacer este cotejo se han de tomar los dos últimos tomos de la Historia literaria de Italia, en que está pintado con tanta elegancia el siglo XVI, y dejando a un lado los bellos preámbulos y elogios magníficos con que se ensalza la gloria de aquel siglo feliz, váyanse sacando de cada capítulo de las ciencias los célebres italianos que aplaude el historiador como literatos de más claro nombre. Sepárense después de los respectivos lugares de mi Ensayo los españoles que ilustraron las ciencias particulares y, hecho esto, se podrá juzgar del mérito de unos y de otros y, por consiguiente, de la gloria literaria de ambas naciones en el referido siglo.

Téngase también presente que los italianos modernos deducen el glorioso timbre debido a Italia de maestra de todo el mundo de las colonias de literatos italianos enviadas a diferentes provincias de Europa para ilustrarlas con la antorcha de las ciencias.

Ahora bien, si se cuentan todos los italianos nombrados en la historia literaria como ilustradores universales para compararlos con solos los españoles que iluminaron a Italia en todo género de ciencias se hallará que estos exceden a los primeros en número y mérito. Basta que entre todos los españoles beneméritos de las letras en Italia se forme una lista en que se comprendan Agustín, Sepúlveda [34], Perpiñán [35], Estacio [36], Salmerón [37], Perera [38], Turriano [39], Maldonado [40], Mariana [41], Suárez [42], Vázquez [43], Valencia [44], Toledo [45], Navarro, Pedro [46] y Alfonso Chacón [47], Fuentidueña [48], Gouvea, Osorio [49], Zurita [50], Arias Montano [51] y Andrés Laguna [52], presenten los italianos otra lista igualmente noble de todos sus literatos que salieron a ilustrar el mundo y se verá cuál de las dos merece el primer lugar en la república literaria. Pero, pregunto: si algunos italianos esparcidos en varias provincias adquirieron a Italia el especioso título de maestra de todo el mundo, ¿cuál se debería dar a España respecto de Italia por haber enviado a ella literatos superiores en número y mérito a cuantos italianos ilustraron en aquel tiempo todo el mundo?

Yo quisiera, en este lugar, que el diarista de Florencia [53], para confirmarse más y más en su propósito de tener la estimación correspondiente de nuestra nación y para hacer más ingenua y duradera su asombrosa conversión, reflexionase que aquí no supone el abate Lampillas que «diez o doce hombres que vivieron en diferentes siglos pueden civilizar el país que han habitado», lo que pretende es que más de cien españoles que vivieron en Italia en el siglo XVI y obtuvieron en ella las primeras cátedras en todas las ciencias, que se emplearon en ella en instruir a los italianos y que en ella estuvieron ocupados en publicar obras inmortales, deben considerarse como bienhechores de la literatura italiana de aquel siglo. Ruega, además, el abate Lampilllas al muy sabio diarista quiera mostrar igual mérito literario en los «habitadores del Mar Rojo» o en las naciones «dinamarquesa, sueca y moscovita». Después de esto asegura al discreto diarista que los insignes españoles citados en este Ensayo no son nombres enteramente desterrados de las bibliotecas italianas porque no solo los autores, sino también sus obras pasaron los Pirineos. No tendría necesidad de esta noticia si se tomase el trabajo de visitar las bibliotecas italianas en las que he encontrado yo todas estas obras apreciables, siendo así que no he logrado divisar en ellas el nombre del diarista ni los doce tomos con que ha enriquecido la república literaria. Podría desearse que algún buen numen protector del honor del nombre italiano cerrase el paso de los Alpes a semejantes libros para que no se oscurezca la fama que goza pacíficamente la literatura italiana.

Reflexiónese, por último, con cuánta razón me he quejado del agravio que hacen a España los escritores modernos en olvidarse de ella donde hablan de las naciones cultivadoras de las letras y con no señalar jamás alguna época gloriosa a España, siendo así que hallan siglos de oro en todas las naciones. No obstante, desafío al más docto que busque en cualquier nación un siglo entero que merezca este bello título con más justicia que el siglo XVI de la España. Tiempo en que llegó a lo sumo del honor la gloria militar, mantenida por tantos capitanes esforzados cuantos nunca vieron unidos Grecia ni Roma y en que las conquistas de las armas españolas excedieron los límites de las de los Alejandros y los Césares. Siglo en que se esparció por toda Europa la literatura española y, pasando el océano, se comunicó a un Nuevo Mundo. Siglo en que dio España una multitud de obras inmortales que fueron y son el día de hoy reputadas por los verdaderos sabios como preciosas producciones del ingenio humano. Siglo en que florecieron felizmente las nobles artes bajo la protección de nuestros poderosos monarcas y perpetuaron su mérito con los más soberbios monumentos. Siglo en que las fábricas surtieron a Europa y al Nuevo Mundo de las labores más estimadas y en que el comercio de los españoles excitó la envidia y emulación de todas las provincias de Europa. Siglo, finalmente, en que la religión estuvo defendida, propagada, promovida e ilustrada por príncipes, por capitanes, por literatos y por tantas almas santas a quien al presente se tributan públicas veneraciones sobre los altares. Y ¿no se podrá llamar un tiempo como este el Siglo de Oro de España con tanto fundamento, cuando menos, como con el que se llama Siglo de Oro de Italia el de León X y el de Luis XIV el Siglo de Oro de Francia?

Dejo al respetable tribunal de los literatos de Italia la decisión de cuál de las dos naciones debe confesarse deudora, si la española a la italiana o esta a aquella. Cotéjese el mérito de Marineo, de Caboto, de Navagero [54] y de Contarini en iluminar a España con el de cien españoles inmortales que en aquel siglo ilustraron la Italia en todo género de ciencias y la llenaron no de versos y prosas de amores o de ocio, sino de obras muy apreciadas que contienen documentos utilísimos, meditaciones profundas, erudición escogida, nuevos descubrimientos, mucha solidez y elegancia. También podrán resolver los mismos jueces si es razón que aplauda la sabia y erudita Italia a los miserables ingenios que se atreven a publicar «que, si acaso se encuentra algo de bueno en los escritos de los españoles, no hay cosa alguna que pueda ponerse en paralelo con los que ha producido Italia en todo género, llenos todos de elegancia hasta lo sumo» [55] y que la nación española no puede acercarse a la italiana, francesa o inglesa «sin riesgo de exponerse a un eterno rubor» [56].

  1. Giovanni Caboto fue un navegante genovés de la segunda mitad del siglo XV.
  2. Giovanni Matteo Contarini confeccionó, en los primeros años del siglo XVI, el célebre planisferio en el que, por vez primera, aparece América en un documento cartográfico.
  3. Andrés Vesalio fue un importante médico flamenco de la primera mitad del siglo XVI especializado en Anatomía.
  4. Pietro Bembo fue un destacado cardenal de la Iglesia católica pretridentina que también destacó como filólogo y escritor.
  5. Juan Montes de Oca fue un filósofo sevillano del siglo XVI que ejerció como profesor en la Universidad de PaduaJuan Montes de Oca fue un filósofo sevillano del siglo XVI que ejerció como profesor en la Universidad de Padua.
  6. Tiraboschi, G., Storia della letteratura italiana, Módena: Società Tipografica, 1777, VII, parte I, p. 90.
  7. Cardenal de la Iglesia católica, virrey de Aragón y destinatario de La Galatea de Miguel de Cervantes, quien dijo que vino a España «para ser norte por donde se encaminen los que alguna virtuosa ciencia profesan».
  8. (Nota del autor) Tiraboschi, G., Storia della letteratura italiana, Módena: Società Tipografica, 1778, T. VII, parte II, p. 150. (Nota del editor) Lampillas indica que la cita es de la primera parte del tomo VII, pero no es correcto.
  9. Catedrático de la Universidad de Salamanca, publicó la Gramática castellana en 1492, la primera de una lengua romance.
  10. Importante filósofo valenciano.
  11. Se refiere a Hernán Núñez de Toledo, apodado el Pinciano, humanista del siglo XVI. No debe confundirse con Alonso López Pinciano.
  12. Pedro Juan Oliver fue un erudito valenciano del Renacimiento.
  13. Francisco Sánchez de las Brozas, destacado humanista extremeño. Su obra más relevante fue una gramática latina titulada Minerva sive de causis linguae latinae.
  14. Lucio Marineo Sículo fue un historiador italiano que publicó obras sobre España.
  15. Alvise Cadamosto, navegante veneciano que destacó por sus viajes a África.
  16. Américo Vespucio fue un comerciante y explorador italiano que viajó a las Indias, continente que tomó su nombre.
  17. Lampillas recuerda la tradición de que un tal Alonso Sánchez de Huelva había llegado a América antes que Cristóbal Colón y le había dado información, la cual habría empleado el genovés en sus viajes.
  18. La idea de Lampillas se resume en la ética del historiador. Para el jesuita, quien se precie de serlo tiene que ser imparcial y no omitir ningún dato, pues precisamente esas omisiones habían hecho que no aparecieran en la obra de Tiraboschi determinados personajes españoles relevantes.
  19. Aldo Manucio fue un destacado humanista italiano. Además, como impresor, mostró especial interés en los textos clásicos griegos.
  20. En la página 62 del presente volumen del Ensayo relaciona Lampillas los nombres de esos once maestros: Pedro Parra, Manuel de Sá, Miguel Jerónimo Ledesma, Juan de Mariana, Francisco Toledo, Benito Perera, José de Acosta, Pedro Juan Perpiñán, Pedro Jaime Esteve, Antonio Pérez y Juan Maldonado.
  21. Aparecen en la página 73 del presente volumen del Ensayo: Alfonso Salmerón, Luis de Sotomayor, Juan Maldonado, Juan de Mariana, Manuel de Sá, Benito Arias Montano, Benito Perera, Francisco Toledo, Ángel de Pas, Juan Bautista de Villalpando, Jerónimo Osorio y Juan Pineda.
  22. Andrea Alciato, destacado jurisconsulto italiano de la primera mitad del siglo XVI.
  23. Humanista zaragozano dedicado al estudio del Derecho.
  24. Antonio Gouvea, un historiador portugués de la segunda mitad del siglo XVI y primera del XVII. Fue más relevante en Diplomacia que en Derecho.
  25. Martín de Azpilcueta, apodado el doctor Navarro, destacó como filósofo, economista y jurista.
  26. Antonio de Quintanadueñas, misionero y escritor extremeño del siglo XVII. No destacó en jurisprudencia.
  27. Fundamental jurista y maestro de leyes del siglo XII.
  28. Es el Decreto de Graciano, una obra en la que se intentaba conciliar todas las leyes existentes en el momento. Según indica Lampillas en la página 118 de este volumen del Ensayo, participaron en su corrección diez extranjeros, de los que nueve eran españoles: Juan Marsa, Francisco León, Juan Rodrigo, Aquiles Estacio, Melchor Cornelio, Francisco Peña, Juan Bautista Cardona, Pedro Chacón y Miguel Tomás.
  29. Girolamo Cardano, matemático italiano del Renacimiento que llegó a trabajar para el Papa.
  30.  Giordano Bruno, destacado filósofo y astrónomo de la segunda mitad del Quinientos.
  31. Nicolás Maquiavelo, uno de los más grandes filósofos y políticos de la Italia del siglo XVI.
  32. Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco, poeta español del Renacimiento.
  33. Tiraboschi, G., Lettera dell’abate Girolamo Tiraboschi, Bibliotecario del Serenissimo Duca di Modena, al Signor Abate N. N. Intorno al Saggio Storico-Apologetico della Letteratura Spagnuola dell’ Ab. D. Saverio Lampillas, Módena: Società tipografica, 1778, p. 21.
  34. Juan Ginés de Sepúlveda, sacerdote andaluz versado en la Filosofía y el Derecho.
  35. Pedro Juan Perpiñán, sacerdote ilicitano y destacado profesor de Retórica.
  36. Aquiles Estacio fue un sacerdote portugués con un amplísimo conocimiento del latín.
  37. Alfonso Salmerón, jesuita toledano que llegó a ser nuncio y participó en el Concilio de Trento.
  38. Benito Perera o Pereira, jesuita valenciano conocedor de la Teología y la Filosofía, especialmente la natural.
  39. Sobrenombre de Francisco Torres, jesuita palentino que participó en Trento.
  40. Juan Maldonado, humanista español y erasmista en el Renacimiento.
  41. Eminente erudito e historiador fue Juan de Mariana en los siglos XVI y XVII. Una de sus principales obras es Historia de rebus Hispaniae.
  42. Francisco Suárez, el doctor Eximius, fue un filósofo y jurista jesuita del Renacimiento de tendencia marcadamente escolástica.
  43. Dionisio Vázquez fue un jesuita que dominaba la filosofía y compuso una biografía de san Francisco de Borja, además de otras obras originales y traducciones.
  44. Gregorio de Valencia, jesuita apologista y controversista que también escribió obras doctrinales.
  45. Francisco Toledo, cardenal jesuita de la Iglesia católica que participó en el proceso de la Reforma.
  46. Religioso afincado en Roma al servicio del papa como matemático.
  47. Historiador y arqueólogo dominico.
  48. Pedro de Fuentidueña fue uno de los más destacados teólogos del Concilio de Trento.
  49. Jerónimo Osorio fue un historiador portugués del Renacimiento.
  50. Jerónimo Zurita fue un eminente historiador zaragozano, cronista mayor de Aragón y autor de los Anales de la Corona de Aragón.
  51. El extremeño Benito Arias Montano fue uno de los más destacados humanistas españoles. Participó en el Concilio de Trento y, por encargo de Felipe II —de quien era capellán—, editó la Biblia Políglota de Amberes.
  52. El doctor Laguna, segoviano, fue médico de cámara de Carlos V y escribió varias obras sobre Farmacia y Botánica, así como comentarios y traducciones.
  53. Autor anónimo de una reseña sobre la obra de Lampillas publicada en Saggio Storico-Apologetico della Letteratura Spagnuola contro le pregiudicate opinioni di alcuni moderni Scrittori Italiani. Dissertazioni del Sig. Ab. D. Saverio Lampillas. Genova 1788. Presso Felice Repetto in Canneto, Tomi II in 8º (i quali due Tomi riguardano la Letteratura antica e formano la prima parte dell’Apologia; altri due, come si crede, formeranno la seconda e tratteranno della Letteratura moderna), en Novelle letterarie pubblicate in Firenze l’anno MDCCLXXVIII, Florencia: Stamperia Allegrini, Pisoni e comp., 1778, IX, cols. 519-225.
  54. Andrea Navagero fue un diplomático veneciano que en 1526 propuso al poeta español Juan Boscán la utilización de los metros italianos.
  55. (Nota del autor) Bettolini, G., Notizie enciclopediche, n.º 63, Brescia: Fratelli Pasini, 1776. (Nota del editor) Notizie enciclopediche fue un periódico de la localidad italiana de Brescia; sucedió a la Gazzetta di Brescia.
  56. Giornale fiorentino istorico-politico letterario pero l’anno 1778, julio de 1778, Florencia: Gaetano Cambiagi, 1778, p. 274.